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Domingo, 9 de octubre de 2011

MADRID, 1962

Un grito de corazón

Después de un periplo sinuoso por Centroamérica y el Caribe, rodeado de espías, esquivando golpes de estado, recibiendo esbirros con orden de asesinarlo o pagando la comida con su presencia y con fotos junto a los comensales, el general Perón detuvo su andar en Madrid.

Se instaló en un edificio ubicado en el número 11 de la calle Arce. En el piso de arriba vivía otro personaje famoso que llevaba varios años repartiendo su tiempo entre su país natal y España, la actriz Ava Gardner.

Curiosamente el destino parecía empecinado en unir de alguna manera a las dos figuras. Poco antes de que el general fuera expulsado por un golpe de estado, un humorista de la radio había encontrado en una película una referencia que usaría para bautizar a los opositores. La película era Mogambo y una de sus protagonistas era Ava Gardner, la otra era Grace Kelly. La ardiente morena y la más bien gélida rubia se disputaban los favores de Clark Gable en el medio de las praderas africanas. En la película se usaba el ruido de los tambores como aviso de que los gorilas se acercaban. Delfor, el creador de La revista dislocada, tomó al vuelo el asunto y lo transformó en canción y jingle del programa. Cuando se escuchaba ruido de tambores se anunciaba: “Deben ser los gorilas, deben ser”. Desde entonces y para siempre los opositores a los gobiernos peronistas son llamados gorilas.

En 1962 la morocha desenfrenada y el ex gobernante coincidieron en el edificio de la calle Arce. No hay actas de las reuniones de consorcio pero sí hay registro y relatos orales de lo mal que se llevaban ambos.

El general Perón llegó a llamar a la policía varias veces por el bullicio que metía la actriz en su permanente jolgorio. La tremolina que armaba se daba de patadas con la vida ordenada, cuartelera incluso, que Perón llevaba. Si el general denunciaba a las autoridades el desorden que provocaban Ava Gardner y sus invitados, la actriz aseguraba que los perros del general eran absolutamente histéricos e insoportables, aunque lo que más odiaba era que, según ella, el ex dictador extrañaba sus arengas ante las masas y que por eso salía al balcón lanzando discursos a una multitud imaginaria a la que saludaba con las dos manos en alto.

Cuentan que mientras el general se quejaba de la vida fiestera de Ava, ella cada vez que lo veía asomarse al balcón salía y le gritaba: “¡Perón maricón!”.

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