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Domingo, 21 de octubre de 2012

El difícil arte de contar sencillo

 Por Guillermo Saccomanno

La bibliografía sobre la narrativa de Fontanarrosa es inabarcable. Rodrigo Fresán, Juan Sasturain, Elvio Gandolfo, Daniel Link, Marcelo Birmajer, Sergio Olguín y Pablo De Santis, entre otros, son apenas algunos de los que escribieron sobre el Negro en los últimos años. La enumeración completa sería interminable. Además de haber participado en el Congreso de la Lengua celebrado en Rosario, antes el Negro está citado varias veces en el volumen La narración gana la partida de la “Historia crítica de la literatura argentina” de Noé Jitrik. Sin embargo, considerado un autor a la vez popular y de culto, aunque tuvo amigos escritores, el Negro supo permanecer al margen del gallinero literario. Lo suyo, más bien, era lo de Mark Twain. Al referirse a Twain, en Por qué leer los clásicos, Italo Calvino festeja su profesión de ética social. Twain tiene el mérito de hacer esta profesión sincera y verificable, más que muchas otras de ambiciosas pretensiones didascálicas. El gran mérito de Twain sigue siendo el de haber dado la prueba de un estilo de alcance histórico: el ingreso del lenguaje hablado americano con la estridente voz de Huck Finn. Toda su obra, a pesar de que parece desigual e indisciplinada, indica lo contrario. Twain se nos presenta como un infatigable experimentador y manipulador de instrumentos lingüísticos y retóricos. Retomando lo que Calvino opina de Twain, los cuentos del Negro, los más despiadados y, a la vez, más conmovedores son aquellos donde tus vecinos, o también vos, protagonizan escenas en las que el límite entre nobleza y rafañería es borroso. Cada lector que se sumerja en sus libros de cuentos hará su antología personal. Pero el fenómeno no se agota acá sino que se reproduce cuando sus lectores, al comentar sus cuentos favoritos, empiezan a contarlos como si se tratara de cuentos populares y entonces se produce ese milagro que persiguen en su sueño muchos escritores: que la historia, Madame Bovary, por ejemplo, adquiera vida propia y borre el nombre de su creador. Viene al caso quizás una observación más: el Negro, a diferencia de otros autores, para su narrativa, no apelaba a un seudónimo. Tampoco se había quitado un segundo nombre ni agregado o quitado un segundo apellido. O dejado sólo el apellido. En la tapa de sus libros de cuentos publicados por De la Flor siempre firmaba “R. Fontanarrosa”. Hay algo del orden de la escolaridad en ese modo de firmar, como el pibe que pone la inicial de su nombre y el apellido en la prueba que debe entregar. Y ésa es su identidad.

Contra lo que pueda pensarse, Fontanarrosa estaba lejos de considerarse un intelectual, pero no era ingenuo y tenía articulada su propia teoría literaria, una posición ideológica tomada sobre lo que es el arte de narrar. En una entrevista en el 2009 me contaba: “Hace poco pasó por acá Dal Masetto. Yo lo leí mucho al Tano. Y hace poco había leído Bosque. Estuvimos hablando bastante. A mí lo que me gusta de su manera de contar es que el narrador nunca supone. Lo que no ve el protagonista no lo cuenta. Sólo cuenta lo que ve. Yo soy un lector clásico. Como lo era también el Gordo Soriano. Quiero que me cuenten una historia. Que ocurra el mismo fenómeno de encantamiento como cuando viene un amigo y me dice ‘Esto no me lo vas a creer’. Cuando de pibe descubrí a Cortázar, me impresionó. Entonces me dije: ‘Si tengo que contar, no puedo hacerlo sencillo’. Pero después leí a los norteamericanos, que fue en la época en que leía a Pavese, otro escritor que me deslumbró, y se me aclaró, me di cuenta de que no era así. Que se podía contar sencillo. Lo que pasa es que contar sencillo no es fácil, exige todo un aprendizaje.”

Vale subrayarlo: al Negro le importaba, más que el mundito “intelectual”, el de sus lectores. Basta un ejemplo, a propósito de su cuento “Mamá”. Contado en primera persona, en clave de relato iniciático, “Mamá” es la historia de un hijo que cuenta los vicios secretos de su madre y los va disculpando. El tabaco, el alcohol, el juego. Hasta que un médico le diagnóstica que el verdadero problema de su madre no es ni el tabaco ni el alcohol ni el juego sino la “ninfomanía”. A partir de ahí el hijo decide no evocar más a su madre y prefiere no enterarse de qué se trata esta enfermedad. Una vez publicado el cuento, al Negro lo llamaron tías y vecinas: “Robertito –le dijeron–, nosotras no sabíamos que tu mamá era así”.

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Dibujo de Carlos Alonso para la tapa de La gansada.
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