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Domingo, 21 de octubre de 2012

Un gaucho con dos palitos

 Por Carlos Nine

Cuando el año pasado hice una exposición retrospectiva en Rosario, en la inauguración recordé al Negro. Dije que en la última que había hecho allá él todavía estaba, y ésa era la primera en la que faltaba. Aunque emocionalmente me administro bien, no pude evitar largarme a llorar con la evocación. Por eso estoy orgulloso de que el libro que me tocó ilustrar esté nuevamente en la calle. Porque era una pena que estuviese sepultado por una cuestión legal, y también porque es el libro de un amigo.

Lo conocí recién cuando empecé a publicar en Humor. Porque hasta ese momento yo dibujaba para mí, sin intenciones de publicar. Pero alguien le comentó a Cascioli mi trabajo y me llamó. Ahí los conocí a todos. Lo que más me llamó la atención del Negro era que su laburo proseguía cuando hablaba. Porque los artistas no suelen ser como sus obras. La mayoría no lo es, en verdad. Sólo interpretan un papel. Pero en el Negro había una coherencia, una continuidad.

Al igual que sucede con Caloi, con su partida, más que una imagen, se apagó un sonido. Porque tanto con Inodoro como con Clemente, lo que desaparece es una forma de hablar: ese homenaje a los géneros gauchescos en el caso de Inodoro, al teatro de los Podestá, al radioteatro de Chiappe. Y en el caso de Clemente, esa forma de hablar en reo que ninguna historieta ya va a recoger.

Elegí ilustrar La mesa de los galanes porque es encantador, pero es muy difícil elegir entre sus libros. El Negro era un gran dialoguista, era su especialidad... Te podía armar toda una secuencia sólo con diálogos, una cosa genial.

Lo curioso era que él creía que no era un gran dibujante. Cuando me lo confesaba, yo lo sacaba cagando, porque andá a hacer un gaucho con dos palitos. Algo raro con los humoristas, que por lo general son dibujantes precarios que comunican ideas. No era el caso del Negro. Como yo soy muy dibujante y amo el dibujo, detecto, adoro y me encantan los tipos que se preocupan por esa cuestión. Y el Negro era uno de ellos. Su modelo, como muchas veces lo explicó, era Hugo Pratt.

Entre mis cuentos preferidos está el de las memorias de un jugador de metegol o el del argentino que arregla un transbordador con un alambre. Porque tipos como Fontanarrosa –o Dolina, que creo es el último que queda de su especie– se dedican a esa tarea, la de subrayar rasgos esenciales de la cultura argentina. Remarcan con un lápiz lo que nos identifica, y nos reconocemos leyendo sus cuentos o sus historietas.

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