CONTRATAPA

Tú no te quedarás conmigo para siempre

 Por Lorena Aguado

Pego un salto y retomo la posición vertical. Dejo el diván a la altura de mis rodillas, le pago a mi analista, reviso la expresión "mi analista", digo que no está bien adueñarme de lo que me rodea. Me detengo otra vez en la expresión "en lo que me rodea" y pienso en Platón obligando a la tierra ser el centro del universo.

Sonrío como un payaso mudo y blanco.

Unos segundos antes de Platón tuve arcadas y vomité lágrimas recordando las cosas que no hice. Trato de barrer los rastros del llanto antes de salir al pasillo, sé que no puedo, pero intento igual. No saludo a la secretaria porque me da vergüenza que vea mi pasado otro jueves. Y tomo por asalto el ascensor, cierro los ojos con fuerza, aprieto los dientes y deseo que nadie más lo llame.

Pero mi suerte se estrella en el tercer piso.

Un viejo invade el espacio lentamente, cierra la puerta de madera, luego corre las pestañas metálicas y todo sucede como lo esperamos. El aparato tiene memoria y sigue descendiendo. Reposo el tiempo necesario los ojos en el visor de números rojos y espero que pronto se detenga.

Las canas, los anteojos, las patillas, la nariz alargada y porosa, toda esa combinación me mira y yo pienso que se dio cuenta de que estoy triste o algo así. No es tan difícil después de todo.

No importa. De verdad que no importa.

Afuera, el sol es una fiebre desesperada y amarilla.

Y entonces busco algo de viento fresco directamente en los ojos, o una de esas alertas meteorológicas que te hacen bajar la cabeza, cubrírtela con un portafolio y salir corriendo. La gente entiende que hagas eso si llueve. Pero no si lo necesitás ahora, con tanta claridad.

Decido levantar la cabeza y mostrar las señales púrpuras del dolor, los chismes sobre mi pasado obsceno; mi amigo, el que murió en un accidente; cada cosa que todavía no acepto.

La transpiración debajo de los párpados convierte a cualquier realidad en una miniatura: un auto es una pieza de scaletrix; dos personas riendo se deforman en un binomio inútil; un adolescente bien peinado es algo tan poco usual que apenas existe, una paloma es una bestia alada alimentada por ancianas que pierden altura con los años.

Lo que más me asusta son esas niñas parecidas a sus abuelos, con gestos adultos y brazos cóncavos, como si pudieran esconder juguetes bajo las axilas lampiñas.

Caminan del lado de la pared y se rehúsan a ir de la mano. Saben cuidarse de los desconocidos, leen todos los carteles, saben inglés y cuentan hasta mil.

Un detalle les devuelve la candidez tarde o temprano, un envoltorio de un caramelo Sugus o una pregunta inconveniente o las veces que se detienen frente a las vidrieras de las veterinarias y quieren un cachorro.

Llego a casa y empuño la llave como un arma blanca y lastimo la cerradura. Me desplomo en el sillón y pienso en él a punto de llegar.

Reviso mentalmente si queda arroz en la alacena y si mis días tristes lo siguen aterrando. Si resistirá la pregunta dentro de su cuerpo, más cerca de la garganta, justo sobre las cuerdas vocales.

Si va a besarme y adivinar mi amor.

Si a veces piensa en abandonarme...

Mi teléfono suena y la voz de él raspa mi lóbulo izquierdo. Pregunta si hace falta algo, si hay comida para los gatos o si quiero algo especial para el postre.

También me dice que el equipo del que es hincha está jugando el partido más importante del año. Y que está terminando.

¡Ah! y que la luna está llena. Yo quiero preguntarle, ¿llena de qué? Pero no me da tiempo.

Enseguida habla de apellidos de jugadores y dice que él y esos tipos están perdiendo.

Y que en 15 minutos llega a casa.

Y que nunca pensó que iban a ganar.

Porque hay cosas que se saben de antemano. Vos y yo, por ejemplo, dice. Vos y yo sabemos bien que podemos perder.

Sí, sabemos ese tipo de cosas, menos lo de cómo se construyeron las pirámides, le digo.

Y nos reímos.

Nada más que eso.

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