CONTRATAPA › FOTOGRAFIANDO LA ZONA

La anarquía es una enfermedad

 Por Adrián Abonizio

* -El problema de la vida no es qué hacer cuando uno se siente feliz, el tema es qué hacer con la bronca, ¿dónde ponerla?. El zapatero, oliente a vapores de cola, cueros apilados completa el aroma del sitio hablando. En su casa le dijeron que no vaya más. -Es anarquista, lo retaron sin explicarle qué significaba. Sonaba a una enfermedad, a una demencia, a un peligro. -!Además no tiene hijos!, le advirtieron casi como al borde del abismo. Yendo a escondidas, aprendió a pensar mejor que en la escuela. Mejor que en su casa.

* La chica que conoció aquel sábado era vaporosa y bella, una Raquel Satragno doméstica. Le pidió telefonearla al otro día, ella a cambio le sugirió que la que llamaría sería ella. Como no tenía teléfono y su pobreza lo abrumaba le dió el número de su amigo y se fue a dormir a la casa. -A las doce, dijo ella. No sonó el teléfono aquel domingo. -Habrá, dicho a las dos, se consoló. Y llegó la tarde, la noche y la certeza que ella había sugerido las doce pero de la noche. Nunca lo llamó. -Habrá perdido el papelito, se dijo, cerca de las dos de la mañana. -¿Y si llama ahora?. Su amigo se reía. La esperanza es lo último que se perdió.

* -Recién entró uno parecido a usted, dijo la abuela con Alzheimner, cuando él regresara del baño para peinarse con agua los largos cabellos. -¿Ah si? Algún día nos vamos a encontrar. Y renovaba el chiste de regresar al baño y volver peinado como cuando entró. La abuela, entonces, repetía. -Ah, recién estuvo uno parecido a usted pero con el pelo para atrás. La vida lo fue desencontrando y nunca supo quién era. Maldición, chiste negro del destino para quienes se burlan de los indefensos.

* -"Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu nombre". La vecina que él y todos conocían como una ilustre decoradora de las cornamentas de su marido, rezaba frente a todos, casi a los gritos en medio de los murmullos. -Es fácil, le abrió los ojos un amigo. -Vos haces un montón de cagadas y después rezás y se te pasa, Dios te perdona siempre. Se sintió aliviado, pero la ecuación no le terminaba de cerrar. -Pobre Diosito, se decía cada vez que le martillaba algún pensamiento paranormal. -¿Cómo es que se deja garcar así?.

* Su padre lo lleva al club pero con desgano. Estaba con él, pero no lo sentía. Era su momento para el truco, reirse, fumar y tomar hasta el extravío. El estaba de más y se consolaba jugando con chapitas en el suelo. Era el único niño que aguantaba despierto hasta la medianoche. Sabía la consigna de memoria, como en una guerra: Debía regresarlo sano y salvo, por más que en el camino hablara de cosas raras o quisiera irse por otra calle, embebido en el alcohol zonzo de los solitarios.

* -La mujer es distinta al hombre porque sabe multiplicar: Al parir un hijo vale por dos. Oía aquello en boca de su tío y se regocijaba: Al fin entendía las matemáticas. Un día cualquiera se acordó de la frase y se la propinó a la maestra. Nunca entendió por qué lo sacaron del salón. Su tío, un salvaje anarquista, le aclaró que aquello fue porque su maestra no conocía hombre alguno y menos aún sería mamá. -Esa mujer resta en la vida, no sabe sumar, culminó.

* -Puto, sos muy puto, le recomienda al más grande la cuadra. -Vas a tener que hacer un tratamiento. La escena parece un pesebre: Están en la escobería; el mayor fustigando al rubiecito acerca de su debilidad por los pibes. Imbuído por aquel cuadro cristiano, él se adelanta y señalando al crucificado murmura: -Y bueno...capaz que no puede dejar de ser así....hay que dejarlo tranquilo. Luego, con los días se murmura que el rubiecito tiene novio y que resulta ser él mismo. A los años alguien lo abraza por la calle: Es el rubiecito devenido en un gigantón gay quien lo palmea y solo le dice: -Te felicito, fuiste un pibe valiente. A la cuadra, su ocasional acompañante de oficina le inquiere. -Che, ¿Vos no serás puto, no?. El tiempo, indudablemente, no existe. O es una rueda idiota.

* El gallego amaba tanto la libertad que odiaba todo lo que estuviera encerrado; por eso, liberaba la cabeza de los fósforos encendiéndolos con una alegría de mono. Así lo contaba Marechal, así lo repetía él en el patio a solas sonriéndose como un simio, gastando una fortuna en cajas repletas.

* -El café estaba poco dulce, fueron las palabras finales que pronunciara Severino Di Giovanni el célebre anarquista antes de ser llevado al pelotón de fusilamiento. Luego, claro, antes de los disparos gritó: -¡E' Viva L' anarquía!. Pero el detalle del café es más impresionante.

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