CONTRATAPA › LOS PARRICIDAS

EL BOTE

 Por Beatriz Vignoli

- Anoche soñé con papá --empieza Romina--. Soñé que llegaba a un lugar lleno de gente y él estaba dando un discurso. No era una arenga sino más bien una homilía. Sí, la sensación de llegar tarde a misa y agarrar empezado el speech del cura. Bueno, la homilía, eso. O no. Un discurso. Una ponencia. Qué palabra rara, ponencia. Desde el fondo de una multitud yo oía la voz de mi viejo diciendo: "Como dijo Borges, el hombre habita el tiempo, no el espacio". Decía cosas así, en el sueño. A esa frase me la acuerdo, textual: "El hombre habita el tiempo". No sé de dónde lo habré sacado, porque Borges no dijo eso. Me enorgullecía ver cómo la gente lo escuchaba, admirada, a mi viejo. El discurso era genial, estaba lleno de erudición y de frases brillantes. Todos me miraban como sorprendiéndose de lo modesto que había sido hasta entonces: ¿cómo no había compartido antes tamaña sabiduría? Y yo no entendía bien qué pasaba, porque sabía que mi viejo estaba muerto, pero sin embargo él hablaba para la multitud. Era como un discurso presidencial, cada vez más florido. Yo me lo imaginaba con un traje azul marino. No lo veía, me lo tapaba la muchedumbre por entre la que yo avanzaba hacia mi viejo que hablaba. Era un lugar amplio pero acogedor, con flores, almohadones de seda, perfumes ambientales naturales y luces cálidas. Era como una mezcla entre una galería de arte y un templo. Toda gente elegante y a la vez con buena onda. Como poetas, como una conferencia de un gran poeta, algo así. Pero cuando mi viejo terminaba de hablar no había aplausos para él, sino alguien que apagaba un grabador.

Romina se viste toda de negro, no tanto por el luto (que ya no se usa) sino por ese hábito de las atopianas de entre 30 y 40 de vestirse de negro, como en un duelo por el matrimonio que ya no será, que continúa situado en la barrera imaginaria de los treinta. Sus uñas pintadas de azul metalizado dan un toque de amarga ironía juvenil al conjunto.

- Era una grabación --sigue--. Un grabador con cassette. Como este en el que me estás grabando ahora. ¿No usás celular? Bueno, no. Era más grande. Como los de antes, esas ruedas transparentes de plástico, los de las viejas películas de espías: así. Esta gente, que no sé quiénes eran, una especie de secta, o un club, o una entidad cultural, algo así, y pasaban una grabación de un discurso de mi viejo ya muerto. Cuando me desperté, llamé a Rosa, mi mamá, y le conté el sueño y ella me dijo que a lo mejor todo esto del discurso grabado y el grupo de gente que lo transmitía era una racionalización de mi inconsciente para adecuar a la realidad (a la realidad del hecho de que papá está muerto) otra realidad mucho más difícil de aceptar para nosotros: papá nos habla. Aún muerto, nos sigue hablando. Esto es algo que a ella le sucede y dice que ha podido comprobarlo y es raro, porque yo había tenido la misma sensación, tanto en el sueño como al despertar. Ni dormida ni despierta me parecía absurdo que, muerto, hablara. A Rosa también le dice frases, que ella después plasma en sus obras. Rosa me dijo que le juegue al 48: el muerto que habla, il morto qui parla. Ya sé, creerás que estoy loca, pero oírlo me tranquilizó. No es fácil poder dormir, ¿sabés? No sé quiénes lo mataron, pero todos los días pienso que nosotros a lo mejor los llevamos hasta él, sin saberlo. Yo era una hija rebelde pero lo amaba; creo que vos, como mujer, podés entender esto.

Romina fuma. Fuma y me lanza el humo del cigarrillo a la cara. No es tanto un desafío sino que más bien parece ignorar mi presencia. Está medicada con algo, eso es obvio. Escucharla es volver no sólo a mi propia historia, sino a la forma en que se reeditó todo aquello de mi viejo y aquello del Silvito muerto en la bañera cuando entramos al departamento del viejo de Romina y vimos y olimos lo que tuvimos que ver y oler. Aquello era, en efecto, el viejo de Romina, o mejor dicho lo que quedaba de él.

Justo ese día por un azar inexplicable yo cubrí Policiales y por eso estaba ahí. Y al bajar vi ese dibujo en la pared, un esténcil, como un tatuaje. Como las marcas que el ángel exterminador leyó en las casas de los egipcios la víspera del Éxodo. Fue Romina quien lo hizo. Romina y el colectivo Desratización y Duelo, del que ella es líder natural.

El colectivo Desratización y Duelo (DyD) son los autores del proyecto Andresito, street art político de escrache a los estaqueadores de Malvinas. Romina ya tiene 34 años y a los 26, "justo en la víspera incendiaria de varias muertes próximas", obtuvo el Premio Adquisición 2004 en el Salón Nacional del Museo Municipal de Bellas Artes de Atopia "Juana A. Garibaldi" por su proyecto De-Goya2, asesinato simbólico (y que luego resultaría real) de Rafael Carrara, director del Museo Garibaldi y crítico de arte del diario El Atopiano. Sobreseída por falta de pruebas, fue seguramente protegida por el poder y la influencia de su novio mafioso, que no era otro que mi hermano Stepan Winograd, alias Steppenwolf, con quien no me hablo prácticamente desde entonces.

Se disculpa porque la casa es un desastre. No me convida nada, pero me explica:

- Tácticas de guerrilla. De eso se trata.

- ¿Tu viejo estuvo allá?

- Diez hombres a cargo. Una amputación muy sospechosa, fueron a juicio ahora.

- ¿Tu viejo estaqueó a algún soldado? ¿Está comprobado eso?

- Sí, sí. Está comprobado. Nosotros investigamos, nos asesoramos bien. Al que entrevistamos fue a un tal Lucho, no me acuerdo el apellido. Perdió una pierna por congelamiento y necrosis luego de ser estaqueado. Entre nosotros lo apodamos Ahab.

Romina fuma y fuma, como el ciego de Carriego. Ahoga una risa sombría.

- No lo tocaron a tu viejo en treinta años, ¿se van a meter con él justo ahora?

- No sé, yo me siento muy culpable. No sé quién fue pero creo que nosotros se lo indicamos, se lo señalamos. Imaginate pasar y ver esa marca, esa imagen gótica del martirio de San Andrés. Es muy fuerte. San Andrés fue un precursor de los estaqueados.

- Pero si estaban en juicio... ¿para qué una venganza, si esperaban justicia?

- O no, ahora que lo decís, a lo mejor justamente al ver la marca y saber que estaba el juicio y temiendo que se rompa el pacto de silencio, fue uno de ellos mismos...

- ¿De los milicos? ¿Tu viejo tenía programada alguna audiencia, en el juicio?

- No sé, no sé. Averiguá por el lado de ellos. Ahab, digo, Lucho. Buscá por ahí.

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