CONTRATAPA

Newton explica la vida

 Por Luis Novaresio

Ha de ser culpa de la vida en el territorio de los cuarenta. Cuarenti...? Lo que quieras. Después de los cuarenta, un par a lo sumo, me suena bastante parecido. Y me gusta, no te creas. No es reclamo, ni pesadez por la proximidad de lo inevitable. No le des vueltas. Pasás los cuarenta y pasás la mitad de la vida. Por lo menos, mirá lo poco longevo que son los de tu familia. Te agradezco. No te lo deseo, no entendés. Te lo cuento. Has pasado las cuatro décadas, maldito Arjona que ha jorobado con esa cancioncita con olor a dulce de leche, y el sentimiento se hace pasado. No es pesado, exactamente y no te enojes por la corrección. Es distinto. Más oscuro, de menos grito que enseguida me queda la voz ronca. De menos salto, que me duele la cintura. Sos un cascajo. Peor vos que podés decir cascajo sin ponerte colorado. Los pibes, los de veinti, los de treinti, no usan cascajo. Será.

Yo quería hablarte del dolor de la derrota. Y hacelo. El golpe que obnubila el viernes por la tarde y me quita de las ganas de escribirte. Nada. No me importa hablarte de la virgen de Salta que ahora no cura. No me interesa la pelea pequeña del poder pequeño que entorpece lo necesario para ser algo más grande. No hay nada que merezca este encuentro. Casi no te entiendo cuando me escribís, me decís. Casi no me importa, te digo. Ha de ser culpa de la misma vida que sucumbió a la derrota, esa que se hace innecesaria. Por lo menos hasta que todo vuelve a tomar energía.

La inercia es la fuerza que hace que un cuerpo que está en movimiento tienda a mantenerse en ese estado. ¿Es eso? Ni me acuerdo. La que nos enseñaba física era la titular que había vuelto de su licencia post mortem. Después de la muerte de su marido, digo. Aunque creo que la liquidada parecía ella. Apenas si alzaba la voz, peso por altura es velocidad, todo cuerpo ocupa un lugar en el espacio y, maldita sea, nada de poesía en eso del cuerpo que ejerce una fuerza sobre otro que resiste con una fuerza opuesta en sentido contrario. ¡Qué deuda nos dejó esa mujer! Mucho más que no saber marcar los Urales en el mapa mudo (¿existe todavía el mapa mudo en las escuelas?) o la conjugación de caber y satisfacer en los tiempos más estrambóticos. No cupo. No satisfará. La viuda de la vida dijo, alguna vez, yo me acuerdo, que todo cuerpo permanece en su estado de reposo o de movimiento rectilíneo uniforme a menos que otro cuerpo actúe sobre él. Te miré. Desorbitado. Y yo me acuerdo, me dijiste, porque fue mi salvación de llevármela previa. De memoria. Inercia es eso. Primera ley de Isaac. La otra, la de la fuerza que actúa sobre un cuerpo, directamente proporcional a su aceleración. Y la tercera, la de la fuerza opuesta contada sin poesía. Nunca imaginé que Newton me serviría para explicar este viernes pasado. Silencio. Ambos hicimos un largo silencio. Como el del viernes, a los cuarenti, dolor de derrota. Y la vida, me dijiste. Newton explica la vida.

Manejo mi coche y veo cuerpos en inercia. Manejabas, querrás decir. Hoy es domingo. Dejame que te lo cuente en presente del indicativo. Se me hace menos loco revivirlo en conjugación actual, duele menos, es dolor que dura, no se instala en el pasado negro. Pero es pasado, dijiste. Y negro, insististe. Ya lo sé. Juego a un paraíso perdido que conjugue en presente. Oximoron, chiquito. Oximoron. Sea. ¿Puedo? Puede. Podés.

Manejo mi coche y veo cuerpos en inercia. No tienden a moverse. Y no se mueven. El pobre Franco acaba de ponerse sobre los hombros el dedo juzgador de treinta y ocho millones de fieles del culto de la victoria a cualquier precio y debe andar maldiciendo su propia cadera. No es justo, dice ese pibe con pelo de príncipe valiente ahora tan inútil, que fuera justo la cadera del Pato. Hubiera sido la mía. Todos sabemos atajar penales y nos sabemos tirar para el lado de la pelota. Todos nos inclinamos hacia la izquierda del televisor. Te aseguro que si el Instituto se sismología de San Juan midiese, notaría que las pampas argentinas estaban ladeadas para ese lado. Y el pibe Franco, no le alquilo los zapatos, también se lo imagina. Ni te cuento Ayala, no le veo cara de ratón, me dijiste, ¿será que es amarrete?, el mejor de todos, lacerado por ese botín mezquino. O del Cuchu, Dios mío, nadie puede llorar con tanto desconsuelo. Te miro. No te puedo creer que hables así de fútbol, vos que la ves cuadrada. No hablo de fútbol, tonto. Es el mundial, tonto. Además, son mis cuarenti. Todavía más tonto.

Manejar un automóvil es un desafío innecesario a Newton. Todos prueban conservar el cuerpo estático, no hay fuerza opuesta que resista el envión. La caída del barranco. Seis pibes de diecitantos se abrazan en la puerta de la casa con tejas. Siempre fue la más linda, la más cuidada, la del cantero de plantas impecable. La de luces los sábados, fiestas de pocos y miradas nuestras cuando paseábamos el perro. Salieron recién de allí, se ve que las fuerzas de aceleración llegaron hasta el umbral. Las banderas son capas de super héroes a los que les descubrieron la criptonita. Sus gorros arlequín, galera o cuatro nudos, triste vestuario de una obra sin público. Les toco bocina. Desafío esa quietud funeral y uno de ellos, apenas audible, nadie se mueve, salvo yo, me dice esto no tiene más sentido. Hubieses parado. No puedo. Mi inercia es volver a casa, tampoco soy tan generoso. Es cierto que podría haberles dicho que en dos décadas el sentido seguiría sin aparecer pero competiría con el sentido de tu misma cuesta arriba. A los cuarenti todos los episodios se miran desde la cumbre del reloj cronológico al que se le da cuerda a ojo. Se supone que alcanza para toda una vuelta más, igual a ésta, pero qué se yo.

Sigo. La calle que siempre impide el paso de todo, angosta para circular, angosta para estacionar, angosta para ser (¡y encima dejamos abierto el microcentro!) parece la avenida que desemboca en la puerta de Branderburgo y que hasta ayer, en la tele, lucía como el paso de la gloria nuestra. Libre, ampulosa, blanca. Limpia de papelitos que no están. ¿Qué vamos a hacer con los que cortamos todo el día? Los penales suenan repetidos en las radios y en la tele. Pero nadie sale a verse la cara con el otro. No queremos reconocernos en el gesto de la caída. Me sorprendo. Porque te veo en el la puerta de tu casa. Te miro y no me das tiempo. No es justo. Lo tienen todo. Son desarrollados, exportan, tienen una mujer en el gobierno. No lo necesitan. No es justo. Y ese referí eslovaco debería haberlo sabido. Porque su país se nos parece. No estuvo bien que usase la camiseta de ellos. Preferir ser cola de ratón me da asco.

Y así todo. Angustia en forma de llanto empieza a asomar como a la media hora. Las calles de la ciudad son un hervidero frío de caminantes con gesto de angustia. Correr hacia qué se yo qué obligación que debe haber quedado licuada con tanto dolor. Banderas que se guardan. Los palitos de la ropa quitados a toda velocidad de la soga que las vendía junto con gorra, bimba y birrete. Un horror. Ni siquiera tenemos suerte en esto, me dice la vendedora callejera. Los pibes de la mano de los padres. Los pibes llevan a los padres y no al revés.

¿Y vos? Ha de ser culpa de la vida en el territorio de los cuarenti. Mucha angustia, como nunca, desde el estómago hacia los brazos. Así se irradia. Cansa, pesa, desgasta. Exagerado, como a esta edad, siento que es muy largo esperar cuatro años para jugar a la guerra moderna, yo tengo ganas de verlos a los otros a aceptar, a la fuerza, el armisticio. El director de cine de cuarenti que se murió esta semana, un pintor de costumbre inolvidable, me apura a pedir justicia y a sentir la derrota, los penales, como un palo repetido en la espalda. Duele por la espalda. Duele.

Mi inercia es ni el movimiento ni el reposo. Es un movimiento con sabor de inútil que desafía hasta al propio Newton. Me miraste. Y al fin la sonrisa. Perder. Derrota. Todo es relativo, me dijiste. No te olvides que después vino Einstein.

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Imagen: Alberto Gentilcore
 
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