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Estadística

Puedo hacer una reseña histórica personalizada de la evolución de los embarazos adolescentes, de los controles prenatales, y de los cursos para embarazadas en nuestro país, porque he recorrido sus principales urbes en mi trayectoria de 50 años de partera. Mis estadísticas se remontan al Chaco (1962﷓67) donde los controles prenatales eran muy resistidos y las mujeres tobas no concurrían siquiera a tener sus partos en los hospitales públicos. Simultáneamente en las provincias de Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba las estadísticas de mis colegas refieren la misma situación. En el resto del país, el panorama era aún más desolador. Con el advenimiento de los métodos anticonceptivos, aún en plena dictadura, las parteras bregábamos por la educación sexual de nuestra juventud. La brindábamos en nuestros consultorios o concurríamos a escuelas periféricas de la localidad donde trabajábamos, realizando talleres muchas veces solicitados por las propias autoridades escolares. Finalizado el gobierno militar, comenzamos a recibir apoyo de los diferentes gobiernos que fueron proveyendo a los hospitales y centros de salud de los elementos necesarios para evitar el embarazo no deseado. Las visitadoras sociales y las enfermeras sumaron lo suyo en la concientización. Se crearon planillas nacionales de control pre﷓natal. Se fue instalando entre las familias, poco a poco, el maravilloso hábito de programar su reproducción, controlar los embarazos y prepararse para el parto. En nuestra provincia se avanzó muchísimo en todo ello. Una colega muy querida, dictó los cursos para embarazadas en la "vieja" Maternidad Martin durante 30 años! Y podría citarles muchos ejemplos más. Fuimos arribando a una realidad obstétrico﷓familiar, superadora a la que vivíamos en los años 60. Pero si aún en el año 2013, en la ciudad de Rosario, tenemos el 22,6 por ciento de embarazos adolescentes en la Maternidad Martin y el 25, 2 por ciento en la del Roque Saenz Peña (diario La Capital, 28﷓04﷓14) por citar dos ejemplos. Debemos reconocer en primer lugar, que no estamos bien. Y mucho menos vanagloriarnos, porque las cifras son muy elevadas y su descenso casi irrisorio, ni siquiera se da en todo el país. Sería más saludable reconocer con valentía que, pese a nuestras buenas intenciones, en algo seguimos fallando para que después de tantos años el número siga siendo tan alto. Solamente aceptando primero, y, tratando de construir después sobre nuestros errores y carencias, podremos ampliar el camino hacia una realidad más óptima.

Edith Michelotti

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