CIUDAD › 3/11/2000

El suburbio de Serodino

 Por Fernanda González Cortiñas

Nacido en Serodino pero radicado en París desde 1968, Juan José Saer se erige, sin lugar a dudas, como una de las voces de la narrativa nacional que más alto se hace escuchar en los ámbitos de las letras del mundo. Su vasta obra, considerada como una de las máximas expresiones de la literatura contemporánea argentina, incluye clásicos como Nadie, nada, nunca (1980), El entenado (1983) y La pesquisa (1994). Especialmente invitado para el cierre del VIII Festival Internacional de Poesía de Rosario, Saer dialogó con Rosario/12 de sus recuerdos, de la Argentina, los argentinos y la argentinidad y, por supuesto, de literatura.

-Usted dijo que Rosario fue la primer ciudad que conoció cuando salió de su Serodino natal, ¿qué recuerda de aquella primera visita?

-Yo era muy chico, así que el recuerdo más vívido que tengo de aquella ocasión es un kiosko. Me pareció la cosa más fantástica del mundo; un local íntegramente lleno de caramelos.

-¿Qué expectativas tenía al volver?

-La primera vez que vine fue justo cuando el golpe del 76, así que ese primer reencuentro fue muy duro. Después vine en el 82 y ahí sí, comencé a redescubrir este país, a recuperarme de esa especie de convalecencia que produce la lejanía.

-¿Qué cosas de ese reencuentro con la Argentina lo sorprendieron gratamente y cuáles lo desilusionaron?

-En ese sentido me pasó algo curioso y es que muchas de las cosas por las que yo quería volver, no me produjeron ningún efecto; en cambio, hubo otras que me resultaron absolutamente inesperadas. Y es que había ocurrido un cambio muy importante en esos años. Para mí fue como llegar a otro país, en el cual había todavía una serie de elementos que eran propios del pasado, un país cuya iconografía había cambiado bastante. Por eso me costó adaptarme un poco, pero logré reconocer en esos signos nuevos una suerte de permanencia.

-¿Qué es lo que más le critica a la Argentina y a los argentinos y qué extraña de este país?

-Le critico, sobre todo, los gobiernos. Pero además le critico otras cosas, como por ejemplo, el estilo de los medios de comunicación, que me parece extremadamente vulgar y prepotente. Esa manera de banalizar la realidad, moviendo a la compasión en vez de al análisis, cuando lo que tiene que movilizar la información es la racionalidad y, sobre todo, la resistencia. También he descubierto una suerte de negligencia en algunas cosas; me preocupa ese laissez--faire, esa pasividad para aceptar cualquier cosa. Pero esto no es culpa de los argentinos; más bien me parece que es la desmovilización la causante de este fenómeno. Y la desmovilización es producto de las terribles consecuencias del exceso de politización que ha vivido este país, una politización que en un punto dejó de ser tal para convertirse en militarización. Pero de igual modo le digo que creo que esa pasividad no puede ser eterna y como dijo alguien que está muy pasado de moda: "Las condiciones materiales de existencia terminan en la conciencia". Y no estoy hablando de revolución ni mucho menos, porque eso querría decir que ya hemos tocado fondo y no creo que sea este el caso. Creo que lo que sí se hace inminente es una democratización, tanto social como económica.

-¿En qué rasgos de este "ser argentino" se reconoce?

-Me siento argentino en tanto escritor. Yo no creo mucho en las características "nacionales", pero sí creo en las características sociales y culturales, que, por supuesto, van modificándose con el paso del tiempo. Pero en el hecho de ser un escritor argentino, ahí sí existe una tradición en la que me reconozco, y que no es propiamente argentina sino rioplatense, con escritores como Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández, Roberto Arlt, Juan Carlos Onetti..., en fin, gente que ha sabido asumir la tradición universal pero desde su lugar. Si tomamos el ejemplo de Quiroga, que es el gran iniciador de la literatura fantástica en la Argentina, a pesar de que Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares no lo ponen en su antología de la literatura fantástica, Quiroga lo que hace es "poner en situación", como diría Sartre. Y eso también pasa en Cortázar o en Borges. Después, si tomamos por ejemplo a Onetti o a Macedonio Fernández vemos que hay una tentativa por hacer una literatura que escape a la pura sucesión de acontecimientos para construir una dimensión mucho más reflexiva, mucho más filosófica. Yo tuve la oportunidad de releer hace poco La vida breve, de la que se cumplen cincuenta años ahora en el mes de noviembre. Siempre se dijo que Onetti era el descendiente de Faulkner. Yo diría que Onetti era de una personalidad literaria absolutamente única. Y también diría que su perspectiva narrativa refiere más a Calderón de la Barca o a Cervantes que a Faulkner. Bueno, esa tradición para mí es muy fecunda; creo que en lengua española en el siglo XX es la más rica, hablando desde el punto de vista de la narrativa, y no así en poesía, ya que en América Latina ha habido algunos grandes poetas que me parece que son fundamentales como Neruda, en Chile o César Vallejo, en Perú, probablemente el más grande poeta de lengua castellana del último siglo. En esa tradición, que es al mismo tiempo un poco experimental, un poco filosófica, un poco marginal, una tradición que paradójicamente está en ruptura con los géneros tradicionales, yo me reconozco. A eso se le podría agregar el vector verbal, a mí me gusta escribir en una lengua coloquial, no naturalista, sino con resonancias coloquiales de esta región, del litoral argentino.

-En este sentido, ¿qué influencia tiene su Serodino natal, el entorno rural, la provincia, en su trabajo?

-Mucha. Serodino es el paisaje interior y exterior, es decir mi paisaje físico y mental, el de la infancia, y esto está muy presente en toda mi obra. Eso se manifiesta sobre todo en los años 60, 70 y 80, que yo tenía una tendencia a ponerles nombres a todos mis personajes, y esos nombres salían de la región en la que yo había nacido y crecido.

-¿Y de allí, de su zona, a quién reconoce como referentes literarios?

-Naturalmente a Juan L. Ortiz, que es también uno de los grandes poetas de nuestra lengua. También están Hugo Gola, Hugo Padeletti, Aldo Oliva, que lamentablemente acaba de morir; toda gente un poco mayor que yo, pero que me incluía dentro de su círculo.

-¿Se definiría como un escritor argentino que vive en Francia?

-Yo creo que no hay que ponerle adjetivos a un escritor, porque un escritor se define por algo que no tiene lugar, que no tiene raíz. Creo que todos los grandes nombres de las letras se ubican como tales por algo que excede el idioma y la época.

-¿Siente que escribe desde la distancia, desde el lugar del desarraigo?

-No. Yo escribo desde el universo imaginario que he ido constituyendo a través de mis libros. Ese es mi referente y mi punto de vista. Por eso siempre digo que desde mi punto de vista, en tanto que escritor, París es un suburbio de Serodino.

-Como hombre de múltiples oficios en el terreno de las letras (narrador, filósofo, poeta, dramaturgo, guionista), ¿cuál es el lugar que ocupa la poesía en su producción?

-La poesía es el punto de partida en mi trabajo de escritura. Yo comencé escribiendo poesía, seguí con teatro y recién después ingresé al terreno de la narrativa. Escribí muchísima poesía, porque no me sentía atraído ni capacitado para hacer narrativa. Finalmente uno nunca hace lo que quiere. De hecho, hace mucho que no escribo poesía; mis últimos poemas son del año 87. Sin embargo no pierdo la esperanza de volver a ella en algún momento de la vida.


Cuando se ha escrito casi diariamente a lo largo de --en mi caso apenas-- doce años, elegir lo más representativo de esa producción se vuelve un desafío, no sólo por lo complicado del ejercicio autocrítico, sino por el fárrago de material a revisar. La elección se realiza entonces en torno al recuerdo; el más fuerte, el más vívido, el más entrañable, el mejor. La ventaja de entrevistar a un grande de verdad es que durante la charla, seguramente, él hará que su enormidad pase desapercibida, lo cual trae aparejado la desventaja: es probable que en ese momento a uno le pase inadvertida la posibilidad cierta de no poder volver a entrevistarlo nunca más. (F.G.C.)

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