CIUDAD › 3/05/2003

Ciudad bajo las aguas

 Por Guillermo Zysman

El largo y apacible viaje desde Rosario a Santa Fe rápidamente contrastó con la llegada del cronista a la capital provincial. Al ingresar a la ciudad se palpa inmediatamente el caos: en cada cuadra decenas de autos en una alocada carrera por llegar donde sea, por lograr el éxodo del infierno. En las esquinas, improvisados comedores con carteles caseros que ofrecen menúes económicos y los ciudadanos cenan plácidamente en los bancos de las plazas. En los edificios públicos la gente busca a sus familiares desaparecidos en el listado de evacuados. En los barrios más perjudicados por la inundación sus habitantes desesperados recogen lo que quedó de sus pertenencias devaluadas. Con la caída del sol las fuerzas federales comienzan a actuar bajo un virtual toque de queda. La céntrica peatonal San Martín desierta y la mayoría de los comercios cerrados completan un panorama más que desolador. "Bienvenido a Bagdad", saluda el colega que oficiará de anfitrión.

El periplo se inició apenas pasado el mediodía en la Junta Municipal de Defensa Civil de Rosario. Allí, mientras los funcionarios municipales y los voluntarios clasificaban las donaciones, ingresamos a uno de los camiones que tenía como destino la ciudad de Santa Fe. Rodeados de toneladas de alimentos, abrigo, medicamentos y colchones recorrimos durante tres horas y media los 160 kilómetros que separan a Rosario de la capital.

Al ingresar a Santo Tomé, casi un barrio más para los capitalinos que no sufrió los padecimientos de la crecida del río Salado, el caos. Interminables colas de autos que esperaban cruzar el puente carretero para llegar a Santa Fe, en el primer día después de que el gobierno liberara su paso al constatar la bajada de la masa de agua. "Necesitamos cruzar porque trabajamos en Santa Fe, estamos acá varados desde hace horas", explicó un automovilista.

Merced al material que transportábamos, la policía y los agentes de tránsito dieron el visto bueno para nuestro acelerado paso. Aplaudidos por los santotomesinos en menos de cinco minutos cruzamos el puente. Paralelamente las autoridades sólo permitían el paso esporádico de rodados por el enlace ante el temor de que uno de los pocos accesos habilitados ceda por la excesiva presión.

Del otro lado del puente, las escenas volvieron a repetirse pero con más intensidad. El atascamiento del tránsito era total sobre el ingreso sur a la ciudad, en pleno barrio Centenario donde miles de familias intentaban escapar del aluvión. A escasas cuadras de allí, la inundada cancha de Colón, con menos agua pero con sus estructuras destruidas.

Durante la recorrida por las distintas zonas de la ciudad se intercalan una a una cuadras iluminadas con otras totalmente a oscuras. El cordón oeste de la ciudad sigue siendo por estas horas el área más afectada con casas anegadas y el agua que aún no salió del todo de cada una de las viviendas. La zona sur tuvo un respiro tras la bajada ﷓escasos centímetros﷓ del Salado. El centro, el este y la zona norte sólo tuvieron aislados inconvenientes: apenas apagones rotativos y cortes en el servicio telefónico.

De acuerdo a versiones extraoficiales el número de muertos ya trepó a veinte y la cifra podría incrementarse notablemente en las próximas horas. Entre evacuados y autoevacuados algunos hablan de hasta cien mil personas. Quedan aún miles de familias que desde el vamos se negaron a abandonar sus hogares resistiendo en los techos, comiendo lo que encuentran o lo que les proveen de a migajas.

En algunas estratégicas regiones de la ciudad, el Ejército, la Prefectura y la policía cumplen a rajatabla con el virtual toque de queda que rige en Santa Fe desde las 19. Prohibida la circulación de embarcaciones privadas, distintos barrios quedan así alejados de la vorágine urbana. En estas zonas el pillaje es moneda corriente y el enfrentamiento a mano armada por las migajas que quedaron sin afectarse es constante.

Entrada la noche el panorama es desolador: los bares más concurridos lucen vacíos, la peatonal sin nadie que la camine y las familias recluidas en sus casas.


El manual de estilo de todo periodista prácticamente no contempla la crónica en primera persona. La nota que aquí se reproduce fue escrita bajo esa lógica. No fue un exceso de vanidad, más bien primó la intención de reflejar las sensaciones percibidas por un cronista al llegar a una ciudad devastada tras recorrer la autopista a bordo de un camión de Defensa Civil que llevaba donaciones para los damnificados. La estadía no fue mejor: en cada rincón de Santa Fe había una historia llena de angustia para contar. Un relato sobre lo que el agua se había llevado consigo. A tres años y medio de la catástrofe hídrica, sólo hay tres procesados. (G.Z.)

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