CIUDAD

Historia de Rosa, que sobrevivió al derrumbe de su casa precaria

El temporal de marzo se llevó su casa de Moreno y la barranca
del río. Allí se ahogaron su pareja y dos amigos. Ella pudo
rescatar a su beba y ahora vive con su madre en una carpa.

 Por José Maggi

Rosa Noemí Peralta -la joven de 15 años que sobrevivió cuando su casa en la barranca del río Paraná y Moreno se desmoronó provocando la muerte de su pareja y otras dos personas-; subsiste desde hace dos semanas en una pequeña carpa, a metros del lugar, en la avenida de la Costa y Oroño. La joven perdió todo: Desde su pareja con quien convivía desde hacía tres años y medio -cuando sólo tenía 12- hasta su casa, pasando por todo lo había en su interior. Rosa sobrevive junto a su hija Micaela de un año y medio, por la generosidad de Miguel un cuidacoches que además cuida de ella y de Sandra, su madre, de 29 años, que lleva a cuestas a Matías de 12 años y a Joel de menos de un año de vida. De día los chicos se arremolinan en torno de un viejo colchón y una carpa de poco más de un metro, comiendo alternativamente lo que encuentran en el piso de tierra y lo que les acerca la caridad de unos pocos. Una postal contradictoria y conmovedora que nadie parece ver. La imagen de la indigencia de Rosa y su grupo familiar, contrasta en medio del escenario de una Rosario turística: A sus espaldas se erigen los Silos Davis, sede del Macro y uno de los bares más caros de la ciudad mientras frente a ellos, en Oroño y Rivadavia la Feria del Bulevar convoca a cientos de personas. Curiosamente, el grupo parece hacerse visible sólo cuando el caballo con el que cirujean, cruza la calle alterando el tránsito.

Viernes 30 de marzo, 8 de la mañana. Barrancas del río Paraná a la altura de calle Moreno. Rosa Noemí Peralta de 15 años, está con su beba Micaela en brazos. De repente comienzan a caer algunos cascotes y varias piedras, y la casa cede de golpe. Los tirantes que la sostenían y sobre los que apoyaban las chapas del techo, se convierten en armas mortales. Uno de ellos fue el que golpeó la cabeza de José su pareja. En el interior también están Fernando Achával de 24 años y Natalia, una joven treintañera oriunda de San Lorenzo, quien accidentalmente estaba en el lugar. Los tres mueren. "En ese momento se nos vino la pared abajo y alcancé a tirarme al río, hasta que pude salir y gritaba José, José, José, lo llamaba el padre de la nena, y después pasó el otro pibe ahogándose al lado mío, pero no lo podía agarrar porque tenía a mi hija en brazos. Y entonces pasó una canoa y le grite para que me salvaran, y me ayudaron y me llevaron hasta la casa que un muchacho tiene en la costa". El relato apurado atropellado y rústico de Rosa, revela su estado de ánimo, y el impacto que le ha provocado la muerte de su pareja. "La casa se nos cayó a las 8 de la mañana, retemprano, justo cuando no estábamos levantando con José", confiesa Rosa Noemí, o Rocío como la llaman todos ahora. "José" es José Alberto Colomé de 24 años, pescador para algunos, y cuidacoches para otros. "Se nos derrumbó todo encima, por eso en la costa no quiero estar más, quiero estar en una casa. No quiero estar más así como un perro sin poderle dar a mi hija nada, haciéndole tomar mate en un fueguito", apunta en su relato la joven mamá. Y la figura es literal: Mientras las dos perras mezcla con "policía" se acurrucan cerca de las brasas, una vieja pava negra se calienta al fuego. "Estoy viviendo como un perro, la ropa toda sucia, dónde la voy a lavar. Perdí todo, y ahora mirá como tengo que estar durmiendo en el piso con mi hija. Quiero que me den algo, una casa", ruega desesperada Rosa. "Antes teníamos de todo: Con José teníamos cocina, lavarropas, secarropa, camas, frazadas, luz, teníamos ollas, cubiertos, de todo", recuerda la joven mientras amamanta a su hija. Y confiesa, que lo único que pudo rescatar de los restos de su hogar "son sólo algunas camisetas de mi marido, que se las voy a guardar para cuando mi hija sea grande".

Rosa, o Rocío, no deja su mirada quieta, está exaltada, y sus pómulos se enrojecen aún más, potenciando el color de las picaduras de mosquitos, que se encarnizaron con todo el grupo familiar. "No me morí de milagro, fue un milagro de dios, porque casi me morí" dice recordando de pronto el mal trago del viernes 30 de marzo, cuando su vida cambió para siempre. Aunque en verdad nunca había existido la abundancia en su historia. A los cinco años junto a su madre optaron por la calle, antes de quedarse bajo el techo que compartían con un hombre golpeador. Un añoso gomero de Parque Norte fue el primer refugio hasta que finalmente un túnel en las barrancas del Paraná a la altura de calle Balcarce fue el cobijo para ambas. Así conoció con solo doce años a José, un vecino que habitaba una casa de pescadores a metros de la suya, en la misma barranca hacia al sur, a la altura de Moreno. Con los años de esa relación nació Micaela, la chiquita que sobrevivió junto a su madre.

Sandra Noemí Peralta tiene 29 años, pero el estado de su dentadura, parece duplicar su edad. "En los últimos cuatro años viví en el túnel, hasta que vino la Municipalidad y me dijo que me vaya porque se estaba a punto de derrumbar, así que salí. Después pasó lo de mi hija", confiesa la mujer, que también implora por una casa.

La mujer reconoce la generosidad de algunos vecinos del barrio. A veces nos traen un plato de comida, o un poco de leche para el bebé", dice señalando a Joel de menos de un año de vida, que duerme un siesta corta sobre un colchón color tierra, mientras las moscas se regodean con el chupete de su mamadera. A su lado, está Micaela, de pocos meses más de vida, que aunque cueste entenderlo es su sobrina. Es que Joel y Micaela se crían juntos, pero son tío y sobrina respectivamente. "Hasta ahora no llegó nadie a ofrecernos nada, ni a mí ni a mi hija".

El otro hijo de Sandra es Matías de doce años que estaba en la casa la mañana en que se desbarrancó. Llega en medio de la charla mostrando su alegría por haber encontrado tres pesos "tirados en la calle" asegura, que rápidamente mutan bajo el embrujo de una corneta estridente, en una bolsa repleta de churros calientes.

"Necesitamos una casa, no podemos estar más acá con los chicos así, vivimos feo", remarca Sandra. "Con la tormenta y el viento del otro día con los chicos todos mojados tuvimos que salir disparando hacia el edificio de acá enfrente. Los pibes se mojaron todo, y ni ropa seca nos quedó para los chicos. No tenemos nada", gritan casi al unísono madre e hija.

"Yo quiero pedir que me den una casa", repite por enésima vez en la charla Rosa Noemí Peralta. "Pero con puertas y ventanas", aclara con la más absoluta inocencia Juan de siete años, hijo de Miguel el ciruja-cuidacoches, develando parte de sus sueños infantiles, escondidos tras una mirada pícara de quien puede darse el lujo de acertarle un piedrazo a una lata a diez metros de distancia.

"Necesito ropita para mi beba, pido eso aunque sea porque perdí todo, perdí mi marido, perdí mi casa, perdí todo, perdí todo", repite hasta el cansancio Rosa-Rocío con su mirada perdida, tan perdida como su infancia y su adolescencia. Mientras los coches aceleran por la Avenida de la Costa, y los rosarinos disfrutan de las muestras de arte del Museo de Arte Contemporáneo, o las artesanías en cuero de la Feria del Bulevar tan caras e inalcanzables como el hogar para Rosa y Sandra.

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Rosa tiene 15 años y amamanta a su beba con los silos Davis como opulento escenario de fondo. "Con mi mamá (Sandra, de 29 años) no tenemos nada. Yo perdí todo, y necesito ayuda".
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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