Había una vez un escritor francés que logró volverse italiano. Así quería Stendhal que lo recordaran (incluso pidió que en su lápida dijera: “Enrico Beyle, italiano. Vivió, escribió. Amó”).
Sería fácil entender a Diego, si Diego respondiera a lo políticamente correcto, si su vida se hubiese regido por el construido sentido común, que no es más que la voz del poder circulando sin ton n
Sobre las luchas grecorromanas desarrolladas antes de cristo en el Coliseo, sólo tenía visto la programación completa de Titanes en el Ring.
Mi papá era un hombre amoroso y demostrativo pero no sabía llorar. Se angustiaba, se quedaba mudo, se escondía. Ni siquiera se le humedecían los ojos.
Hace mucho dejé de creer en que cuando uno muere es recibido por un señor barbudo al que debemos rendirle cuentas por las macanas hechas en la vida.
El 11 de marzo de 1889, el ahora olvidado ex presidente de Estados Unidos Rutherford Hayes escribió en su diario: “En el Congreso nacional y en las legislaturas estatales se aprueban cientos de ley
Desde Barcelona
Génesis, siglo XXI
El martes pasado, el francés Vince Reffet se elevó desde las arenas del desierto de Dubái con su turbo-mochila alada y acaso vio, antes de morir, la línea de edificios plateados como un haz
Ya sabíamos que estaba un poco enferma pero nada hacía pensar que moriría ese día. Sola. En una pieza de tres por tres sobre un colchón sin sábanas y con una mesa y una silla como todo mobiliario.
Por la mañana los Hechizados del Amanecer deambulan buscando un cobijo diurno.
Es diciembre en Rosario y el cielo parece querer desplomarse en agua sobre la ciudad. El paso acelerado de la gente te obliga a seguirle el ritmo aunque no tengas prisa ni aliento.
El de este año no fue un Día de la Militancia más.
Poco después de haber aprendido a leer y escribir, mis hijos, como casi todos los niños del mundo, saliendo del nocturno cuento paternal previo al dormir, descubrieron las historietas y poco antes
Él ha puesto a hervir las hojas y el cogollo de la maldita hierba.
No es una novedad afirmar que las sucesivas Cortes Supremas de nuestro país han dictado fallos que legalizan ilegalidades.
Eran las tres de la tarde de un martes. Hacía calor. Íbamos a pasar la tarde. El auto, algunos kilómetros, una calle de asfalto, otra de tierra. Mirábamos y no había nadie.
“Se acabó el cafecito de parado, jefe, ya se puede sentar en la vereda. Pero si prefiere su mesa de siempre, frente a la ventana, también puede.
–Recién paró de llover, vas a tener que esperar un poco rubia… los días así no hay tasis en ningún lado-, le dijo el hombre de chaquetilla azul mientras metía sus manos en los bolsillos y tocaba la