CONTRATAPA

Etapas

 Por J. M. Pasquini Durán

Más que cualquier discurso o especulación, el final de etapa lo definió la renuncia aceptada a la Jefatura de Gabinete de Alberto Fernández, uno de los miembros de la mesa chica de los Kirchner. Después de cinco años de gestión, durante los que calificó en su cargo y también como el vocero presidencial por excelencia, quedó arrasado por los últimos cuatro meses, en los que actuó como interlocutor intermitente de la “mesa de enlace” campestre. El segundo Fernández en importancia del gobierno nacional llevó hasta el final la decisión que por algunas horas, después del voto Cleto en el Senado, aleteó sobre la residencia de Olivos. Una fugaz tentación, algo así como stress postraumático, que sacudió a los aguerridos temperamentos de Néstor y Cristina, pero la Presidenta pudo recordar sus propias palabras de muy poco tiempo atrás cuando hizo memoria de las luces y sombras de su juvenil militancia política: “Para saber ganar, hay que saber perder”, fue la oración de aquel momento previo, casi una premonición de lo que vendría.

La Jefatura de Gabinete será ocupada por Sergio Massa, de 38 años, ex titular del Anses y actual intendente de Tigre, que hizo fama de eficiente administrador en el organismo previsional y de político con garra cuando logró desplazar de aquel municipio al partido vecinal que ocupaba la intendencia desde hacía más de tres décadas. Durante la campaña, cada vez que los necesitó, tuvo a su lado a los Kirchner, que le devolvían así la convicción de una lealtad blindada. El nombre de Massa fue acordado durante el retiro de fin de semana y el lunes ya circulaba como posibilidad en los pasillos más cercanos al despacho presidencial, pero nadie se atrevía a repetirlo en voz alta porque el relevo era demasiado emblemático, hasta improbable, para muchos de los que se preguntaban cuál sería el rumbo (¿nuevo?) del puente de mando oficial. Massa por Fernández fue el segundo cambio en el gabinete, ya que antes el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza, un hombre opaco, fue sustituido por Carlos Cheppi, sólido director del INTA, organismo de merecido prestigio en el campo. No serán los únicos, pero por ahora ambos reemplazantes fueron seleccionados sin recurrir a las obvias candidaturas del peronismo clásico, lo cual implica un paso adelante en lugar de seguir abroquelándose entre las elásticas fronteras partidarias.

En la reforma constitucional de 1994, la Jefatura de Gabinete fue imaginada como el fusible de la instalación presidencial, listo para saltar cada vez que un cortocircuito pusiera en peligro a las conexiones principales. Así pasó esta vez y a partir de hoy Alberto Fernández, una figura central del elenco presidencial en el quinquenio, será historia. Puede presumirse que Massa ocupará una zona más reducida que su antecesor, pero quizás esto le permita dedicar más tiempo a mejorar las funciones específicas, sin el doble salto mortal diario que las operaciones políticas le exigían al ahora renunciante. Debido a la tendencia a dramatizar en los análisis de coyuntura, algunos de los que el viernes profetizaban una crisis terminal, hoy quieren imaginar que comenzó una nueva etapa, o para decirlo con menos ambigüedad, que esta semana arrancó de verdad la presidencia de Cristina, después de ocho meses de difícil transición, durante los cuales el pasado y el presente parecían sobreimpresos, distorsionando la imagen presidencial como en una foto movida. Desde este punto de vista, a lo mejor la salida de Fernández signifique el final formal del gobierno de Néstor, a pesar de las dificultades para imaginar al ex presidente en el bajo perfil que supo mantener Cristina durante el mandato de su marido. Los más cercanos sabían que la pareja siempre funcionó en tándem, pero hacia el público había una sola voz y un único rostro. Es lo que espera la ciudadanía, si uno hace caso al rumor de la calle.

Néstor Kirchner, además, tiene por delante una ardua tarea partidaria, para reparar las brechas abiertas en el peronismo y curar las heridas que dejaron jirones humanos prendidos en los alambrados del campo. Cada miembro del PJ, desde gobernadores a intendentes y congresistas, quiere ser reconocido como interlocutor válido de la conducción. A propósito, como referencia: de los 150 diputados y senadores que se reunieron con la presidenta Cristina, más de la mitad nunca habían entrado a la residencia de Olivos, un detalle casi social pero válido cuando se refiere a la autoestima de quienes sancionan las leyes que necesita el Poder Ejecutivo para realizar su gestión con legitimidad y legalidad. Habrá que recordar que el fiasco electoral en Misiones demoró una semana en ser procesado por el metabolismo político del ex presidente y esta vez el golpe fue más duro y a la mandíbula, pero ganar y perder son dos caras de la misma moneda, la del poder.

En la cita con los legisladores, en tono tranquilo y reflexivo, la Presidenta preguntó en voz alta si la sociedad argentina estaba preparada para acompañar políticas públicas destinadas a redistribuir la riqueza; es decir, sacarles un poco a los que más tienen para mejorar la calidad de vida de los que menos tienen. Quién sabe si no faltaba otra pregunta tan válida como ésa: para otra iniciativa semejante, ¿el Gobierno sabrá presentarla mejor que esta vez a la consideración pública? La votación en el Senado, con Julio Cobos, un eje de la concertación plural, votando en contra y Ramón Saadi, un espectro del pasado, apoyando el proyecto oficial, mostró hasta qué punto el resultado no es pura responsabilidad de la sociedad.

¿Está el Gobierno en el punto de partida que anhelan muchos de los que fueron al acto de Congreso y también de los que fueron al de Palermo? Para la respuesta definitiva es demasiado prematuro, puesto que el desenlace ocurrió hace menos de una semana, aunque por la distensión social que produjo puede dar la impresión que esos tristes sucesos ocurrieron mucho tiempo atrás. El oficialismo, la oposición y la ciudadanía necesitan tiempo para digerir el vertiginoso cuatrimestre que concluyó el jueves pasado, pero hay algunos indicios auspiciosos, entre ellos la restitución de Aerolíneas como empresa de bandera y, sobre todo, la convocatoria al Consejo del Salario Mínimo para recuperar a tantos argentinos que rodaron cuesta abajo por el alza de precios y el desabastecimiento. Empresarios y sindicatos pueden ser la contracara del tantas veces frustrado diálogo de la “mesa de la enlace” agropecuaria y representantes gubernamentales. Con todo, el programa de gobierno, detenido en la práctica durante los meses pasados, tiene mucho más para recuperar y para volver a ganar impulso transformador. Las oportunidades siguen abiertas.

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