EL PAíS › OPINIóN

Nos habíamos amado tanto

 Por Mario Wainfeld

Fue el jefe de Gabinete que ocupó más tiempo ese cargo desde su creación. Fue figura central de las gestiones de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, interlocutor y confidente de ambos. Casi nadie se acuerda pero, a instancias de Eduardo Duhalde, fue el organizador de las primeras tenidas del Grupo Calafate. Hace más de diez años que Alberto Fernández es carne y uña con la pareja presidencial, ayer dejó su cargo malamente. Su salida agrega vértigo a la espiral en que se debate el Gobierno: cayó cuando parecía que, a trancas y barrancas, recuperaba “agenda positiva”.

En Olivos aseguran que se le pidió la renuncia, en el círculo íntimo del ex jefe de Gabinete se dice que él sorprendió con su presentación. La última versión fue la que primó en los medios. En cualquier caso es una baja importante para un equipo conducido por líderes poco afectos a mudar de colaboradores. Y trasunta un desequilibrio interno a favor de Julio De Vido (resolviendo una pulseada que ambos presidentes, hasta ayer trataron de mantener equilibrada) que reluce como un gran ganador de la jornada. El otro es el joven Sergio Massa, el reemplazante ungido en Palacio de volea. Dicen los correveidiles que era primero en terna, seguido por Florencio Randazzo y Carlos Tomada.

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Fatigas: El año pasado Fernández era el paladín de un cambio integral del gabinete, incluyéndolo. Hablaba de fatiga política de la población, de la necesidad de rodear a la presidenta Cristina con nuevos protagonistas, dotados de más bríos y menos desgastados. Se sabe, no fue esa la tesis que primó, siguió en funciones. Y, puesto en situación, comenzó relajándose y gozando: “cristino” al fin, se emocionó hasta las lágrimas cuando la mandataria le tomó juramento.

El año 2007 terminó sin novedad, el 2008 fue un karma para el oficialismo en general y para el Ministro Jefe de modo acentuado. Cargó con toda la zigzagueante negociación con “el campo”. Arrancó herido, por el error inicial de Martín Lousteau. El novel ministro de Economía era su pollo, desde el Ministerio de Planificación se lo reprocharon en todos los registros, desde el susurro en Palacio hasta los gritos en alguna reunión. Le enrostraron hasta un beso a Luciano Miguens, involuntario precedente del abrazo entre Eduardo Buzzi y Agustín Rossi.

Los vaivenes del conflicto con las corporaciones agropecuarias lo dejaron en una incómoda situación de sándwich. En el día a día, era acaso el único protagonista del Gabinete que se atrevía a transmitir ciertos cuestionamientos a la Presidenta y a Kirchner. Ese rol le valió el mote de “tibio” y lo limó, en medio de un entorno que rumiaba críticas por lo bajo pero que no lo hacía frente a la pareja presidencial.

En Olivos le endilgan haber sobreactuado ese papel, buscando diferenciarse de la mismísima presidenta para complacer a la tribuna opositora. La versión de Alberto Fernández es que trató de impulsar correcciones necesarias para el gobierno.

Tras la derrota parlamentaria, su trato con los Kirchner se agrió del todo. Tuvieron fuertes discusiones ulteriores. Hacía días que el ex presidente no lo llamaba (siendo su rutina de cinco o seis telefonemas cada jornada). El martes a la noche, confidencian, en la Casa Rosada se sabía de su renuncia, que se reservó para no opacar el anuncio de la convocatoria al Consejo del Salario. Una oportuna gripe lo tenía alejado de su despacho desde el lunes.

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Dos cartas: Junto a su vocero de prensa Eduardo Roust, comenzó a escribir dos cartas de renuncia el martes a la noche. Una se hizo pública, escueta y con un “sinceramente” manuscrito antes de la firma. La otra, más circunstanciada, fue entregada personalmente a la Presidenta. Según allegados al ministro saliente, la renuncia fue “un gesto” destinado a interpelar a otros funcionarios. El texto de la epístola personal contenía una explicación política acerca de los motivos de su salida. Fernández, reseñan, repasó varios temas que venía discutiendo internamente que, a su ver, resienten las perspectivas del oficialismo. Se trataba de varios tópicos que son comidilla cotidiana en el ágora: la inflación, la urgencia de remendar el follón armado en el INDEC, la impertinencia de avanzar con el tren bala en un momento tan complicado. “Alberto explicó que sostuvo esas discusiones pero que ya no tenía peso en el gobierno, que no movía el amperímetro” parafrasea uno de los pocos albertistas que ayer dialogó con su referente interno. Buscado por muchos integrantes del gobierno, sólo respondió tras varias horas a Víctor Santamaría y a un par de funcionarios de primer nivel.

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Memoria y balance: La gestión de “Alberto” (tal el vocativo con que lo nombraban amigos, enemigos, contertulios o Figuretis que apenas lo conocían) no se puede sintetizar de una, en una nota que abarca muchos tópicos. Como compendio insuficiente de cinco años ardorosos el cronista se remite a lo que dijo hace pocos meses cuando cundía en los medios la tesis de que era el accionista mayor del Gabinete. Jamás tuvo poder propio, siempre fue “Alberto Fernández de Kirchner”, un gestor, una correa de transmisión de dos presidentes centralizadores. También le cupo ser su operador político en la Ciudad Autónoma. Kirchner, que nunca se privó de tomarle el pelo por sus tics “capitalinos”, de todas formas le confió actuar en ese distrito que juzga indómito y veleidoso. El ministro saliente tuvo alguna pegada (jugarse a fondo en la primera elección de Aníbal Ibarra como jefe de Gobierno) pero su saldo fue desolador. En eso no fue una excepción: las operaciones político electorales del kirchnerismo, en promedio, no han sido refulgente en un lustro, algo que quedó plasmado hace una semana en el honorable Senado.

Su trayectoria fuera de la Rosada recorrió una parábola rara. Fue la bestia negra de los movimientos sociales, de casi todos los gremialistas de la CGT y durante un buen rato de la “progresía”. Su alianza con el cavallismo no sólo desató una fenomenal discusión con Cristina Fernández que repudió ese atajo, le valió muchos reproches masivos años después. Sin embargo, terminó conteniendo a varios aliados o adversarios leales “transversales”. Y en el entredicho con el “campo” fue uno de los pocos que explicó con cierto vuelo argumentativo las posturas del gobierno. Y al unísono, quien más que procuró sugerir a la pareja presidencial que las tácticas elegidas (las que parecían correr en pos de la derrota efectivamente producida) no eran las mejores.

La confianza se secó, de ambos lados. Fernández, muy dolido por las acometidas de Mario Das Neves, malició que tenían guiños desde muy arriba. Allegados muy cercanos a los Kirchner afirmaban ayer que se viene mandando solo desde hace rato.

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Se acabó el subibaja: Su brega contra Julio De Vido fue un clásico que Kirchner supo mantener en baja intensidad durante más de tres años. En el comienzo del mandato, Roberto Lavagna terció en la contienda, detestándolos con ecuanimidad. Mirado en perspectiva, quizá sirvió como catalizador del equilibrio inestable. En 2007 la competencia se hizo más ruda, hasta prohijaron listas distintas en distritos relevantes: Córdoba, Mendoza y Salta son algunos de los ejemplos. En Capital también hubo discrepancias.

En cualquier caso Kirchner los sostuvo a ambos, criterio que Cristina Fernández revalidó en su Gabinete. Ahora el subibaja acabó, echando por los aires a uno de los participantes. Las secuelas sobre los albertistas del Gabinete se irán viendo, ayer primaba entre ellos la sorpresa y la comunicación on line.

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El sobreviviente: Al cronista le gustan la gráfica y la radio, la emisión de imágenes no es su territorio. Sin embargo, por una vez le gustaría cerrar la parte evocativa de esta nota con un guión para un corto cinematográfico o televisivo.

Comienza con el racconto de una reunión detonante ocurrida en marzo pasado. Estaban la presidenta, Lousteau, Guillermo Moreno, Javier de Urquiza y Alberto Fernández. El titular de Economía detalló el contenido de la luego celebérrima Resolución 125, la de las retenciones móviles. Hubo escucha atenta, sólo Fernández preguntó si el incremento no suscitaría reacciones de los afectados. Lousteau aseveró que no, que sus rindes eran muy grandes. Nadie añadió más. Congelemos la imagen y vayamos borrando a los funcionarios concernidos en ese error germinal, que tan caro le costó al kirchnerismo. Se fueron yendo, acaso una secuencia lógica en un sistema presidencialista en el que los funcionarios fungen de fusibles y sus rotaciones hablan del devenir del proyecto político. Sólo sobrevive Moreno, que para los duros del gobierno es una bandera y para De Vido un pilar irrenunciable.

Fernández (así lo diría en su carta reservada) bregó por su salida, como un recurso para reconciliar al gobierno con vastos sectores de la sociedad. En eso, su punto es acertado: la persistencia de Moreno debilita la reputación del gobierno pues es imposible disociarlo con la destrucción del INDEC, punto que reenvía a toda velocidad a la falta de consistencia de la política antiinflacionaria. El hombre sigue incólume, piantando votos en el ágora y en un imaginario social cada vez más extendido.

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Hijo e’tigre: Sergio Massa se lució en la ANSES, en una etapa de prosperidad. Fueron años de crecimiento económico, de aumentos sucesivos de haberes, del traspaso de muchos afiliados de las AFJP al sector público. Y, especialmente, de ampliación fenomenal de la masa de jubilados, uno de los mayores logros de la política redistributiva del kirchnerismo, cuyo mérito excede al titular de la ANSES pero que también lo embellece. Venía de la administración Duhalde, se hizo confiable para el ex presidente. A la Presidenta se “la ganó” en la campaña electoral de 2005, en la batalla contra “Chiche”. Massa es vivaz, hiperquinético, tiene discurso, sabe manejarse en la arena mediática. Ayer a las 22 horas competía contra sí mismo en sendos reportajes emitidos en programas de cable, tomando la posta que dejó vacante Alfredo De Angeli.

La tarea que le espera es ímproba. Llega a un cargo central, híper exigente, en el trance más duro que recuerda el kirchnerismo. Cabe desearle buena suerte, trabajo duro no le va a faltar.

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