EL PAíS › ALBERTO FERNáNDEZ, EL HOMBRE QUE SE CONVIRTIó EN ALTER EGO DE LOS KIRCHNER

Están tocando otra canción

Abogado, porteño, cercano a Duhalde, se vinculó con Kirchner a fines de los noventa. Fue su jefe de campaña y luego se convirtió en su principal hombre de confianza. Argentinos Juniors y la música, dos de sus aficiones.

 Por Fernando Cibeira

Néstor Kirchner terminó de anunciar el que sería su gabinete un frío 20 de mayo de 2003 en Río Gallegos y la primera persona que apareció en el salón de la gobernación provincial fue, sonriente, Alberto Fernández. “Todos se hicieron los sorprendidos con el ofrecimiento, pero todos me dijeron que sí”, se jactó. Quien había sido el jefe de la campaña de Kirchner se convertía en un cantado jefe de Gabinete y el encargado de comunicar a cada ministro su designación. Desde aquel día hasta ayer –cinco años y dos meses–, Fernández se convirtió en algo así como el alter ego de los Kirchner, único en la posibilidad de desdoblar sus funciones entre selecto integrante de la mesa chica del poder y virtual vocero oficial. Casi ningún tema de gobierno resultó en este tiempo ajeno a su despacho, un dato verificable en su cara de agotamiento, esa que llevó días atrás al norteamericano Tom Shannon a recomendarle que se tomara descanso.

Porteño, de 49 años, Alberto Fernández no comenzó su carrera política en las filas del progresismo, precisamente. Su militancia juvenil estuvo vinculada con el derechista Partido Nacionalista Constitucional de Alberto Assef, dirigente que luego se destacó como un entusiasta de las ideas de Mohamed Alí Seineldín. A los 24 años, Fernández se recibió de abogado y al inicio del menemismo fue designado superintendente de Seguros de la Nación, lugar desde donde fue escalando posiciones. Llegó a manejar el Grupo Bapro, clave en la estructura del poder duhaldista en la provincia de Buenos Aires.

A fines del ’98 se puso al frente del Grupo Calafate, un nucleamiento básicamente de peronistas porteños que se juntaron para sostener la deshilvanada candidatura presidencial de Eduardo Duhalde. El anfitrión del encuentro en el Sur fue Néstor Kirchner. Pícaro, el santacruceño luego adoptaría ese grupo como base para su proyecto político, rápidamente catapultado a la presidencia gracias a la crisis.

En el 2000 fue parte del acuerdo de este sector con la fórmula porteña Domingo Cavallo y Gustavo Beliz e integró la lista de candidatos a legisladores de la ciudad. Cuando asumió como jefe de Gabinete debía dejarle su banca a quien seguía en la lista, la actriz y simpatizante videlista Elena Cruz. La Legislatura la bochó.

Separados apenas por una puerta, Kirchner tomó el despacho de Alberto Fernández en el primer piso de la Casa Rosada como una prolongación del suyo. Era extraño que uno no supiera lo que sucedía en ese momento en la oficina del otro. Esa confianza fue la razón del poder del jefe de Gabinete y también objeto de recelos. Los pingüinos, los funcionarios que acompañan a Kirchner desde Santa Cruz cuya cabeza visible es el ministro de Planificación Julio De Vido, comenzaron a seguir sus movimientos con lupa. Fernández buscó convertir a la ciudad de Buenos Aires en su territorio político, pero la Capital no respondió a sus inquietudes. El kirchnerismo no sólo perdió cada elección en el distrito, sino que también se mostró impotente para frenar la caída de su aliado, el jefe de Gobierno porteño Aníbal Ibarra, en el juicio político por Cromañón. Cada derrota, los pingüinos la anotaron en el debe de Fernández.

El jefe de Gabinete nunca quiso hablar de De Vido como un enemigo interno –los disensos en el kirchnerismo siempre son sotto voce–, pero reconocía que en política se movían con criterios diferentes. “A mí me gusta más lo nuevo, él siempre está más cerca de lo ortodoxo”, distinguía.

Así, Alberto Fernández se jactaba de haber arrimado al Gobierno algunos dirigentes de centroizquierda no peronista, honrando la idea de la primera transversalidad. Por ejemplo, ex ARI como Graciela Ocaña y Fernando Melillo y socialistas como Jorge Rivas o Ariel Basteiro.

Cuando ya se daba por descontado el triunfo de Cristina Kirchner, a mediados de 2007, se mostraba convencido de renunciar para dejarle las manos libres a la Presidenta. Rápido lo convencieron de lo contrario. Se quedó y se declaró mentor de una de las apuestas más arriesgadas del nuevo gabinete: la llegada del joven Martín Lousteau a Economía, a quien tenía como hombre de consulta. “Es brillante”, se lo recomendó a Cristina.

Cultor del diálogo en un gobierno de canales restringidos, Alberto Fernández supo convertirse en los momentos críticos de la gestión en vía excluyente de negociación. Así actuó en temas internacionales –como el caso de las papeleras con Uruguay o el de la valija de Antonini Wilson con Estados Unidos– y en los más variados de la agenda nacional, concluyendo con las fallidas gestiones con las entidades agropecuarias.

Era evidente que en los últimos tiempos su relación con Néstor Kirchner no era la misma de los comienzos. Cada vez más dirigentes se animaban a cuestionarlo en público y, lo que en otra época hubiera sido considerado un ataque a los propios Kirchner, ya no llamaba la atención. Fernández buscó revalidarse enviando su renuncia a la Presidenta, o porque la rechazaran o la aceptaran. Ya había aclarado que no le interesaban otros cargos. Precipitó el final.

Dos datos biográficos inseparables de Alberto Fernández: su fanatismo por Argentinos Juniors y por el rock nacional. De Argentinos, poco puede agregarse, salvo que ahora va a tener más tiempo para ir a la cancha. El equipo que armó Pipo Gorosito, comentó durante el último campeonato, tiene un estilo ofensivo que le gusta. En cuanto a música, su dios es Litto Nebbia y como un gusto más de esta época menciona a la banda marplatense Súper Ratones, que supo colar en algunos de festivales K. “Cuando más loco estoy, más compongo”, contó algunas semanas atrás Fernández, en pleno desarrollo del conflicto agropecuario, supuestamente enfrascado en un período de alta creatividad musical. Con más tiempo, ahora podrá darse el gusto de dedicarse más en profundidad a su veta artística.

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