CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Ni la hora

 Por Juan Sasturain

Algunos residuales participantes del Segundo Congreso Argentino de Cultura –quiero decir: algunos de los que quedábamos aún, el domingo a la tarde, en Tucumán– nos sumamos después del laburo al heterogéneo grupo que convirtió el lujoso lobby del constelado hotel que nos albergó por unos días en ruidosa tribuna distante del superclásico. Junto a jóvenes militantes sin tablón a mano y belicosas damas de la tercera edad, arrimamos nuestra mesa (permeable a las visitas e impávida ante las deserciones) frente al plasma multipulgadas que hacía más rápida la circulación de la pelota, más gordos y petisos a los jugadores. Fue –para mí y sin pudores– una de las mesas más interesantes del congreso.

Debo reconocer que, por primera vez en mucho tiempo, me tocó, como bostero, estar en minoría. Aunque no pude evitar la chicana populista de considerar que la compulsa hubiera dado un resultado diferente si hubiésemos visto el partido en la parrilla de la vuelta, lo cierto es que River era más en la platea. Y en mi mesa también. Porque si durante gran parte del trámite fuimos cuatro equilibradamente repartidos, pronto me abandonó el ladero y quedé sin interlocutor afín. Así, sólo el don de gentes de dos inteligentes gallinas futboleras, sobrias y consecuentes, como Ricardo Forster y el Coco Blaustein, me/nos hizo posible la convivencia sin fricciones durante los noventa y pico minutos: pude elogiar a Buonanotte sin hipocresías y asentir cuando mis rivales acotaban algún acierto de Román. No grité el gol e incluso nos dimos la mano al final mientras lo hacían (algunos de) los transpirados de la pantalla. Una mesa ejemplar.

Ejemplar porque sobró pasión –no nos levantamos ni para mear y puteamos antes que nada a nuestros propios y respectivos jugadores desacertados: la ligaron Augusto Fernández y Dátolo/Vargas, sobre todo– y porque no hubo demasías partidarias: zafó Baldassi, no pedimos penales, ni tarjetas de rivales odiables o alevosos. Mis compañeros sofrenaron la sonrisa ante la expulsión del impresentable Negro Ibarra y yo los acompañé con medido sentimiento cuando el Cholo sumaba, infructuosamente, delanteros al imperio del embudo y al azar del rebote. Todo muy civilizado.

Al final incluso contemporizamos cuando los tres minutos del alargue fueron (obviamente) muchos para mí y pocos para ellos. Es decir: ni la desesperación de la hora consiguió separarnos en el cuidado del fervor y el simultáneo respeto. Claro que después cada uno se fue por su lado, como debe ser. Yo, a animarme a escribir esta nota que (estoy seguro) no hubiera tenido ánimo de escribir si perdíamos; Ricardo y el Coco, a volver a hablar del congreso, a olvidarse lo antes posible de estas dos horas aciagas. Lo que yo hubiera hecho, claro.

Al final, camino del ascensor, me crucé con Pepe Nun, sereno en mesa distante, y al verlo sonreír le di la mano, lo felicité vagamente por todo, lo supe intuitivamente bostero, cerrando un fin de semana sin fisuras.

Y parece joda: en un país que es incapaz de consensuar una misma hora para todos, que bosteros y gallinas hayamos compartido una paqueta mesa tribunera sin romper nada (ni los vasos, ni el control, ni la amistad) no es poco.

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Imagen: Télam
 
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