EL PAíS › OPINIóN

Salvaciones

 Por Eduardo Aliverti

Por momentos, parecería ser más fácil ponerse de acuerdo sobre los alcances internacionales de la crisis que acerca de su repercusión en Argentina. Y quizás, se deba a que, por aquí, la opinión mediática dominante prosigue en manos de los mismos sectores liberales que propagandizaron lo bien que andaba el mundo.

Vuelto el rol del Estado como socializador de las pérdidas, con una urgencia e intensidad que casi nunca se vieron, las dudas en torno de lo que le espera al capitalismo ya pasan, centralmente, por si se está a la puerta de una “recesión” o una “gran depresión”. Y por cuánto durará. Tampoco hay mayores incertidumbres en cuanto a las chances de que, en lo inmediato, aparezca algo novedoso. Como bien señala el sociólogo brasileño Emir Sader (PáginaI12, miércoles pasado), la actual es una gran crisis capitalista “(...) que puede abrir camino para la construcción de un modelo alternativo. Sin embargo, por el momento no se vislumbra en el horizonte ningún modelo que pueda tener ese papel, ni siquiera de manera embrionaria. (...) La propia proliferación de gobiernos conservadores, nada innovadores en sus políticas, ubicados en el centro del capitalismo, señala que nada de nuevo puede provenir de ellos en sustitución del modelo agotado. Todo indica que entre la crisis del modelo precozmente envejecido y las dificultades para el surgimiento de uno nuevo, mediará un período más o menos prolongado de inestabilidades, de sucesivas crisis, de turbulencias. Porque lo que se agota no es únicamente un modelo hegemónico, sino también la hegemonía política de Estados Unidos. (...) Y tampoco en este terreno surge en el horizonte una potencia –o un conjunto de ellas– en condiciones de ejercer una nueva hegemonía”. Empero, el propio Sader agrega que el agotamiento del neoliberalismo (bien que no su terminación) da paso a un período de disputa por alternativas en las que, por el momento, sólo se ven aparecer propuestas superadoras en América latina. No más y nada menos que volver a Gramsci, en definitiva: lo viejo que se resiste a morir y lo nuevo que se resiste a nacer.

Por Argentina, este debate viene un tanto atrasado porque, a pesar del discurso oficial en el sentido de superar los códigos discursivos del neoliberalismo, el modelo que formateó la crisis de 2001-2002 se basó mucho más en la necesidad que en la convicción. El país que la rata remató se convirtió en acumulador de reservas, generadas con prioridad por las retenciones agrícolas; y eso le permite hoy un respaldo que, producido el tembladeral mundial, es un dato nada menor. Eso y, desde ya, una serie de medidas que le permitieron recuperarse, como el congelamiento tarifario y el mantenimiento de políticas asistenciales para los sectores más desprotegidos. El tema es que no se avanzó más de allí. Y en las circunstancias actuales resulta que la virtud corre el riesgo de transformarse en defecto. Porque, al quedar atados a ese esquema sostenido en la sojadependencia, comenzaron las tensiones que, justamente, estallaron en el conflicto con los gauchócratas. ¿Qué ocurre ahora, entonces? Que esas presiones aumentan porque, entre otras cosas, se derrumba el precio universal de los granos (entendiéndose por “derrumbe” la caída respecto de valores orgiásticos); y la devaluación brasileña, y de otras monedas, amenazan con la invasión de productos importados, junto con las dificultades exportadoras. Los suspiros de alivio del kirchnerismo se comprenden en lo político-social porque, atado con la inexpresividad opositora, se creó imaginario de que no es momento para joder ni con críticas furibundas ni con reclamos salariales. De modo que el sacudón o terremoto mundial le vino “bien”, justo cuando la presidencia de Cristina Fernández entraba en severos problemas de credibilidad. Pero podría ser un clima de patas muy cortas, según la estrategia que se adopte para enfrentar las amenazas externas. Y además, empiezan a acumularse los vencimientos de deuda cuando van a caer los ingresos por exportación y, con ello, la recaudación fiscal.

De esto se sale sacando de unos lados y poniendo en otro, so pena de quedar cocinados en la salsa de toda la vida. Se acaba el crédito y el mundo necesita lo que este país produce, pero lo paga menos. ¿Menos en relación con qué? A los intereses de las tribus de la clase dominante, con el agro a la cabeza pero, también, a los de grupos industriales que pretenden la protección del Estado bajo advertencia de congelar salarios y producir despidos. Todo eso se llama concentración oligopólica de la economía y la crisis les sirve de excelente excusa para cambiar u ocultar el eje de la discusión. En la medida en que no haya nuevos actores incorporados a los procesos de producción, esos núcleos seguirán teniendo la sartén por el mango. El mercado interno depende del lugar que ellos les dejen a sus apetencias exportadoras. Carecen de competencia. Si baja el precio de los granos (bueno, y si no también) quieren que el Estado les elimine las retenciones. Si los demás devalúan, exigen protección y se las dan. Pero el (mejor) reparto nunca llega. Es una cuestión de decisión política si, por ejemplo, se persiste en que no haya crédito para la generación de esos nuevos sujetos productivos. O si se mantiene que la inflación dependa de una cadena productiva y comercial remitida a un puñado de empresas.

La pregunta, imprescindiblemente obvia, vuelve a ser en dónde habrá de descargarse el esfuerzo (extra) que se requiere. Argentina cuenta con recursos suficientes –sin siquiera entrar en aspectos de justicia distributiva y reparaciones históricas a los más humildes– como para salir airosa de esta convulsión. Hasta le sirvió el llamado “aislamiento” del mercado crediticio internacional, porque frente a la coyuntura no sufrió como otros. Le sobran riqueza, alimentos, recursos humanos, potencialidades. Una historia, de manual de escuela primaria, que tanto fue y es usada por los liberales para asegurar que se trata de dejarlos producir y recaudar sin controles, como para recordar que la codicia del gran capitalista estará por encima de las necesidades sociales, en forma invariable: la copa derramada siempre será negociada.

Nada de esto significa dedicarse a descansar en una visión facilista y romántica del “vivir con lo nuestro”. Imaginarse un país aislado e invulnerable, ante estos niveles de globalización, sería pecar de enanismo ideológico. Pero sí se trata de poner el ojo en quiénes pagarán el costo de la fiesta que se acabó. En los países centrales acaban de salvar a los bancos pero no a los deudores, y es por eso que la desconfianza no cesa. ¿Quiénes se salvarán por estas pampas?

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