CONTRATAPA

Un chico en la tormenta

 Por Enrique Medina

A lo lejos se ven nubarrones, tal como anunció la radio pronosticando tormenta y recomendando paraguas. También grises, enormes redondeles de humo producidos por la quema de porquería confunden el horizonte con lo que debería ser cielo azul. Detrás de la barriada de tapias ladrillo vivo y latas sin color, allá en la autopista desbordan con estridencias y provocaciones las bocinas ciegas, rayos enrutados a la gran ciudad en busca del anhelo máximo y desconocido llamado ideal, matriz del deseo de los deseos. Insípidos y glaciales, tanto para conductores como para quienes duermen sobre diarios viejos, los ruidos de la hora acomodan el decorado de los días sin venir. Encaprichado con su misión, un chico ignora sus circunstancias. Sordo a reclamos, inmoviliza las neurasténicas patitas a una tabla. Arranca los bigotes. Uno a uno. Moquea, el chico. Deja sus mocos en la manga y prueba la resistencia de la patita. Se quiebra. Intenta con la otra, pero lo mismo. El moco se le alarga, cuelga molesto. Vuelve a limpiarse con la manga. En el agujerito entre las patitas empuja un palito hasta el fondo. Los sacudones del cuerpito aprisionado obligan al chico a sujetar el cogotito. En la boca chillona mete piedras, basura, plástico. Y se aquieta, con los brazos flojos, el chico. Espera algo que desconoce pero ansía. Más próximos, los densos nubarrones se ennegrecen a paso lento e irrefrenable. Sin explorar y oculto, el ardiente adoquín bailando dentro de la cabeza del chico pide y exige imaginación, agilidad, templanza. Entre los desperdicios como luz salvadora en el túnel, brilla una cucharita. El chico la usa para remover los ojitos. Los quita de las órbitas para ver qué hay detrás. Sólo más complicaciones. Apresurado y sin conciencia de los tempos ni las pausas, el chico, como hizo antes con el sapo, abre la pancita con la yilé. Salta la sangre. Percibe un llamado y observa que hay un sol queriendo vencer las nubes. No es fácil. Las nubes se adensan y se acodan impidiendo que el sol pueda ser. Apenas si unas líneas tenues y de poco brillo logran filtrarse sin consecuencias destacadas, salvo un relumbrón huidizo y flemático. El chico se da cuenta de que está jugando solo, que se ha quedado sin juguete. Corre hasta la madre llorando porque el gatito se ha muerto. La mujer, que estaba pensando en qué hacerle de cenar al hombre cuando regrese de buscar trabajo, le da un cachetazo por estar sucio de sangre, lleno de rasguñones y con los mocos colgando. El chico caído se incorpora de la tierra y sale corriendo. Se escuchan truenos impecables e intimidatorios. No lejos, vibran refucilos. El chico camina moqueando, palpitando fuerte y llorando, intuye que este nuevo día no le deparará ninguna novedad. Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. Impiadosos, mostrando sin disimulo los dientes filosos, los incontrolables elementos de la tormenta anunciada se hacen presentes. Levanta la cara, el chico. El agua lo peina, le limpia los mocos y le quita el llanto. Pero el chico no huele el cambio, tiene tanta rabia como los truenos y relámpagos que hacen temblar a la barriada, y tanta furia que ya se considera con fuerzas como para amarrar al perro y apuñalar el cielo.

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Imagen: Pablo Piovano
 

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