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Talking with Mr. Pedo

 Por Juan Sasturain

Se lo escuché decir bajito, cómplice, socarrón, filoso y amistoso, a Gelman –el Poeta siempre lo es, tiempo completo– meses atrás, en circunstancia extranjera, tras oír/escuchar demasiado y por obligación: “Quisiera conocer al señor Pedo, porque debe ser importante: todo el mundo le habla”. Qué grande.

No sé si la humorada es de Juan (acaso la recogió del saber popular, acaso citaba libremente a alguien, como suele) pero me encantó y lo acompaño en el sentimiento. Más aún, debo confesar que estas líneas –que no dejan de ser superfluas, una vez más– nacen de la sensación personal e intransferible, a esta altura del año y acaso de la vida, de que –al menos para mí y por un tiempo– ha llegado el momento de dejar de hablar al pedo.

Recuerdo al sabio Viejo Breccia, en los ochenta, cuando lo frecuenté tupido, cómo le fastidiaba el exceso de palabras (le pasaba sobre todo en España), casi siempre y en todo orden de cosas, pero incluso o sobre todo cuando provenían del comentario, siempre exaltatorio, de su trabajo: “Ese tipo habla demasiado...” decía con tono sombrío. Y no era por coquetería –que no le faltaba, claro–, sino por cierta tácita convicción de que, ante los hechos, las obras y los actos concretos, las palabras suelen resultar –sobre todo si se pretenden explicativas, proveedoras de un sentido revelador– meros gestos de impostura, “verdades” de otro orden y naturaleza –hecho de palabras– que quedan necesariamente fuera “de la cosa” a la que se refieren... “Words, words, words” dijo el príncipe patrono de la palabra estéril (pero) autoconsciente.

En esta desconfianza acerca del poder/valor de las palabras subyacen ciertos conceptos básicos que uno no puede sino compartir: hay un momento en la vida –la adolescencia, ese umbral de la vida social y el mundo de las relaciones adultas, el amor y el trabajo, entre otras cosas–; hay un momento, digo, en el que uno es o cree ser y se define por lo que dice, y lo que dice es resultado de lo que siente, imagina, espera de sí y del mundo. De muchachos somos lo que pensamos, lo que creemos, lo que leímos, lo que nos dijeron y repetimos; nos definimos por nuestras ideas/dichos sobre todo; no hemos vivido todavía pero (saludable y necesariamente) opinamos sobre el mundo y la realidad y esas opiniones son lo que somos: nuestro lugar personal está lleno, a falta (todavía) de hechos, de palabras...

Y siempre vamos a seguir siendo, definiéndonos por –parcialmente– lo que decimos, soñamos u opinamos. Pero en realidad –como adultos más o menos responsables– somos, sobre todo, lo que hacemos: cómo y de qué vivimos, cómo usamos nuestro tiempo, de qué y para quién trabajamos y quién nos paga, entre otras cosas. Quiero decir: de adultos, las palabras, lo que decimos, no nos define sino parcialmente, no tiene un valor absoluto sino relativo. Sólo tiene valor y sentido en tanto y en cuanto se empata o potencia con lo que hacemos y no entra en flagrante o relativa contradicción. Una verdad puede dejar de serlo en una boca y una vida que no está a su altura. Cuestión de coherencia, quiero decir. Que se supone que es síntoma de madurez y buena madera personal.

Sin ponernos solemnes, creo que deberíamos estar –con nuestra vida– a la altura o en sintonía con lo que decimos. Y viceversa. Y cuando, llevados por las circunstancias, hablamos (opinamos, definimos, juzgamos, etc.) mucho o demasiado, en términos cuantitativos, llegamos a subsumir los hechos a los dichos: confundimos (confunden) lo que somos –adolescentemente– con lo que decimos. Porque eso es lo que conseguimos que se espere de nosotros: el comentario de lo que hacemos/somos o –mejor, es decir: peor– el comentario del comentario del comentario. Y ahí es el momento de callarse, ya que el que habla –lógica, empíricamente– no lee ni escribe. Y si sólo habla termina hablando de lo que ya habló antes, repitiéndose, escuchándose, que es –lejana y peligrosamente– una forma módica de mentir. Para leer y escribir hay que callarse. De una vez y hasta nuevo aviso o necesidad.

Volviendo al chascarrillo del Poeta: cuando hablamos al pedo, ¿a quién le hablamos? El señor Pedo (supremo recurso contra el horror vacuo que suele provocar el silencio) es el receptor atento de lo innecesario, lo superfluo, lo excesivo, lo redundante, lo inútil en todos los sentidos: ineficaz, inocuo, banal... Es fácil detectarlo al encender la tele –seamos prejuiciosos– y no se necesita ser Heidegger para descubrir en la charla uno de los síntomas pavorosos de (nuestro/todo) tiempo.

Pero voy a hablar de mí: contra lo que quiero advertir(me) y ante lo que necesito ponerme en guardia es ante el complaciente señor Pedo que porta mis distraídos oídos: basta de hablarme, de escucharme, de oírme decir lo que ya sé que ya dije/escribí antes, cuando no sabía qué iba a decir/escribir porque me era necesario decirlo/escribirlo para saber. Los que solemos decir que escribimos ficción no porque tengamos “algo que decir” –y ya estoy hablando al pedo– sino porque creemos tener “algo que escribir”, y que en realidad si escribimos no es para explicar nada que pasó sino para enterarnos de lo que pasa, éstos que creemos ser –digo– en algún momento debemos callarnos.

Así que: un minuto (o un siglo) de silencio, para Pedo que está muerto.

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