CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Breccia de nuevo recuperado

 Por Juan Sasturain

Hace unos años –tres o cuatro–, en circunstancias de las que me gustaría acordarme puntualmente mejor, me cité a la vuelta de mi casa, en el café La Puerto Rico, con un español de paso por estas saqueadas costas, que –según dijo– tenía para vender originales de distintos dibujates argentinos de historietas y suponía que yo podía opinar algo (si no comprar: no colecciono) sobre posibles interesados. Era o se presentaba como un intermediario.

Me acuerdo muy poco de lo que charlamos ese mediodía y apenas de lo no mucho que me mostró en la pantalla de su pequeña y por entonces modernísima computadora. Es que de golpe, me quedé absolutamente sorprendido: me estaba mostrando, una a una, diez páginas que reconocí enseguida.

–¿Y esto?

–Es Alberto Breccia.

–Ya sé.

Y ahí, al verme interesado, me explicó que se trataba de una obra de Breccia de los años ochenta o antes; el comienzo de una serie sin título de la que –como yo podía observar– se conservaba solamente el lápiz, ya que el artista nunca la había pasado a tinta. Era un trabajo notable, empezó a explicar.

–La conozco –lo corté impaciente–. ¿Y quién vende esto?

–Un coleccionista inglés.

–Qué hijo de puta...

Se me escapó.

Es que lo que tenía ahí en pantalla o –mejor dicho– los originales que alguien había escaneado para ponerlos a la venta internacional se suponía (yo suponía) que estaban, junto a muchos, centenares de otros, en Buenos Aires, en el lugar en que estaba depositada “toda” la obra del Viejo desde hacía tantos años esperando quién sabe qué.

–¿Le interesa? –dijo el tipo.

–Claro: me interesa saber cómo esto llegó hasta ahí. Esa historieta tiene nombre, se llama El Dibujado y la escribí yo.

Y terminé con una larga serie de puteadas que el imperturbable intermediario –sin hacerse cargo de lo que le tocara– dijo estar dispuesto a intermediar cuando huyó sin dejar rastros.

Se sabe: el uruguayo Alberto Breccia, que vivió prácticamente toda su vida en la Argentina, fue (sigue siendo) uno de los dibujantes de historietas más importantes del mundo. Para los que necesitan avales y creen en el criterio de autoridad a la hora de opinar, Frank Miller dijo que “con Breccia empezó todo”. El autor de The Dark Knight y Sin City se refería simplemente a la modernidad.

Alberto Breccia nació en 1919 –como Héctor Oesterheld– y murió en Buenos Aires en 1993. Tras ganar popularidad en los cuarenta con el clásico Vito Nervio, escrito por Leonardo Wadel, fue con Oesterheld que realizó algunas de sus obras mayores: en los cincuenta Sherlock Time; Mort Cinder –obra maestra absoluta– a principios de los sesenta; y la Vida del Che y la segunda versión de El Eternauta (en colaboración con Enrique Breccia, su talentoso hijo) a fines de esa misma década. Trabajó luego largamente con Carlos Trillo sobre todo en los setenta (Un tal Daneri, El viajero de gris, Buscavidas) y realizó por entonces, solo o acompañado, insuperables adaptaciones de clásicos literarios de terror: Quiroga, Poe, Stoker, Lord Dunsany y –extensamente– H. P. Lovecraft. Ese famoso Breccia “negro” no opaca los otros registros, de la aventura clásica al humor y al dibujo infantil. Hizo todo, mucho y bien: artista y laburante.

Me tocó en suerte trabajar con él durante toda la década del ochenta. Hicimos casi diez años Perramus, además de algunas historias sueltas y adaptaciones de narradores latinoamericanos contemporáneos. Hacia 1986/87, tras las primeras tres historias de la saga ambientada en la metafórica dictadura, imaginé una nueva serie, más aventurera que sombría y con cierto tono retro, incluso en el dibujo clásico, a lo Sherlock Time: se llamaría El Dibujado y, en la ficción, el protagonista era un personaje originalmente creado por Oesterheld-Breccia, Juan Deveras, que ellos no habían llegado a desarrollar... La historia estaba contada por Diego Fierro, que trabajaba en una revista, y jugaba con el doble nivel de representación: los personajes clásicos creados por Oesterheld-Breccia décadas atrás –los Ojos de plomo, el Dr. Morgue, etc.– invadían la nueva historieta, interactuaban con El Dibujado Juan Deveras, lo acompañaban en las nuevas aventuras.

Escribí el primer guión de diez páginas, Alberto lo dibujó detalladamente a lápiz y allí quedó... Nunca lo pasó a tinta. Esperaba, “se” esperaba, no “sabía” cómo lo iba a resolver. No quería hacer lo mismo que en Perramus y tampoco volver a copiarse, retomar su estilo clásico. Y ahí quedó. Y pasó el tiempo, y nunca más.

Precisamente, la primera aventura –que aparece insinuada en la secuencia inicial– era el rescate de los dientes de Gardel diseminados tras su muerte. Y ése es el argumento que, apenas un par de años después, “canibalizamos” –como diría Chandler– para encarar la cuarta y última aventura de Perramus: Diente por diente. Yo me había ido un tiempo a vivir a España, trabajamos un poco más, a distancia, y fue nuestro último laburo juntos. Regresé en el verano del ’92 y al año siguiente el 10 de noviembre –el Día del Dibujante, para los que gustan de las coincidencias– el glorioso Viejo se murió. Tenía 73 años.

Bien: esas diez páginas de una historieta no nacida, El Dibujado, son las que –entre otras– un tránsfuga vendía en Buenos Aires, por cuenta de coleccionistas europeos, hace unos años atrás. ¿Cómo habían llegado allí? Es largo y penoso el trámite, y precisamente en estos días se ha echado algo de saludable luz sobre el asunto.

Todo empieza cuando, a la muerte de Breccia, el juez, a requerimiento de alguna de las partes en sucesión, decide, por cuestiones de seguridad y para evitar “filtraciones”, colocar el patrimonio artístico debidamente inventariado en depósito judicial hasta tanto se decida qué hacer con él. Y allá va toda la obra del maestro –centenares de páginas originales que estaban en la vieja casa de Haedo– a un depósito de la empresa Firme S.A. (oh paradojas nominales...) donde permanece –se supone– durante una docena de años, en segura custodia. Hasta que, al declararse en quiebra Firme S.A. en marzo del 2005, los acontecimientos se precipitan.

Avisos de venta de originales, y exhibiciones/exposiciones de algunas de esas obras inventariadas a ambos lados del Atlántico indican a las autoridades, previa denuncia, que no todo estaba o seguía estando donde debería: con la quiebra, o desde antes, algunos se habían literalmente afanado si no todo, gran parte.

Vía Internet y vía Interpol, ahora todo es más rápido –al menos en la detección– y así fue cómo, hace unas semanas, se acaba de anunciar que, tras meticulosas pesquisas –porque hubo voluntad y aptitud de la Justicia y de la policía para hacerlo– hay dos presos, se han recuperado casi 200 páginas en un domicilio de Glew, en el sur del Gran Buenos Aires, y hay localizadas –en España, Francia, Italia, Inglaterra, etc.– decenas y decenas de páginas vendidas en subastas públicas u operaciones privadas, por valor de varios centenares de miles de euros. El valor total de lo afanado (recuperado o en vías de) dicen que supera el millón de la moneda europea. Y ésa ha sido la buena noticia de estos días. Qué tal.

De todo esto, lo único que (nos) importa a muchos es que, después de tanto tiempo, se den las condiciones de volver a ver la extraordinaria obra de Alberto Breccia editada (algo se ha hecho) y –sobre todo– públicamente exhibida como se debe y merece, en la Argentina. Por múltiples razones, algunas obvias y otras menos, no ha habido una exposición integral en dos décadas. Acaso sea una inmejorable oportunidad de hacerlo, salvando todos los obstáculos, haciéndolo con cuidado y esmero, cuando en el 2013 se cumplan veinte años de la desaparición del Viejo. Será el modo de hacerle justicia a uno de los más grandes artistas que tuvimos la suerte y el privilegio de disfrutar durante décadas.

Y ahí no pierdo la esperanza de ver colgadas las páginas de El Dibujado que un pirata –como suelen hacerlo– se llevó, con el concurso necesario de ladrones nativos que nunca han faltado.

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