CONTRATAPA

El Pabellón de los Helechos Arborescentes

 Por Juan Forn

Cuando el neurólogo inglés Oliver Sacks tenía ocho años fue con su madre a los Jardines de Kew, el Botánico al sur de Londres. En el enorme pabellón de helechos arborescentes, que alcanzan los nueve metros de altura, el chico se perdió. Un guardia lo encontró antes de cerrar. La mujer desesperada corre a abrazarlo, el chico le pregunta al oído: “¿Podemos volver muchas veces?”. Cualquiera que haya tratado con fanáticos del jardín sabe que hay entre ellos una subespecie que está en cisma con el canon: las flores los abruman, pero no tienen límite con los verdes. Hacen los jardines más alucinantes, en mi opinión: todas las texturas, todas las formas, todos los tonos del verde, la luz enloquece de dicha en esos lugares. Pero las flores tienen mejor prensa. Oliver Sacks fue por la vida creyendo secretamente que tenía una tara de jardín hasta que, a los sesenta y cinco, caminando con un amigo por los pasillos del Botánico de Brooklyn, vio un cartel que anunciaba: “Reunión de la Sociedad de Helechos de América. Segundo subsuelo”. El amigo lo instó a bajar a curiosear. Eran doce personas, de las más variadas edades y colores y profesiones, ninguno era un profesional de la botánica, pero entre todos parecían saber cosas que ningún botánico del mundo conocía. Cuando tenían que referirse inevitablemente a una flor, decían antes: “Con perdón”. Sacks, que en su vida había participado con convencimiento en ningún grupo o sociedad incluyendo el matrimonio, encontró una fe. Sigue siendo neurólogo y escribiendo sus libros, pero cada tercer sábado del mes acude religiosamente a la reunión de la Sociedad de Helechos en el segundo subsuelo del Botánico de Brooklyn, y ha ido con ellos de viaje a Oaxaca y a Java.

Me hizo acordar a una pandilla de pessoanos de la que escribí una vez. Habían alquilado la casa de al lado, eran de una corrección asombrosa, se pasaban la tarde bebiendo botellas de “vinho verde” portugués que habían traído especialmente, todos los demás turistas de Gesell puteaban por la lluvia, pero ellos estaban felices en la galería, bebiendo de a sorbitos y conversando de Pessoa como si fuera un jardín de helechos arborescentes: todas las texturas, todas las formas, en un solo color, en una sola persona. Eran de diferentes nacionalidades y profesiones, eran todos “solos” y se veían poco, porque vivían lejos y no les sobraba la plata, pero cuando podían se juntaban a darse una panzada de Pessoa. El día que se iban, la lluvia amenazó por fin amainar y uno de ellos dijo cuando salí a despedirlos: “Qué pena, mañana va a salir el sol”. Lo que lamentaba, me pareció, no era perdérselo: era que parara de lloviznar. Me quedé mirando el taxi que se los llevaba como cuando ya terminó de atardecer pero no hay que moverse todavía: eso es Pessoa, el jardín verde que se ve cuando se bebe vinho verde.

El jardín verde es la curiosidad, y la curiosidad es la vida. Oliver Sacks dice que el peor síntoma que puede tener un paciente es la pérdida de la curiosidad. Ingmar Bergman habla de eso de una manera formidable (de la curiosidad como pulsión vital) en un video que está en YouTube: “La curiosidad me salvó. Me salvó del miedo, de la ignorancia. Fue lo único, en mi adolescencia, y es lo único, todavía hoy”. Bergman dice estas palabras en un reportaje que le hacen junto a Erland Josephson en la televisión sueca. Bergman tiene 82 años y Josephson 77 en el momento del reportaje. Bergman no da entrevistas hace décadas, pero acepta porque Josephson lo acompaña. Josephson es, además de su actor favorito, su amigo desde los veinte años (Josephson tenía quince cuando se conocieron). Cada vez que Bergman necesitó hablar en su vida, lo hizo con Josephson. Uno se imagina a Josephson a lo largo de los años levantándose de la cama calentita en Estocolmo, poniéndose el gabán y diciendo a la beldad de turno que dejaba entre las sábanas (Josephson se casó más veces aun que Bergman): “Me voy a Färo. Ingmar necesita hablar”. Josephson es un sabio, Bergman es un genio. Uno entiende cuando habla, el otro cuando escucha. En el duelo de achaques físicos, Josephson está peor, pero parece más entero, porque es el custodio de su hermano mayor. En un momento del reportaje, Bergman contempla extasiado a su amigo. Josephson acaba de decir, sorprendiéndose él mismo de lo dicho: “Me alegra bastante no tener corazón”, como si ése fuera el secreto de su bondad. Un rato antes había dicho: “A mis cincuenta y dos años, cuando estaba saliendo de la pubertad...”.

Bergman le regaló a su amigo, yo creo que en retribución por tal amistad, uno de los momentos más mágicos del cine. Está en Fanny y Alexander y se lo conoce como La Parábola del Tío Izak. Josephson es Izak, un tío postizo de Alexander y Fanny, una especie de ángel de la guarda que los rescata de su horrible padrastro. La escena ha sido relatada muchas veces: para calmar a los aterrados niños, Izak les dice que va a leerles un cuento, y abre el Talmud u otro libro sagrado que tiene en la mano. “Mi lectura no será muy fluida porque tengo que ir traduciendo sobre la marcha”, dice. Pero, a poco de empezar, alza la vista de las páginas del libro y ya no volverá a posarla allí hasta el fin del relato: el cuento habita en él. La historia es sobre un chico que va por un camino, con muchas otras personas, nada crece alrededor, hay viento, hay sol, no hay nada de sombra, a veces se pregunta adónde vamos, pero no lo sabe bien, o por qué partimos y de dónde, pero ya no lo recuerda. Un día se desvía de la manada y siente que está frente a algo diferente. Pero sus oídos están tan entumecidos por el sol, sus ojos tan cegados, su lengua y su piel tan agrietadas, que no puede sentir el agua que corre, el reflejo de la luz sobre las hojas, el color verde. El chico retrocede y encuentra a los demás, porque es fácil seguir a la manada. A la noche, oye a un viejo junto al fuego hablar del bosque y el manantial. De dónde viene esa agua, le preguntan. De una montaña cuya cumbre está siempre cubierta por una nube enorme, dice el viejo. Desde hace miles de años los hombres le hablan a su dios o le gritan al vacío sus temores y anhelos, todos esos clamores suben al cielo y se acumulan a lo largo de los años hasta hacer una nube enorme sobre la cumbre de una montaña que un día empieza a caer en forma de lluvia y corre por las laderas y crea el manantial y el verde. Todos han oído de eso, dice el viejo. ¿Y por qué no lo buscamos, entonces?, le preguntan. Porque nadie lo recuerda, dice el viejo: “Yo mismo creo haber estado una vez frente a él, hace muchos años. Pero no sabía aún que existía”.

Existe. Es el Pabellón de los Helechos Arborescentes. Es el jardín verde que se ve cuando se bebe vinho verde. Es lo que salvó a Ingmar Bergman y Erland Josephson en la adolescencia y los acompañó hasta ese estudio de la televisión sueca. Es la compañía que nos hace nuestra curiosidad.

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