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Que no haya un Mundial en Escocia

 Por Diego Fischerman

La vuvuzela es una trompeta de tubo cónico, con pabellón y boquilla incorporados. Es la adaptación de un antiguo instrumento zulú, la kuduzela. La palabra significa “cuerno kudú” y se refiere, en una clara muestra de sabiduría ancestral, al hecho de que el instrumento se construye con un cuerno de kudú, una especie local de antílope. Otra palabra, “vuvu”, significa ruido, y de allí la adaptación del nombre original cuando el instrumento comenzó a utilizarse masivamente en las canchas de fútbol su-dafricanas, al principio fabricado en estaño y, a partir de 2001, en plástico. Como bien lo saben los taxistas porteños, con sus dos radios encendidas al mango, y los marines estadounidenses, el sonido puede ser un eficaz método de tortura. Pero la historia de la intimidación y el terror sonoro no comienza ni en Guantánamo ni en estas simpáticas trompetas folk que, según afirmó Messi, no permitieron que Demichelis oyera las advertencias (o los insultos) de sus compañeros frente a lo que se convertiría en el sorprendente gol surcoreano.

Se sabe que, desde tiempos muy antiguos, los guerreros gritaban y golpeaban sus escudos para intimidar a sus adversarios –que, como también gritaban y golpeaban sus escudos, con frecuencia no los oían–. Los aguerridos bombos piqueteros son, en todo caso, justos herederos de aquellas lides. Pero el gran invento en la materia fueron las gaitas. Y peor aún si quienes las tocaban eran guerreros de escasa –o dudosa– vocación artística. Su sonido, literalmente, volvía locos a los pobres rebeldes de la India, que acabaron optando por la resistencia pasiva sólo para no tener que oírlas. Las vuvuzelas, con su discreto registro de una sola nota y su modesto rango dinámico (sus posibilidades: del fortissimo al forti-ssimo), a lo sumo logran un sonido parecido al zumbido de varios trenes eléctricos estacionados en Plaza Miserere a la espera de sus venturosas travesías por los confines de la civilización occidental (es decir por la línea del Oeste). O, tal vez, al de una aparatosa mosca gigante. No son nada al lado de lo que podría ser un grupo de, por ejemplo, 1500 gaiteros. Enemigos de las vuvuzelas, si creen en algún dios, nunca dejen de rezar. Ningún esfuerzo es poco para garantizar que jamás haya un Mundial en Escocia.

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