DEPORTES › OPINION

“Se gana cuando se juega en equipo”

 Por Luis Bruschtein

Fue un acto discreto, en el campo de la AFA en Ezeiza, sin balcón y sin gestos demagógicos. Podría haber sido distinto, aun a pesar de la gente que atestaba la autopista 25 de Mayo y hacía imposible el tránsito por ella. La discreción fue una decisión política. La Presidenta reconoció que no es futbolera, aunque –dijo– “siempre estuve rodeada por fanáticos futboleros, desde mi madre (como todo el mundo sabe es fanática de Gimnasia y Esgrima La Plata) hasta Néstor (reconocido hincha de Racing). La discreción en este caso no fue para restar importancia, sino para subrayar lo genuino, lo espontáneo. Hubo una decisión de no sobreactuar en escenario y grandilocuencias para que se resaltara el contacto directo, la verdad de lo que se dijo.

Cristina Kirchner estaba emocionada, habló poco y exhortó a los jugadores y al director técnico a que tomaran el micrófono. “Se gana cuando se juega en equipo –afirmó–, cuando se pierden las individualidades; han brindado un ejemplo, han vuelto a generar valores y sentimientos olvidados, lejos del exitismo.” La idea fue exponer esa sintonía entre lo que proyectó la actuación de la Selección Nacional con determinados valores que destaca el gobierno nacional. Esa confluencia quedó más expuesta en las palabras del técnico: “Estoy muy orgulloso porque dejaron la piel –dijo Alejandro Sabella–, eso es lo que hizo entusiasmar a la gente. Así como usted dice que la Patria es el otro, el equipo es el otro. Hablar del grupo, de construcciones colectivas, del aporte del individuo al grupo y pensar en dar, no en recibir, para crear un círculo virtuoso, en el que uno reciba también de los 22 restantes”.

Se dijo que la Presidenta había hecho un discurso político. Que había querido aprovechar la identificación con esta Selección para profundizar un sentimiento de unidad nacional que deberá pesar en la disputa con los fondos buitre. “Sentí un inmenso orgullo de cómo defendieron los colores de los argentinos.” Se eligió esta frase presidencial para hacer esta afirmación sobre las intenciones políticas de la mandataria. En realidad, fue más política la frase que eligió Sabella. Pero en todo caso no se ve la ofensa que pueda surgir de cualquier gesto del Gobierno que se encamine a fortalecer la posición argentina frente a los capitales especuladores.

Sin embargo, las combinaciones de fútbol con política no se dan de una forma tan sencilla. Los puntos de contacto son más complejos e impredecibles. Por supuesto que hay ligazones, pero tienen sus propias lógicas y a veces pueden funcionar al revés de lo que se espera. En este caso específico, no se trata de la proyección de un triunfo copero. Tampoco se festeja el subcampeonato. Hay algo más, algo que muchas veces no es tan usual en estas situaciones. Algo que está relacionado con el juego, con la entrega, con la solidaridad, con el esfuerzo, con la garra y la combatividad y, por supuesto, también con los resultados, que no son menores. Pero hay un paquete de méritos que trascienden los resultados. No se trata del brillo de un triunfo resonante como todos hubieran querido, sino de algo quizá menos brillante pero que lo trasciende. Hay un contenido. Esta vez el fútbol, que muchas veces ha sido caricaturizado como algo simplista o pasatista, da una señal. La política puede recibir o rechazar ese mensaje que viene del fútbol.

La decisión oficial fue realizar una recepción discreta, sin cadena de radio y televisión, pero con la suficiente cobertura. En ese marco más bien acotado del predio de la AFA, la Presidenta se despojó de formalidades y pudo actuar como lo hubiera hecho cualquiera de las simpatizantes que habían seguido al ómnibus de los jugadores desde el aeropuerto hasta el predio. Fue efusiva cuando abrazó a cada uno, pero especialmente a Mascherano, que simbolizó para la hinchada el espíritu de lucha del equipo. Fueron abrazos entre afectivos y al mismo tiempo de ánimo ante las caras serias y tristes que traslucían más pesar por haber perdido la Copa que la alegría de haber disputado una final.

“Muchachos, no se escapen”, les pidió a los jugadores que trataban de esquivar el micrófono. Entrenados en una disciplina ultracompetitiva, la mayoría habló para disculparse por no haber ganado el Mundial y para agradecer el cariño de la gente, sin tomar demasiada conciencia todavía del fenómeno de identificación que han generado como grupo.

Antes de esa culminación, el mes del Mundial había puesto en escena dos actores. Por un lado, los jugadores y por el otro el pueblo, la hinchada que los siguió con un nivel de identificación mayor aún que con otras selecciones. La televisión marcó records históricos de audiencia. Millones de argentinos de todas las clases sociales, de todas las edades y de todos los rincones del país siguieron cada uno de los partidos, muchos con sus cábalas y todos con sus ilusiones.

Han quedado anécdotas, historias, en estos días de reunirse con los amigos o con la familia para gritar goles o festejar jugadas. En las previas, en los intermedios y después de los partidos, la televisión pública mostraba la forma en que la gente se reunía en teatros o centros deportivos en pequeñas localidades que algunos ni sabían que existían en este país.

Sería demasiado amarrete adjudicarle ese fenómeno solamente al aspecto comercial, al espectacular negocio en que se ha convertido el fútbol y los millones de dólares que involucra. Hay una parte que tiene que ver con el negocio y otra parte mayor aún que tiene que ver con el espectáculo y el deporte. Todo eso es el fútbol, es negocio, es deporte, es espectáculo. Y hay más cosas que están insertas en la cultura popular, en las tradiciones de una sociedad, en su identidad, en sus cuentos y leyendas. Todo eso moviliza a un pueblo, lo reúne, lo transita como su savia, le pone condimento a sus vidas. Un pueblo de Chubut que disfruta los partidos en el teatro local, una familia que se sienta a ver los partidos después de la raviolada o los choripanes, los amigos que se juntan con sus cábalas. Todo eso es parte de negocio, de espectáculo y deporte, de cultura, identidad y a esta altura ya es esencialmente un derecho.

Y como derecho, los gobiernos tienen la tarea de impedir su compartimentación, tienen que facilitar el acceso para todos, democratizar su disfrute. No se lo puede alambrar como hacían los paquetes de cable que reducían esa posibilidad a quien pudiera pagarlo y dejaban afuera a la mayoría de la sociedad. Es otro derecho ciudadano que los gobiernos deberán preservar. Si ese debate estaba en la sociedad, el Mundial acaba de confirmarlo: todos los argentinos tenían que tener la posibilidad de disfrutar los partidos del Mundial. Y eso es un derecho.

Hubo desmanes que enturbiaron los festejos. En un contexto donde la Selección no transmitía frustración a pesar de haber perdido, y en cambio proyectaba un sentimiento muy fuerte de identificación, resulta difícil compaginar los desmanes que se produjeron la noche del domingo en donde iban a ser los festejos en el Obelisco, en La Plata y en Córdoba. Miles de personas que se volcaron a las calles para festejar algo más que un triunfo o una derrota, y un grupo pequeño que se dedicó a robar y vandalizar los comercios de la zona.

Miles de personas se habían reunido en cientos de lugares en todo el país después del partido contra Holanda y no se produjo ni un solo incidente. Miles de personas se reunieron ayer a la vera de la autopista 25 de Mayo por donde iban a pasar los jugadores. Miles y miles con banderas, vincha y bombo y no se produjo un solo hecho de violencia. Lo lógico sería que si existiera un contexto que las genera, estas situaciones tendrían que haberse producido en cada concentración, y no solamente el domingo, y tendrían que haberse extendido y no quedar reducidas a los grupos de 30 o 40 personas, la mayoría de ellas alcoholizadas, que los protagonizaron. Y por la forma en que actuaron en los saqueos daba la impresión de estar organizados y previamente planificados. Varios de los detenidos tienen antecedentes por vandalismo como integrantes de las barras brava de Independiente y Chacarita. En todo caso, esos desmanes no forman parte del fenómeno que motorizaron la Selección y el Mundial.

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