ECONOMIA › TEMAS DE DEBATE: LA INFLUENCIA DE DOS CLASICOS DEL PENSAMIENTO ECONOMICO NACIONAL

El legado de los referentes

Raúl Prebisch y Marcelo Diamand son dos economistas que en algún momento de su vida se atrevieron a nadar contra la corriente y ayudaron a plasmar modelos alternativos al mandato liberal. La vigencia de sus ideas.

Producción: Tomás Lukin
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Por Andrés Asiain *

El mejor Prebisch

Raúl Prebisch fue, sin duda, una figura muy contradictoria, pendular. Pese a su origen socialista, participará en dos hitos de la entrega del patrimonio nacional durante la Década Infame: el pacto Roca-Runciman y la creación del Banco Central, del que será su primer gerente general. Ya en la Comisión Económica para América Latina (Cepal) elogiará las políticas industrializadoras que llevaban adelante muchos gobiernos de Latinoamérica, entre ellos el de Juan Domingo Perón en Argentina. Sin embargo, tras el golpe de Pedro Eugenio Aramburu regresará al país para elaborar un plan liberal a la medida del nuevo régimen. Luego volverá a la Cepal, donde profundizará en un pensamiento económico latinoamericano, el estructuralismo, que dará respuestas originales a los problemas del desarrollo en la región. En los años de la última dictadura militar criticará el programa monetarista de José Alfredo Martínez de Hoz. Sin embargo, años después y poco antes de fallecer, se manifestará por el pago de la deuda externa. De tantos Prebisch, uno es el que ha perdurado y, por suerte, lo ha hecho el padre del estructuralismo, el hombre de la Cepal. Seguramente el mejor de ellos y, sin duda, el más necesario, hoy, para nuestro país y toda Latinoamérica.

Muchos han sido los aportes teóricos y prácticos de Prebisch desde la Cepal. Por ejemplo, el dar una justificación teórica firme a las políticas de industrialización por sustitución de importaciones llevadas adelante por muchos gobiernos de la región. Estas eran vistas por los economistas del centro y sus seguidores locales como aberraciones prácticas que violaban uno a uno los mandamientos de sus creencias económicas. Prebisch se encargará de desmentirlos. Mostrará que cuando el libre comercio impone el desempleo y el subempleo de los trabajadores y la mala explotación de los recursos naturales en un país; la utilización de aranceles para el desarrollo de industrias que no pueden competir sin ellos es eficiente en términos estrictamente económicos. Los aranceles al permitir el crecimiento industrial y el mejor empleo de los recursos humanos y naturales, fomentan un mayor incremento de la riqueza de la sociedad y no pueden ser tildados de ineficientes. Vale mencionar la vigencia del argumento frente a quienes reniegan del actual esquema cambiario-impositivo y sueñan con un ineficiente país de tan sólo soja y finanzas.

Otro de sus aportes es el de destacar la relevancia que tiene la disponibilidad de divisas para el desarrollo económico. Así, la caída de los términos de intercambio –esto es, la baja del precio de los productos que exportamos en relación con los que importamos– nos condenaba a un lento crecimiento con el consiguiente incremento del desempleo y la pobreza. La importancia práctica del asunto se ha hecho evidente en los últimos años. El alza del precio de los productos primarios aflojó la soga al cuello de la dependencia permitiendo al Africa subsahariana crecer al 5,6 por ciento y a América latina al 6 por ciento, promedio anual entre 2003 y 2007.

La desigual distribución internacional de los frutos del progreso técnico; la relación entre la estructura social latinoamericana y el subdesarrollo; la exportación de las crisis del centro hacia la periferia; las causas no monetarias de la inflación; la relevancia del mercado regional para el desarrollo de economías de escala industriales; son algunos de los aportes del economista de la Cepal que siguen apuntando al corazón de los problemas económicos de nuestro país y gran parte del tercer mundo.

Sin embargo, ninguno de ellos es su mayor aporte al pensamiento económico. La mayor contribución de Raúl Prebisch es haber señalado la necesidad de pensar sin las anteojeras teóricas del centro, los problemas de la periferia. Así señalaba como uno de los principales inconvenientes “el número exiguo de economistas capaces de penetrar con criterio original en los fenómenos económicos latinoamericanos”. Y eso no se solucionaba mandándolos a recibir una educación metódica en Europa o los Estados Unidos pues “una de las fallas más conspicuas de que adolece la teoría económica general contemplada desde la periferia es su falso sentido de universalidad”.

* Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche.

Por Demian Tupac Panigo *

Recordar a Diamand

A dos años y medio del fallecimiento de uno de los hombres más influyentes en materia de política económica en nuestro país, no es mi intención repetir aquí algún tipo de obituario que resalte vida y obra del ingeniero Marcelo Diamand. ¿Para qué resaltar su ausencia material, cuando resulta más importante explicar su vigencia absoluta tanto en la política económica, cuanto en la academia e, incluso, en la generación de nuevas instituciones? ¿Por qué repasar su vida con cierta nostalgia si sus recomendaciones constituyen el pilar central del proceso de crecimiento con inclusión social más exitoso de los últimos 50 años? ¿Por qué hablar en pasado de sus escritos cuando buena parte de ellos no solamente son de lectura obligatoria en algunas de la universidades más importantes del país, sino que también constituyen la piedra fundacional de nuevas y prestigiosas instituciones como AEDA? No necesitamos obituarios, sino recordar permanentemente en qué consiste su legado respecto del problema de la estructura productiva desequilibrada de nuestro país, y cuál es el camino hacia la solución.

Argentina tiene una bendición: sus tierras, las más productivas del mundo. Pero el hecho de que estén en unas pocas manos genera ciertos inconvenientes, especialmente cuando el país no cuenta con una industria igualmente competitiva (debido a que para este sector, los privilegios de la naturaleza no tienen efecto alguno sobre la productividad).

¿Cuál es el problema? Los productos agrícolas son los que tienen más peso en la canasta de consumo de los trabajadores (alimentos), pero generan muchos menos puestos de trabajo que las manufacturas no tradicionales.

Para llegar al pleno empleo, no hay otro camino que la industrialización. Para que la industria se desarrolle tiene que poder competir con los productos internacionales, lo que requiere (entre otras cosas, por supuesto) el sostenimiento de un dólar caro (tipo de cambio real competitivo). Si mantenemos un dólar barato (como en los ’90) la industria desaparece y la tasa de desempleo llega al 30 por ciento, porque en vez de producirse en el país, todos los productos industriales se terminarán importando.

Pero sin intervención adicional del sector público, un dólar caro es lo mismo que un salario barato. Al aumentar el precio del dólar aumenta el precio de los bienes transables, especialmente el de los alimentos, reduciendo así el poder adquisitivo de los trabajadores. Es por ello que desde 2003 en adelante el tipo de cambio real competitivo es complementado con un esquema de retenciones, compensaciones y acuerdos de precios que establece, de facto, un sistema de tipos de cambios múltiples que permite incrementar notablemente tanto el empleo como los salarios reales.

Este esquema de tipos de cambio múltiples establece un tipo de cambio efectivo más elevado para los sectores que generan más empleo y cuyos productos participan con menor intensidad en la canasta básica de consumo de los trabajadores (porque en estos casos el aumento de precios que se genera con el tipo de cambio más elevado contribuye a generar empleo en el sector sin que ello perjudique sensiblemente el poder adquisitivo de los trabajadores: por ejemplo autos, textiles, electrodomésticos, computadoras, aires acondicionados, etc.) y un tipo de cambio efectivo más bajo para sectores que generan pocos puestos de trabajo pero que producen bienes o servicios de elevada participación en la canasta básica de consumo de los trabajadores (alimentos, combustibles, energía, etc.).

De lo anterior se desprende una conclusión a recordar al momento de ejercer nuestros derechos cívicos: si usted es dueño o empleado de un banco o tiene acciones de las empresas de servicios públicos privatizados, quizá le convenga un dólar barato como en los ’90; si tiene campos, inversiones en pools de soja, acciones en YPF o en empresas industriales que venden la mayor parte de su producción al exterior, es posible que le convenga un dólar caro, sin retenciones compensaciones ni acuerdos de precios (al menos hasta tanto el Gobierno pueda reprimir los reclamos salariales); pero si usted es un obrero, un empleado público, un comerciante, un empresario del sector servicios no financieros, el dueño de una empresa constructora o un pequeño empresario industrial, no se deje engañar, su bienestar depende de su defensa al dólar caro con retenciones, compensaciones y acuerdos de precios, porque con las otras alternativas, venderá poco, estará desocupado o tendrá salarios miserables.

* Doctor en Economía (Ehess), investigador del Conicet y del Cepremap (París), profesor de la UBA y UNLP. Miembro del Profope.

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