ECONOMíA › OPINION

En tensión

 Por Alfredo Zaiat

El año de mayor alza en los precios de la administración kirchnerista acaba de terminar e inició el siguiente con esa misma tensión que se intensificará por el año electoral. La discusión sobre el porcentaje de las subas a partir de la crisis de legitimidad del Indec está dominada por la puja político-gremial. En cuestión de números, en el principal rubro del IPC, Alimentos y Bebidas, el Indec relevó un ajuste promedio de casi el 25 por ciento, mientras que consultoras privadas informaron un aumento un poco por encima del 30 por ciento, y por ejemplo la de Miguel Bein marcó 31. Es una brecha poco relevante que se explica por diferencias en la muestra, que por aspectos técnicos, de cantidad de personal y presupuesto involucrado se deduce que la del Indec es bastante más amplia y, por ese motivo, más representativa. De todos modos, ambas encuestas, como otros relevamientos privados de menor calidad, revelan que, más allá de los desacuerdos en las cifras, el principal problema con los precios se encuentra en la canasta de alimentos y bebidas.

La discrepancia notable mes a mes se expresa en el índice general de precios (IPC), que para el Indec se acercó al 11 por ciento anual, mientras que las agencias privadas lo ubican desde 22,9 por ciento (Bein) para arriba. Con poca distancia en Alimentos y Bebidas, esa divergencia es claramente una cuestión de metodología en la ponderación del resto de los rubros en el gasto de los hogares. Por caso, en el capítulo Educación, el Indec mostró un incremento de cerca del 12 por ciento, mientras que Bein imputó casi 24 por ciento. Esa marcada diferencia (el doble) se origina en criterios socioeconómicos y en el peso del gasto principal de ese rubro sobre el total del presupuesto del hogar: la cuota del colegio privado. Esta tiene una incidencia mucho más significativa en las cuentas de familias de clase media y alta, aunque también, en mucha menos proporción, en media-baja y baja.

La magnitud de ese rubro en la estructura de gastos de la familia determina su ponderación en un índice de precios. Para el Indec, a partir de los cambios efectuados en el IPC en 2008, Educación tiene una carga más baja que la encuesta anterior, que es la base para la elaboración de los índices privados y de direcciones provinciales. Es evidente que se trata de una discusión técnico-estadística, con un marcado componente socioeconómico sobre qué sector social privilegiar para reflejar el promedio de la sociedad. Eso mismo sucede con los precios imputados en los capítulos Esparcimiento, Indumentaria, Salud, Vivienda, Transporte, Equipamiento del Hogar.

En un debate sobre índices que ha despertado pasiones inusitadas por el deterioro de la credibilidad del Indec, esos aspectos técnico-estadísticos quedaron desplazados del espacio público. Este quedó bajo dominio de representantes de la ortodoxia y del denominado centroizquierda, que en más de una ocasión argumentan como conservadores. Por ejemplo, una bochornosa imprevisión del Banco Central en el programa de emisión de billetes, que ha provocado una notoria escasez en los cajeros automáticos desde fin del año pasado, la atribuyen a la inflación. Montados en ese desvarío, la ortodoxia recomienda enfriar la demanda (bajar gasto público y moderar el alza salarial) para atender el problema de precios.

Si se analiza con detenimiento la composición de alza de precios en 2010, ya sea en el relevamiento del Indec como de consultoras privadas, y si se considera cómo se distribuye el gasto en las familias, la clave dominante se encuentra en Alimentos y Bebidas. La suba en otros rubros también es importante, pero impactan en forma diferente en cada uno de los sectores sociales. En cambio, la evolución creciente del valor de la cesta básica de alimentos impacta en forma general, con más fuerza en grupos de ingresos más vulnerables.

Resulta entonces sustancial detectar los motores de alza de los productos que explican la variación más fuerte del índice de precios al consumidor. Y esos bienes son los alimentos y bebidas. En el relevamiento de la consultora de Miguel Bein se revela que poco más de la mitad de los puntos de suba del índice general es responsabilidad del incremento de ese rubro, siendo la carne la estrella contribuyendo con 3,6 puntos porcentuales. Un tercio del alza de la inflación de alimentos se debe a la acelerada recomposición de la carne, precio que estuvo afectado en los cuatro años anteriores por el avance de la soja y luego por la sequía. La suba de la carne impactó en el gasto de los hogares al tiempo que resultó una buena noticia para los ganaderos, que con el incentivo de este nuevo umbral de valores retienen hacienda y hace prever una mayor producción a partir de los próximos dos años.

El aumento de la carne se registró en el primer trimestre de 2010 provocando una aceleración de las expectativas inflacionarias en el resto del rubro Alimentos y Bebidas. Para muchos es más cómodo insistir con la innegable crisis de credibilidad del Indec que observar la dinámica de ese sector, con empresas líderes de producción y también de comercialización de alimentos formadoras de precios, que a la vez son uno de los principales anunciantes del mercado. Se trata de un aspecto esencial definir un marco de referencia más preciso sobre el comportamiento de los precios para así poder realizar una intervención más efectiva. El enfoque ortodoxo evalúa que la tendencia inflacionaria es resultado de una excesiva presión de la demanda, sin detenerse a analizar el recorrido de la cesta de alimentos. Recomiendan entonces adoptar una política general de ajuste del gasto público y del salario que, como se sabe, deriva en menor crecimiento del Producto y del empleo. En tanto, el Gobierno instrumenta una estrategia flexible de administración de precios en ese sensible mercado que evita la espiralización pero se muestra insuficiente para domar su molesta suba. Esto refleja la debilidad de la política para contener la inflación derivada de la puja de salarios y ganancias en áreas de la economía con elevada concentración.

La suba de precios a partir de dos dígitos siempre es inquietante, más aún con la experiencia argentina de décadas de convivir con elevada inflación. En el blog comentarios económicos (bogieeconómico.blogspot.com) se recuerda que la Argentina ostenta el record mundial de años consecutivos con una inflación anual de más del 100 por ciento: fueron 18 años entre 1975 y 1991. Pero como se explica, “los períodos inflacionarios de las décadas del ’70, ’80 y principios de los ’90 pueden explicarse por la monetización del déficit fiscal. No obstante, esta interpretación no es aplicable a la Argentina de los últimos años”.

Una de las características novedosas del actual período de tensión de precios es que pese al deseo de ciertos grupos, no se ha alcanzado esos dramáticos porcentajes, la economía crece a tasas chinas y no ha empeorado el poder adquisitivo debido a un proceso activo de negociaciones salariales. Esto se traduce en una mayor conflictividad sindical, pero no en un retroceso en la distribución del ingreso. Esto no implica que no se requiera una coordinación más refinada de la política de ingreso, pero esa respuesta del poder adquisitivo descoloca argumentos tradicionales de ortodoxos y no pocos heterodoxos sobre el impacto de la inflación en la capacidad de compra de los trabajadores. En un mar de confusiones, equivocar el diagnóstico sobre la sustancia de los aumentos de precios puede derivar en políticas que terminan afectando ese poder adquisitivo.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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