ECONOMíA › EL DESAFíO DE LA DISPARADA DEL “DóLAR CUEVA”. LA INCERTIDUMBRE ABONADA. EL IMPACTO SOBRE LA ECONOMíA REAL

Quebrar las expectativas antes que la política

El Gobierno confía en la solidez de la economía real, pero no puede soslayar la incertidumbre que genera un mercado marginal desbocado. La batalla de la política cambiaria administrada contra las expectativas desfavorables.

 Por Raúl Dellatorre

Pese a que se trata de un mercado ilegal y muy reducido, la trepada del dólar marginal hasta casi diez pesos activó alarmas. Son días agitados para quienes se desempeñan en la economía real, y no lo son menos para quienes cumplen funciones de gobierno. La reacción de la economía real al estallido del marginal muestra signos contradictorios.

La convicción de los funcionarios es que no hay razones nacidas en la macroeconomía que den cuenta de un desequilibrio que reclame un violento correctivo cambiario. La incertidumbre de compradores, vendedores, productores o consumidores de bienes o servicios, en cambio, es si esta corrida contra el peso no le terminará quebrando el brazo al Gobierno y lo obligará a devaluar de todos modos. Mientras tanto, muy cerca del Gobierno, quienes sin tener responsabilidades ejecutivas directas pero sí compromiso con su política –palpando además la inquietud creciente en la calle a medida que el dólar marginal trepa– advierten: para que al Gobierno no le doblen el brazo, hay que quebrar las expectativas desfavorables. No será fácil, reconocen, en un ambiente donde un valor ficticio y manejado a su conveniencia por pocos logró imponerse como la variable económica más trascendente en los medios.

Las señales de la economía no van todas en el mismo sentido. Hay quien opina, en la calle o en círculos de alta política, que “si alguien paga en el mercado marginal 10 pesos por dólar, es que ya no cree en la moneda argentina”. Hay quien refuta recordando los datos de una recaudación tributaria record en abril, un mes atípico para esos lujos.

“Cuando hay sensación de descalabro, lo primero que se deja de pagar son los impuestos”. El termómetro para diagnosticar al paciente no es el mismo para todos.

Con más aplomo y rigor, el diputado nacional Carlos Heller repasó las condiciones macroeconómicas que envuelven la situación actual, resumiendo de algún modo la opinión de quienes buscan alejar fantasmas. “La economía argentina tiene todas las fortalezas necesarias para ser sustentable. Los dólares que el país necesita para el comercio exterior, el turismo, el pago de sus deudas, los consigue como resultado de sus cuentas externas o porque tiene las reservas para decidir previamente destinar parte de ellas a ese fin. Esto no se parece en nada a ninguna situación anterior en la que el país se vio frente a una crisis de balanza de pagos”, apuntó ayer a Página/12, aclarando que es lo mismo que viene sosteniendo en distintos foros, incluida la Cámara baja del Congreso nacional.

Y con respecto a quienes presentan un planteo diferente, Heller subraya que “los devaluacionistas mienten, dicen que están preocupados por la gente, que es necesario tener un dólar más competitivo. ¿Por qué no le explican cuáles serían las consecuencias de tener un dólar cuarenta por ciento más caro, como propuso el presidente del Banco Ciudad, Federico Sturzenegger? Los bienes importados subirían en esa proporción, los precios de los bienes exportables se valorizarían también en ese porcentaje, y el resto de los precios de los bienes y servicios se terminarían acomodando a esos aumentos. Los que pierden son los asalariados”, explicó. “No me sorprende, son los mismos sectores y dirigentes que proponían una década atrás privatizar el Banco Nación y el cobro de impuestos, u ofrecerle a los fondos buitres una oferta superadora de pago para satisfacer su demanda cuando embargaron la Fragata Libertad. La disputa actual tiene el mismo sentido, son los mismos intereses los que están en juego”, afirmó el diputado de Nuevo Encuentro, integrante del Frente para la Victoria.

Economistas como Díaz Alejandro han estudiado la relación inversa en la Argentina entre devaluaciones y salarios. Históricamente, una devaluación provoca un reacomodamiento de precios internos, no todos en la misma proporción –cambian los precios relativos–, pero que afectan sensiblemente la canasta de consumo de la población. Y los salarios suelen ajustarse con mucho retraso y en forma parcial al corrimiento de los precios. Además, como la devaluación suele desatar un proceso de ajustes sucesivos de precios, cuando se corrigen los salarios no sólo no compensan el primer salto, sino que, además, ya tienen la desventaja de los aumentos de precios posteriores.

Aproximadamente el 75 por ciento de la producción nacional de bienes está destinada al mercado interno. Pero toda esa producción, en distinto grado, depende de insumos y tecnología importada. Aunque sean bienes de producción nacional y se vendan localmente, la devaluación les impacta directa (por costos) e indirectamente (por acomodamiento de precios tras la devaluación). El otro elemento estructural insoslayable es que Argentina aún padece una fuerte concentración productiva, por lo cual en muchos sectores fundamentales prevalecen condiciones monopólicas de oferta y de fijación de precios.

Estas condiciones son las que explican el celo del Gobierno por proteger la política de administración oficial del mercado cambiario, y los riesgos de soltarle la mano al dólar y dejarlo al arbitrio de factores especulativos de la plaza financiera. Alejandro Vanoli, presidente de la Comisión Nacional de Valores, destaca que el mercado informal de divisas es “cuantitativamente muy poco significativo”. Apunta, además, que las operaciones de fuga a través del mercado de capitales, de compra local y venta en el exterior de activos financieros para fugar divisas (las llamadas “contado con liqui”), son iguales o incluso menores a las registradas a esta altura del año pasado. “No hay un drenaje de divisas ni compras masivas de dólares, son muy pocos los que están dispuestos a pagar cualquier cosa para tener dólares atesorados. Estamos frente a un movimiento de naturaleza especulativa sin ningún correlato en condiciones objetivas que hagan presumir ningún desorden”, opinó ante la consulta de este diario.

Ni las condiciones macroeconómicas ni el camino elegido en materia de modelo y política económica deberían llevar al Gobierno a considerar una brusca devaluación, más allá del manejo de la velocidad de las minicorrecciones que aplica sobre la paridad. Sin embargo, las expectativas desfavorables, manejadas por intereses políticos y económicos, y discrecionalmente amplificadas, pueden poner en riesgo aquellas decisiones. El desafío es, como sugería un allegado, quebrar esas expectativas negativas antes que éstas le quiebren el brazo a la política.

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