SOCIEDAD › ANTENOR SAJAMA, UN SOLDADO MUERTO EN EL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO

Tumba sin cuerpo

En Humahuaca hay una tumba sin cuerpo. Fue levantada para Antenor Sajama, un campesino kolla que murió hace 31 años en el General Belgrano luego de un breve adiestramiento para combatir en un ambiente que hasta unos días antes de zarpar sólo conocía por foto: el mar.

 Por Julián Varsavsky

“El hecho que refiero
pasó en un tiempo que no
podemos entender”
Jorge Luis Borges

Antenor Sajama no tenía vocación de mártir. Su vida había sido la normal de un niño de la Quebrada de Humahuaca, nacido en Huichaira, un caserío con veinte casas de adobe desperdigadas en la montaña. Era de Boca, tenía novia y a los 16 años ya trabajaba en negro con la caña de azúcar ayudando a sus padres, contratados por el Ingenio Ledesma. También tocaba el erke, el sikus y la caja, especialmente para carnaval. Era católico y le daba de comer a la Pachamama a través de un hoyo en la tierra.

Su destino no apuntaba para mártir hasta que se ensañó con él dando un giro cruento con resonancias planetarias. Un gobierno dictatorial que tomaba sus decisiones en Buenos Aires hacía agua por los cuatro costados. Con la industria nacional hecha añicos, una economía fuera de control y un genocidio recién ejecutado, la dictadura llegó a su consenso más bajo a nivel nacional e internacional. Escaparon, como todo el mundo sabe, hacia adelante apelando al nacionalismo. Desembarcaron en las islas Malvinas, intervino el Papa, una presidenta con pulso de acero firmó la orden de enviar una de las flotas armadas más poderosas de la Tierra hasta el fin del mundo, Estados Unidos y Pinochet dieron apoyo político y logístico al Reino Unido, y esa sucesión de carambolas de alto vuelo le costó la vida al joven Antenor, quien quizá nunca en su vida había oído hablar de las islas Malvinas, y de haberlo hecho probablemente ya lo habría olvidado inmerso en el que era su mundo ordenado alrededor del ciclo agrario, como desde hace milenios en la Quebrada. Había nacido el 13 de agosto de 1963 y pertenecía a una comunidad kolla argentina.

Resulta fácil llamarlo héroe –vaya si se ganó ese derecho–, pero él no deseaba ser un héroe.

–Antenor no quería ir a la guerra –dice Manuel, su primo, y agrega que el muchacho de 18 años ni siquiera sospechaba que ése era su destino cuando lo convocaron a Buenos Aires, una ciudad que nunca había pisado. Así lo manifestó en una carta con algo de despedida, en la que informaba a los padres y a sus once hermanos que zarpaba hacia a la guerra desde la Patagonia y no sabía sí regresaría. La charla de Página/12 con Manuel y otros miembros de la familia Sajama transcurre a 3480 metros de altura –en el Abra de Punta Corral–, con todos sentados en el suelo de tierra de un ranchito de adobe sobre mullidas pieles de oveja. Afuera suenan miles de sikus, bombos, redoblantes y platillos. Estamos en plena celebración de Semana Santa junto a la capilla de Punta Corral, hacia donde se sube desde Tilcara en un ritual acaso milenario, en el que dos mil músicos procesionan por 28 kilómetros, divididos en setenta bandas de sikuris a las que se suman miles de peregrinos. La procesión de los sikuris dura tres días y transcurre en lo alto de la montaña –entre las nubes–, marcada por el sincretismo religioso. Una de esas bandas se llama Antenor Sajama y la integran familiares del fallecido soldado, quienes visten de marinero y portan banderas argentinas. Uno de ellos es su hermano, quien desde hace 32 años trabaja de casero en la casa tilcareña de la familia Arédez, hoy en manos de los hijos del médico Luis Arédez, asesinado por militares en 1977 por haber sido el primer intendente en Libertador General San Martín que le cobró impuestos al Ingenio Ledesma, el mismo donde Antenor Sajama trabajó por primera vez. Y cuenta el hermano de Antenor que en aquellos tiempos tenía miedo de que, por su relación con la familia Arédez, lo fueran a buscar para convertirlo en el segundo de los Sajama muerto durante la dictadura militar.

En el cementerio

Al cementerio de Huichaira se llega a pie por un sendero de tierra en la montaña pelada que nace de la Ruta Nacional 9, en plena Quebrada de Humahuaca. Desde allí no se ve el pueblo, sino un valle de montañas y la imponencia del cerro Paleta del Pintor al fondo, con su pétreo arco iris de vetas en zigzag. La vastedad del paisaje, su bucólico colorido y la aridez de un ambiente desértico erizado de cardones le otorgan al pequeño camposanto un aura de desamparo absoluto, el mismo que habrá sentido Antenor el 2 de mayo de 1982, cuando dos torpedazos que disparó el submarino Conqueror impactaron en el crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión.

La dictadura dejó incontables tumbas sin nombre, otras pocas con nombre y desapareció miles de cuerpos que no tuvieron tumba. El caso de Antenor Sajama escapa a la norma porque su familia sí le preparó la tumba en el cementerio, por más que su cuerpo nunca llegó. El monumento es una base rectangular con un barquito de cemento encima pintado de blanco. En la proa se levanta una pequeña cruz de madera con dos pequeñas coronas de flores, como se acostumbra en la Quebrada.

También en el Cementerio de Darwin en las islas Malvinas –a 4300 kilómetros de Huichaira– hay una placa con el nombre de Antenor Sajama: la número XXI, línea 9 (fue ascendido posmortem al grado de cabo segundo). Y en el Monumento a los Caídos del porteño barrio de Retiro, Antenor tiene asignada otra placa: la Número XV, línea 6. Pero su cuerpo está en el fondo del mar.

Al preguntarles a los miembros de la Banda de Sikuris Antenor Sajama quiénes consideran ellos que son los responsables de la muerte de su familiar, responden sin dudar que fueron aquellos que lo mandaron a la guerra. Al preguntárseles por qué razón consideran que murió Antenor, afirman que fue para recuperar las islas Malvinas. Pero ellos también tienen ganas de indagar y devuelven la pregunta. La respuesta es la misma, con el agregado de que eso ocurrió en el trasfondo de una dictadura a la que se le hacía difícil sostenerse y encontró en las islas la excusa perfecta para lograr una frágil unidad, efectista y pasajera. Y el que cierra la charla es Manuel: “La verdad, yo creía que la única razón por la cual mi primo murió fue por recuperar las islas”.

Afuera del ranchito de adobe las bandas ya están eufóricas, no ven la hora de comenzar a marchar de regreso a Tilcara, mientras suena un trueno de tambores que debe retumbar hasta el cielo. La Virgen de Punta Corral –la Mamita del Cerro– ya se bambolea en andas de la multitud. Los músicos de la banda Antenor Sajama se ponen sus sombreros de marinero y agarran los instrumentos. Es hora de bajar.

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