EL MUNDO › SIGIFREDO LóPEZ REGRESó DE LA SELVA Y DIJO QUE LA GUERRILLA MATó A ONCE DIPUTADOS QUE MANTENíA CAUTIVOS

Las FARC liberaron al último político canjeable

El diputado liberal que estuvo secuestrado siete años dijo que su liberación es un “paso adelante” para buscar la salida negociada al conflicto. Agradeció a la senadora Piedad Córdoba y a Hugo Chávez por sus gestiones.

 Por Katalina Vásquez Guzmán

Desde Medellín

Las lágrimas, una vez más, se fundieron con los abrazos. El último político canjeable en poder de las FARC fue liberado ayer en las selvas colombianas. Sigifredo López llegó a la ciudad de Cali pasadas las tres de la tarde, en medio de gran expectativa por su testimonio sobre los confusos hechos en que fueron asesinados sus once compañeros diputados del departamento del Valle, secuestrados todos en 2002. Según contó, en un inesperado encuentro entre dos columnas de las FARC, los carceleros creyeron que se trataba de un rescate y acribillaron a los once hombres.

Con esta liberación concluyó la misión que sacó del cautiverio también a Alan Jara y a cuatro miembros de la Fuerza Pública en el operativo humanitario más largo y lleno de tensión desde que hace un año la guerrilla realiza liberaciones unilaterales de prisioneros. El escenario para la libertad fue, esta vez, el occidente del país. Los helicópteros brasileños, su tripulación, el Comité Internacional de la Cruz Roja y Piedad Córdoba partieron de las llanuras orientales hacia la ciudad de Cali, capital del departamento del Valle, donde eran diputados los doce políticos, cuyo único sobreviviente es López, político liberal de amplia trayectoria.

Al momento del secuestro, en el espectacular operativo rebelde que consiguió engañar a los rehenes con guerrilleros disfrazados de policías, el sobreviviente tenía 39 años. Era un reconocido político liberal, había ocupado cargos de concejal, alcalde y diputado y gozaba del aprecio de sus vecinos. Era el organizador oficial de asados y fiestas de su unidad residencial. En lo deportivo también era bastante conocido, pues fue campeón nacional de lanzamiento de bala y martillo. Por eso su recibimiento en el aeropuerto estuvo bien concurrido, así como el homenaje que lo esperó en una plaza en el centro de la ciudad de Cali. El recién liberado es, además, abogado y magister en criminología, pero su carrera se detuvo durante los casi siete años de cautiverio que terminaron ayer.

El equipo que lo devolvió a las calles de su ciudad despegó del aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón a las nueve de la mañana y poco después llegaron los funcionarios de palacio. El ministro del Interior y el comandante de la policía viajaron en reemplazo del comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, que renunció el martes pasado durante la segunda fase de la misión, por razones que aún no son motivo de especulación. Las pistas del aeropuerto eran ocupadas, asimismo, por Colombianos y Colombianas por la Paz, organización civil que sostuvo un “diálogo epistolar” con las FARC solicitando las recientes liberaciones.

La prensa y los amigos del diputado lo siguieron a su salida del aeropuerto hasta la plaza de San Francisco. Allí lo esperaban miles de ciudadanos para aplaudir su regreso. Piedad Córdoba, primero, tomó el micrófono para gritar junto al pueblo: ¡Viva la libertad! ¡Viva el acuerdo humanitario! Entusiasmado, el político la siguió en un discurso que, primero, llenó de elogios la tarea de la senadora opositora. A ella le pidió no desfallecer en sus gestiones por la libertad de los secuestrados, aun cuando se enfrenta a la incomprensión de la gente, dijo. Y le recordó que los guerrilleros tienen la orden de asesinar a los rehenes en caso de intento de rescate. Dejó claro que a su modo de ver el papel de Córdoba no obedece a un show mediático, como algunos señalan, sino al trabajo de una mujer que “se mete en la causa de los secuestrados”. Además, agradeció al presidente venezolano, Hugo Chávez, sus gestiones en pasadas liberaciones.

Con la voz en alto, López recordó cómo la violencia tiene una larga historia en el país. Mencionó que él mismo es un huérfano de la guerra, pues su padre fue asesinado cuando éste apenas tenía un año, y agregó que también su abuelo fue víctima de homicidio. Fue enfático al decir que no comparte las causas de la guerra como tampoco la lucha armada insurgente y opinó que su liberación y la de otros no es un acto humanitario de parte de las FARC, sino un acto político. Sin embargo, celebra eso, dice, pues es un paso adelante para buscar la salida negociada al conflicto. Pero lo más impactante, quizá, fue lo que narró en la rueda de prensa que siguió al acto público en la plaza. Se desplazó hasta la gobernación del Valle, donde periodistas y familiares de los diputados asesinados esperaban con ansias su versión de la masacre de secuestrados ocurrida en 2007, en uno de los episodios de la guerra más dolorosos, repudiados y menos claros en la historia del país.

Se sabía, según investigaciones de la Fiscalía y de la OEA, que los once hombres fueron asesinados por la espalda con tiros de fusil AK-47. No eran víctimas de fuego cruzado como, inicialmente, la guerrilla informó en un comunicado. Los señores se estaban bañando, dijeron los forenses, cuando fueron acribillados. López estaba separado del grupo y por eso sobrevivió. Al respecto, narró cómo la noche anterior al horror se presentó una discusión por un plástico en mal estado que le ofreció su carcelero para cubrirse de la lluvia. “Dejen la bulla”, les gritó el guerrillero, el mismo que al rato lo sacó del improvisado refugio que compartía con los otros secuestrados. “Gordo, camine”, le dijo, y lo apartó unos cincuenta metros a un “dormitorio” particular como castigo por su respuesta. Frente a la orden, el político había reclamado respeto al rebelde y eso, narró, le salvó la vida.

Al día siguiente, Sigifredo se enjuagaba los dientes cuando oyó dos disparos. Se tiró al piso. Imploró protección. Después de un corto silencio, a sus oídos llegaron, casi inaudibles, los últimos sonidos de sus compañeros. Eran gritos de dolor. “Empezaron unas ráfagas. Taque, taque, taque. Y en medio de eso yo solo escuchaba gritos (...) Escuché una voz de un oficial que dijo: ‘No los dejen ir’.” Al rato, salió de su resguardo guiado por un rebelde. “La verdad es que no vi cuerpos tendidos”, contó, pero preguntó por los demás: “¿Dónde están mis compañeros?”, “Ya los sacaron”, fue la respuesta. Ese día, Sigifredo fue sacado del campamento sin más explicación. Era 18 de junio.

Al amanecer, días después, el rehén escuchó por la radio a una de las esposas de sus compañeros. La mujer hablaba de que su marido y los demás diputados fueron asesinados y el único sobreviviente era Sigifredo López. “¿Qué, qué? ¿Cómo así?”, se decía Sigifredo. Ayer, en medio del relato extenso pero confuso de lo que vivió ese día y la depresión en que se sumó después de la noticia, el político enfatizó al decir: “Mi sufrimiento vale un carajo comparado con la masacre de los diputados”.

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Sigifredo López se reencuentra con uno de sus hijos; la senadora Piedad Córdoba será testigo del abrazo.
Imagen: AFP
 
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