EL MUNDO › OPINION

Números y mentiras

 Por Mariela Flores Torres *

Alcanzar el lugar de Estado número 194 en las Naciones Unidas significa reconocer a Palestina como Estado miembro “de plenos derechos”. Y 181 es la Resolución de la ONU que aprobó el injusto plan de partición de Palestina en 1947 que creó al Estado de Israel y condenó a los palestinos a no tener Estado. En 1974, la ONU reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como entidad representativa del pueblo palestino, pero no ha reconocido como Estado a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que es lo que está en discusión. El tema no es sólo acceder a la calidad de Estado –aunque es preciso celebrar la iniciativa–, dado que son muchos los asuntos pendientes. Lograr el reconocimiento del Estado palestino como organismo supranacional sentará un precedente internacional. Ahora bien: ¿cambia esto la condición de centenares de miles de palestinos? ¿Cuántos temas de peso político y humanitario se han tratado en organismos supranacionales sin que se produjeran cambios favorables para los palestinos? El muro de la infamia sigue avanzando con la complicidad de las potencias “democráticas” de Occidente, los ataques sobre los palestinos siguen su marcha y la crisis humanitaria es pavorosa.

El Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino designado por la ONU, ¿ha cambiado la condición de ese pueblo? Los informes solicitados por la ONU para establecer el número de víctimas y los responsables directos de los daños, como el Informe Goldstone (sobre la invasión de Israel a Gaza en 2009), arrojan resultados estremecedores. ¿Ha habido penalización sobre los agresores o un compromiso que trascienda el gesto ritual de calificar la situación de alarmante? No. Entristece reconocer que en las Naciones Unidas pocos han sido los Estados miembro que tomaron seriamente las demandas de Palestina. Por eso, la actual encrucijada es una oportunidad y son muchos los que ahora esperan un tratamiento efectivo de esta lacerante cuestión. Quizá gracias a que varios Estados latinoamericanos reconocieron a Palestina como Estado soberano, las cosas puedan cambiar. La expectativa es mucha; los antecedentes, desfavorables.

La pregunta de fondo, en la que resuenan el palestino Edward Said y el israelí Michel Warschawski, es si tantos acuerdos de paz y tantos tratamientos en entidades internacionales pueden cambiar la situación de los 9.395.000 palestinos del mundo, especialmente la de aquellos que sobreviven en los espacios “de concentración” de Gaza y Cisjordania; la situación de los que son considerados ciudadanos de cuarta categoría por habitar Israel bajo la identidad palestina y la de los 5.000.000 de refugiados que están dispersos por diferentes regiones. Como Said y Warschawski plantearan, sólo un Estado binacional puede ofrecer la solución. Pero antes de evaluar si un Estado Binacional o Dos Estados –como se intenta establecer ahora–, este proceso debe ir acompañado de una toma de conciencia sobre la “negación del otro” que impera a ambos lados. No puede haber reconciliación sin reconocimiento por parte de Israel de la injusticia cometida en su nombre en contra del pueblo palestino; y el mismo ejercicio de memoria le cabe a este último para pensar en cualquier reconocimiento estatal. Tanto Israel como Palestina deben reconocer sus historias, y no sirve de nada condenar sólo a Israel, porque no es el único responsable de la situación desoladora en Palestina –sin minimizar el colonialismo del sionismo judío y no judío–, también hay que denunciar la falta de democracia de la Autoridad Nacional Palestina.

La tesis de los Dos Estados separados no prosperó en Oslo (1993) ni tampoco en Camp David (2000). ¿Lo hará ahora? Ese es el reto ante el ya presentado tratamiento de este asunto en la ONU, donde hay dos escollos que sortear: primero, la Asamblea General, donde se necesitan dos tercios de los votos; segundo, el antidemocrático Consejo de Seguridad –EE.UU. anunció su veto, ratificado por el provocador discurso de Obama–. El panorama no parece alentador. Más allá del auspicio y la reivindicación de estos lugares como instancias políticas de coexistencia internacional –como debería ser la ONU–, este procedimiento en el que están embarcados los miembros de la Autoridad Nacional Palestina debe ir acompañado necesariamente de una política estratégica y efectiva para la región. Acabar con el problema de la ausencia de Estado, ampliar las fronteras territoriales a las fijadas en 1967, garantizar el derecho al retorno, liberar a los presos políticos, son sólo algunos de los asuntos centrales.

El reconocimiento de Palestina como Estado pleno de derechos sin una política internacional que sostenga el desarrollo real desembocará en dos Estados, pero en condiciones profundamente asimétricas. El reconocimiento sin la reconstrucción de ese pueblo puede, paradójicamente, jugar en contra de sus heroicos anhelos de libertad. Es preciso entonces no abandonar a Palestina más allá de esta instancia en el (des)concierto internacional.

* Becaria. Doctoral del Conicet, doctoranda en la Unqui, docente de la Unpsjb y colaboradora de la revista Acción.

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