EL MUNDO › ESCENARIO

Blanqueo

 Por Santiago O’Donnell

La reforma migratoria pinta bien, o al menos dentro de todo, lo mejor posible. ¿Qué significa “reforma migratoria” en Estados Unidos? Se trata de un eufemismo para referirse al blanqueo de inmigrantes ilegales. En la última reforma, en 1986, se blanquearon tres millones de ilegales. esta vez se habla de once millones. Lo que pasa es que muchos estadounidenses y sus representantes en el Capitolio no quieren blanquear inmigrantes. Temen que así alentarían nuevas olas de inmigrantes y, sobre todo en tiempos de crisis como ahora, cuando de indocumentados se trata, suelan dar rienda suelta a su bajos instintos xenófobos y chauvinistas.

Entonces, para que la idea pueda ser digerida por la opinión pública, cada “reforma” adosa al blanqueo de inmigrantes una serie de medidas represivas pensadas para compensar. Puede ser un mayor presupuesto para patrullar la frontera, o multas más onerosas para los empleadores de los indocumentados, o una luz verde para la erección de un muro. Entonces se arma todo un paquete y se vota. Así se normaliza de hecho la situación de millones de familias que viven y trabajan y pagan impuestos y tienen hijos y los mandan a la escuela en Estados Unidos, pero deben esconder su condición de ilegales, no pueden entrar a la economía formal y son vulnerables a la delación y la explotación. A esto se suma la estigmatización de los inmigrantes legales y ciudadanos estadounidenses que pertenecen al mismo grupo racial y cultural que los ilegales perseguidos por la ley. Con cada “reforma” se transparenta y normaliza el mercado laboral. Hoy, en California, la mitad de los levantadores de la cosecha de fruta son indocumentados. La industria de la construcción en las grandes ciudades, las procesadoras de carne en el medio oeste, y las huertas y jardines en varios estados dependen fuertemente de la oferta de trabajadores sin papeles. Si bien cada “reforma migratoria” trae consigo su cuota de medidas represivas, los votantes latinos siempre la consideran una prioridad por una cuestión básica de dignidad y sentido de pertenencia histórica a una cultura que excede los límites territoriales del país que habitan.

El presidente Obama había prometido una reforma migratoria, pero hasta ahora no había podido, o querido, hacer nada. Finalmente el martes, Obama presentó formalmente su propuesta en la escuela secundaria Del Sol de Las Vegas, Estado de Nevada, un Estado que solía ser conservador y contrario al partido de Obama, pero que en las dos últimas elecciones se dio vuelta. El vuelco se dio gracias al creciente voto de los inmigrantes latinos y su descendencia, que se multiplica a un ritmo muy superior a la media estadounidense. Antes California y Nuevo México, ahora Nevada, uno a uno los estados de la frontera se van pasando del partido conservador, el Republicano, al más liberal, el Demócrata, el que llevó a Obama a la presidencia, por la influencia del voto latino. Es que los latinos son la minoría que más rápido crece, y esa minoría creciente vota en proporción de tres o cuatro a uno a los candidatos demócratas por sobre los republicanos a la hora de elegir presidente. Si todo sigue igual, según algunos estudios, Arizona podría ser demócrata en la próxima elección y Texas en no más de quince años. En el sistema ganador-se-lleva-todo del colegio electoral estadounidense, si los republicanos no hacen algo para aumentar su porción del voto latino en esos estados, entonces los demócratas pasarán a ser imbatibles en elecciones presidenciales y se habrá acabado el bipartidismo. Para evitar semejante abismo, los republicanos necesitan recuperar al menos el piso del cuarenta por ciento del voto latino que alcanzaron durante la presidencia de Reagan en los años ochenta y que nunca más volvieron a tener. No es casualidad, y los republicanos lo recuerdan muy bien, que la última reforma migratoria ocurrió durante la presidencia de Reagan. Desde entonces varios intentos fracasaron. El último, en el 2007, se diluyó bajo el debilitado liderazgo del entonces presidente George W. Bush.

Por eso, tras ser castigados por el voto latino en varios estados clave en la reelección de Obama en noviembre pasado, los republicanos han dado señales de que estarían dispuestos a acordar una reforma migratoria. Hacerlo sería servirle a Obama un gran triunfo parlamentario, sin dudas el más importante de su segundo término, comparable en dimensión a la reforma sanitaria del primer mandato, pero ya sin mayoría propia, sino con apoyo bipartidista. Por razones de pura supervivencia política los republicanos estarían dispuestos, sí, pero siempre y cuando Obama sea lo suficientemente cuidadoso de no adjudicarse todo el mérito.

Por las dudas, para no cederle la iniciativa en este tema a Obama, el lunes pasado, un día antes del discurso del presidente en la escuela El Sol, cuatro senadores republicanos, encabezados por el cubano-estadounidense Marco Antonio Rubio, junto a cuatro colegas demócratas, anunciaron un plan bipartidista para la reforma migratoria.

El plan tiene algunas diferencias con el que anunciaría el presidente al día siguiente. En una palabra, el de los senadores es más duro. Dice que el blanqueo no podría empezar hasta que un panel de expertos certifique que la frontera está sellada, en una suerte de cláusula-gatillo. También propone un program de inmigrantes temporarios para que levanten la cosecha, algo que los gremios y el gobierno federal resisten porque tira para abajo los salarios del sector.

En Nevada, Obama prefirió no detenerse en esas diferencias. Al contrario, elogió la iniciativa de los ocho senadores y dijo que espera trabajar con ellos y otros parlamentarios para consensuar una buena ley. Sin embargo, aclaró que si el Congreso no se pone de acuerdo en un tiempo razonable, presentará su propuesta y pedirá un voto inmediato.

Es que, a diferencia de hace un par de años, ahora Obama está en condiciones hacer aprobar la reforma, y con un costo relativamente menor en medidas represivas. Esto se debe a un cúmulo de razones. Primero, la debilidad de los legisladores republicanos, que son los que suelen trabar estas reformas, aun durante presidencias republicanas. Tras la última elección, hasta los más reaccionarios entendieron que ya no pueden ignorar al votante latino. Segundo, la popularidad de Obama, que está en su mejor momento desde su asunción, con un índice de aprobación del 60 por ciento. Tercero, el número de inmigrantes ha declinado. Las detenciones en la frontera ha caído de un millón y medio hace cinco años a poco más de trescientos mil el año pasado. El total estimado de inmigrantes ilegales ha bajado de 12 a 11,1 millones durante el mismo período, según un estudio de la fundación Rand. Esto se debe en parte al parate de la economía estadounidense, en parte por el moderado repunte de la economía mexicana y en parte al éxito de la represión en la frontera. Lo cual no lleva a una cuarta razón, quizá la más poderosa: desde el atentado a las Torres Gemelas en el 2001, Estados Unidos ha hipermilitarizado la frontera con México, llegando a extremos inimaginables unos años atrás. Desde el Golfo de México hasta Baja California, la frontera es una sucesión de muros, drones, camionetas de la “migra”, patrullas vecinales, sensores, radares, perros adiestrados, y cámaras de video. Además, en los últimos años varios estados gobernados por republicanos han pasado leyes muy severas en contra de la inmigración ilegal, inclusive normas que permiten interrogar a una persona por el solo hecho de tener cara de inmigrante, o sea, por ser morocho. En materia represiva, en la frontera con México, para Estados Unidos, hay que decirlo, ya no queda mucho más por hacer.

En 1987 me tocó cubrir las consecuencias no deseadas de la reforma migratoria como novato cronista del Los Angeles Times. El gobierno federal acababa de reglamentar un artículo de la reforma que imponía fuertes multas para los contratistas de inmigrantes ilegales, y las razzias estaban a la hora del día. Una mañana partí bien temprano a una esquina de Glendale, suburbio de Los Angeles, donde docenas de indocumentados se juntaban cada mañana a partir de las cinco o seis para conseguir alguna changa. Esa mañana los trabajadores me contaron que normalmente los venían a buscar vecinos de la zona para hacer trabajos de jardinería o alguna mudanza, y que también se acercaban capataces de distintos campos y negocios cuando necesitaban reforzar su personal. El sitio era muy conocido. Los contratistas llegaban, generalmente en camionetas, hacían un gesto, señalaban a tres o cuatro, según el gusto y las necesidades, y esos tres o cuatro se subían a la camioneta y partían, contratados por el día, generalmente por el sueldo mínimo, que entonces rondaba los tres dólares y medio.

Pero esa mañana no venía nadie. Conté más de cien trabajadores de distinta edad y condición física, algunas mujeres también, todos esperando esa camioneta que no llegaba. En cinco horas apenas aparecieron una o dos camionetas. Cuando asomaron la esquina explotó. Desesperados, los trabajadores rodeaban a los patrones y se tiraban encima de sus vehículos, implorando a los gritos que los lleven a la changa. Cerca de las once de la mañana empezaron a despejar la esquina, terminado el horario habitual de las contrataciones, para ir a un comedor comunitario o salir a cartonear. Un joven se quedó sentado en el cordón. Sabía que ya no vendrían a buscarlo, pero no quería resignarse a otro día sin jornal. “Dígales que vengan, dígales que necesitamos trabajo”, recuerdo que me pidió, mirándome fijo a los ojos.

La reforma migratoria, como se les dice allá a los blanqueos de inmigrantes, son justos y necesarios, pero suelen traer consecuencias indeseadas. Mientras algunos alcanzan el sueño americano de la ciudadanía estadounidense tan deseada, otros deben pagar la cuenta. Esta vez pinta bien porque el blanqueo tiene muchas posibilidades de ser aprobado, son muchos millones los beneficiarios directos y las peores represalias se podrían evitar.

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Imagen: EFE
 

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