EL MUNDO › OPINION

Pánico en Palmira

 Por Robert Fisk *

Cuando los pistoleros encapuchados del Estado Islámico (EI) se infiltraron en los suburbios de Palmira el 20 de mayo, la mitad de los equipos de procesamiento de petróleo y gas de las plantas de Assad Sulieman –50 hombres en total– estaban cumpliendo su turno de 12 horas en el campo de petróleo Hayan a 28 kilómetros de allí. Fueron los afortunados. Sus 50 colegas que no estaban de servicio estaban durmiendo en sus casas junto a la antigua ciudad romana. Veinticinco de ellos pronto estarían muertos, entre unos 400 civiles –entre ellos mujeres y niños– que iban a morir en las próximas horas a manos de la milicia islamista que cada sirio llama ahora por su sigla, autodenominada Daesh.

Ahmed, ingeniero de Petróleo –que eligió este nombre para proteger a su familia en Palmira– estaba, por casualidad, completando un curso en la Universidad de Damasco en el día fatal cuando Palmira cayó. “Yo estaba horrorizado”, dijo. “Traté de llamar a mi familia. Todavía era posible llegar a través del teléfono. Dijeron Daesh (también conocido como EI) no dejaba que nadie dejara su hogar. Mi hermano más tarde salió a la calle. Tomó fotos de cuerpos. Habían sido decapitados, todos hombres.”

“Se las arregló para enviarme las fotografías desde Raqqa (la ciudad controlada por EI) por Internet, que es la única comunicación que funcionaba allí.”

Algunas de las fotografías son demasiado terribles para publicar. Muestran cabezas a varios metros de los cuerpos, sangre corriendo por los arroyos a través de una calle de la ciudad. En una, hay un cuerpo en una calle mientras dos hombres pasan en una bicicleta. Tan pronto después de la captura de Palmira los hombres fueron masacrados que las vidrieras todavía se pueden ver en las fotografías. Están pintadas con las dos estrellas y los colores de la bandera rojo-blanco-y-negro del gobierno sirio.

“El Daesh obligó a las personas a dejar los cuerpos en las calles durante tres días”, continuó Ahmed. “No se les permitió a recoger los cuerpos o enterrarlos sin permiso. Los cadáveres estaban por toda la ciudad. Mi familia dijo que el Daesh vino a nuestra casa, dos hombres extranjeros –uno que parecía ser un afgano, otro de Túnez o Marruecos porque tenía un acento muy pesado– y luego se fueron. Mataron a tres enfermeras. Una fue muerta en su casa, otro en casa de su tío, una tercera en la calle. Tal vez fue porque ayudaron al ejército como enfermeras. Algunos dijeron que fueron decapitadas, pero mi hermano dijo que fueron baleadas en la cabeza.”

En medio del pánico por huir de Palmira, otros perecieron cuando sus coches pasaron sobre explosivos colocados en las carreteras por los pistoleros islamistas. Uno era un general sirio retirado de la familia Al Daas, cuya esposa farmacéutica de 40 años y su hijo de 12 años murieron cuando las ruedas de su coche tocaron los explosivos. Informes posteriores hablaron de las ejecuciones en el antiguo teatro romano en medio de las ruinas de Palmira.

El director de la planta de procesamiento de gas y petróleo de Hayan, Assad Sulieman, sacudió la cabeza con incredulidad cuando escuchó el relató de la ejecución de su personal fuera de servicio. Algunos estaban, cree, presos en los campos de gas que habían caído en manos del Estado Islámico. Otros fueron simplemente sacados de sus casas y asesinados porque eran empleados del gobierno. Durante meses antes de la caída de Palmira, había recibido una serie de llamadas telefónicas terroríficas de los islamistas, una de ellos cuando hombres armados estaban sitiando una planta de gas vecina.

Dijo: “Llamaron a mi teléfono, aquí en mi oficina, y dijeron: ‘Vamos por usted’. Yo les dije: ‘Estaré esperando”. El ejército los alejó pero mi personal también recibió estas llamadas telefónicas aquí y estaba muy asustado. El ejército protegía tres de nuestros campos entonces y los echaron”. Desde la caída de Palmira, las amenazas telefónicas continuaron, a pesar de que Daesh cortó todos los teléfonos móviles y fijos en su ciudad recién ocupada.

Otro joven ingeniero en Hayan estaba en Palmira cuando el Estado Islámico llegó. Tanto miedo tenía cuando habló que incluso se negó a dar su propio nombre. “Yo había vuelto a Palmira dos días antes y todo parecía estar bien”, dijo. “Cuando mi familia me dijo que habían llegado, me quedé en casa y también lo hizo mi madre y mi hermano y hermanas y no salí. Todos sabían que cuando estos hombres llegan, las cosas no son buenas. La electricidad se cortó durante dos días y luego los hombres armados la restauraron. Teníamos bastante comida, éramos una familia acomodada. Nos alojamos allí una semana, tuvimos que arreglar nuestros asuntos y nunca realizaron búsquedas en nuestra casa.”

La evidencia del hombre demostró la naturaleza casi fortuita de la conducta de EI. Una semana después de la ocupación, la familia hizo su salida de la casa –las mujeres totalmente cubiertas– y tomó un autobús a la ciudad ocupada de Raqqa y de allí a Damasco. “Miraron mi ID, pero no me preguntaron por mi trabajo”, dijo el hombre. “El viaje en autobús fue normal. Nadie nos impidió irnos.” Al igual que Ahmed, el joven trabajador petrolero era un musulmán sunnita, la misma religión que la de los seguidores de la Daesh, pero no tenía dudas acerca de la naturaleza de los ocupantes de Palmira. “Cuando llegan a cualquier lugar –dijo– no hay más vida.” Llevó dos horas llegar a 30 kilómetros de Palmira; las últimas tropas sirias están estacionadas a diez kilómetros de la ciudad.

Al oeste se encuentra la gran base aérea siria de Tiyas –con nombre en código T-4 por la antigua cuarta estación del oleoducto iraquí-palestino– donde vi un cazabombarderos Mig despegando al atardecer y aterrizando nuevamente. Platos de radar y bunkers de concreto protegen la base y se puede ver a las tropas sirias en el interior de una serie de fortalezas de barro a cada lado de la carretera principal a Palmira, defendiendo sus reductos con ametralladoras pesadas, artillería de largo alcance y misiles.

Las tropas sirias patrullan la carretera cada pocos minutos en camionetas y no ocultan sus precauciones. Señalaron el lugar de un artefacto explosivo improvisado encontrado unas horas antes –más de 45 kilómetros al oeste de Palmira–. Más abajo en la carretera estaban los restos de camiones bomba que habían sido impactados por cohetes sirios. Assad Sulieman, el director de la planta de gas, declara que su padre lo nombró en honor del padre del presidente Bashar al Assad Hafez. Describió cómo los rebeldes islamistas habían destruido totalmente una planta de gas cerca Hayan el año pasado, y cómo sus trabajadores la habían restaurado totalmente para la producción en cuestión de meses utilizando equipos de otras instalaciones. La capacidad de producción de su planta ha sido restaurado a tres millones de metros cúbicos de gas por día para las centrales eléctricas del país y seis mil barriles de petróleo para la refinería de Homs.

Pero el hombre que entiende los riesgos militares es el general Fuad. Como todos los demás en la zona de Palmira, prefiere usar sólo su primer nombre. Un oficial profesional cuya mayor victoria sobre los rebeldes en una sierra cercana llegó en el momento en que su hijo que era soldado, fue asesinado en la batalla de Homs. El no oculta “el gran choque” que sintió cuando cayó Palmira. Cree que los soldados habían estado luchando durante mucho tiempo en defensa de la ciudad y no esperaban el ataque masivo. Otros militares –no generales– dicen que el Estado Islámico avanzó en un frente de 75 kilómetros, abrumando al ejército en el momento.

“Ellos no podrán llegar más lejos”, dijo el general Fuad. “Luchamos contra ellos cuando atacaron tres campos el año pasado. Nuestros soldados irrumpieron en algunas de sus sedes locales en la montaña Shaer. Encontramos documentos sobre nuestras instalaciones de producción, encontramos libros religiosos de las ideas Takfiris. Y encontramos ropa interior.”

¿Qué –le pregunté– estaría haciendo el Estado Islámico con la ropa interior? El general no sonreía. “Pensamos que tal vez ellos capturaron mujeres yazidi con ellos, las que fueron secuestradas en Irak. Cuando nuestros soldados llegaron a su sede, vimos algunos de sus oficiales huir con algunas mujeres.”

Pero el general, al igual que casi todos los demás oficiales sirios que conocí en esta visita al desierto –y todos los demás civiles– tenía un pensamiento en su mente. Si los americanos estaban tan dispuestos a destruir al EI, ¿no saben a través de los satélites que miles de hombres armados se estaban concentrando para atacar a Palmira? Por cierto no le dijeron a los sirios de esto. Y tampoco los bombardearon, aunque debe haber habido abundantes objetivos para la fuerza aérea de Estados Unidos en los días antes del ataque a Palmira, incluso si a Washington no le gusta el régimen de Assad. Una pregunta, entonces, que todavía no tiene respuesta.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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