EL MUNDO › OPINIóN

Hay señales de graves turbulencias

 Por Eric Nepomuceno

Desde Río de Janeiro

En Brasilia, la presidenta Dilma Rousseff convocó al “núcleo duro” de su gobierno para trazar estrategias políticas de emergencia. Fueron tres reuniones consecutivas: sábado, domingo y ayer, lunes, feriado nacional.

En Río de Janeiro, a poco más de 1200 kilómetros de distancia, hubo otra reunión el sábado: los diputados Carlos Sampaio, del PSDB del ex presidente Fernando Henrique Cardoso y del senador Aécio Neves, que no se resigna con su derrota en las elecciones presidenciales del pasado octubre; Rodrigo Maia, del derechista DEM; y, claro, Eduardo Cunha, del PMDB, el evangélico electrónico que preside la Cámara de Diputados mientras se niega de manera drástica a admitir que tiene cuentas secretas en Suiza.

Tanto en Brasilia como en Río, las reuniones trataron el mismo tema: qué pasará hoy en la Cámara de Diputados. Hay un fuerte olor a golpe en el aire, y la amenaza de turbulencias graves es concreta.

Sampaio, Maia y Cunha llegaron a un consenso. De los nueve pedidos de impeachment que reposan en la mesa del presidente de la Cámara, uno es considerado arma clave. Presentado por dos juristas respetados, Helio Bicudo (quien militó en el PT desde su fundación y que se retiró del partido cuando Lula da Silva asumió la presidencia en 2003 y no lo contempló con ningún ministerio, siquiera una embajada), y Miguel Reale Júnior, una de las estrellas más visibles de la derecha, empieza a ser analizado hoy por Cunha.

El trío golpista que almorzó el sábado en Río decidió que, si Cunha logra juntar al pedido de Bicudo y Reale Jr la afirmación de un funcionario del Ministerio Público en el Tribunal de Cuentas de la Unión, diciendo que hay indicios de que en 2015 el gobierno de Dilma sigue aplicando trucos contables irregulares, se abrirá de inmediato el debate, en el pleno de Diputados, sobre el pedido de impeachment. Nadie parece preocupado con un pequeño detalle: el año todavía no terminó, las cuentas no fueron enviadas para análisis.

Es decir: todo el poder está en manos de un diputado investigado por la Corte Suprema. Contra él sobran pruebas de que mantuvo cuatro (o quizá más: a cada día surgen nuevas revelaciones) cuentas secretas en Suiza. Según delaciones ofrecidas en juicio, al menos cinco millones de dólares, coima que Cunha cobró en casos de corrupción en la Petrobras, fueron depositados en esas cuentas. La mitad del dinero fue bloqueada por las autoridades suizas.

Cunha niega todo, claro. Niega inclusive que sean verdaderos los extractos de la tarjeta de crédito, indicando que su mujer, entre otros gastos exuberantes, destinó 60 mil dólares a una academia de tenis de Miami, para mejorar su desempeño en las canchas (a propósito: hasta ahora, nadie siquiera sabía que ella tuviese una raqueta).

Cunha está presionado por todos lados. Su presidencia de Diputados está desmoralizada. Pero él insiste: si cae, no caerá solo. Quien lo conoce dice que se puede esperar cualquier cosa, inclusive que no haga nada por ahora.

Pero si él acepta el pedido de impeachment, todos los focos de luz del país se concentrarán en Dilma, quitándolo de la línea de fuego.

Mientras se trata de descubrir qué podrá hacer el maquiavélico e imprevisible evangélico que se olvidó de las buenas enseñanzas de Dios y decidió mentir y mentir para ocultar su conducta nada cristiana a la hora de usar el dinero público, la presidenta y sus asesores de más confianza tratan de diseñar una estrategia de sobrevivencia.

En números, la situación del gobierno permanece inalterada: nada indica que se logren los votos necesarios para que Dilma sea destituida. Pero una cosa son los números y otra, muy distinta, la realidad.

La base parlamentaria del gobierno sigue frágil y no merece confianza alguna, pese a todas las concesiones que Dilma hizo a sus aliados. Aun así, se considera que hay suficiente margen de protección.

En todo caso, un pedido de impeachment tramitando en Diputados, por más que se sepa que muy difícilmente sería aprobado (el gobierno cuenta con margen de seguridad en la Cámara y con amplio respaldo en el Senado, donde se da la palabra final), tendrá como efecto inmediato la parálisis total del gobierno. Los mercados financieros perderán el norte, las agencias calificadoras de riesgo destrozarán la nota brasileña, y estaremos todos a las puertas del caos.

Nada de eso, sin embargo, parece preocupar a los golpistas. Ayer mismo, el líder del PSDB en el Senado, Cassio Cunha Lima, habló de sus preocupaciones: cómo será el gobierno que reemplace a Dilma cuando el impeachment sea consumado. Dijo que será necesario respetar la decisión del pueblo en elecciones generales “cuanto antes”.

Parece que el noble senador no se enteró de que hubo elecciones hace un año, y que las urnas derrotaron a su partido. ¿Por qué no respetar la decisión que el pueblo ya emitió?

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