EL MUNDO › OPINION

El temor de Temer

 Por Eric Nepomuceno

Desde Río de Janeiro

En los últimos días, Michel Temer padece un súbito e inesperado brote de apuro extremo. Porque quiere apresurar el trámite del juicio que corre en el Senado contra la presidenta Dilma Rousseff, apartada de su cargo mientras se decide si su alejamiento es temporario o definitivo.

Al interino presidente y a su interino gobierno les sobran razones para semejante urgencia. Su desgaste es evidente, y el grado de confianza depositado en sus andanzas se resume, hoy por hoy, a nichos tan específicos como poderosos: la banca, el empresariado, las multinacionales. En el resto de la sociedad lo que se ve es una gran nada, y lo que se oye es puro silencio.

Varios son los factores para la veloz corrosión que se derrumba sobre el gobierno interino del interino presidente, en sus cortas tres semanas de existencia. De ahí el temor de Temer y sus asociados, y la necesidad urgente de fulminar de una buena vez Dilma Rousseff, sus 54 millones 500 mil votos, llevando de paso a Lula y al PT.

Primero, hubo la formidable secuencia de torpezas olímpicas exhibidas por integrantes de su gabinete. Anuncios fueron desmentidos en cuestión de horas. Además, conviene mencionar también la palpable decepción cuando se conocieron los nombres de sus integrantes.

Si mientras conspiraba a todo vapor contra el gobierno del cuál era vicepresidente Michel Temer había insinuado con todas las letras que trataría de armar un gabinete de ‘notables’, lo que se vio, a la hora de la verdad, es gabinete no de ‘ciudadanos notables’, sino de notorios oportunistas.

El autoproclamado ‘gobierno de salvación nacional’ no hizo más que repetir la misma y desgastada receta de siempre: repartir ministerios a cambio de un dudoso respaldo en el Congreso.

Temer asumió el gobierno ofreciéndose para cumplir exactamente el rol que impidió gobernar a su antecesora, la ahora apartada presidenta Dilma Rousseff: se hizo rehén de un Congreso que abriga la peor, la menos calificada legislatura de los últimos 31 años, es decir, desde que había retornado la democracia.

Las contradicciones que en tres semanas saltaron a la luz son evidentes e innegables. Temer, que se propuso cumplir el ejemplo de austeridad, dio pleno respaldo para que la Cámara de Diputados aprobase un aumento sustancial a los sueldos de funcionarios de los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judiciario). La medida implicará gastos extras de por lo menos 58 mil millones de reales, unos 16 mil 500 millones de dólares, de aquí al 2019. En otras palabras: el gobierno que defiende la urgente necesidad de cortar gastos en educación, salud y programas sociales de toda gama, alegando falta de recursos, contempla, alegremente, las demandas del corporativismo del funcionalismo público.

Pero no solo de torpezas y contradicciones vive el desastroso gobierno interino del interino Michel Temer.

Sus intentos de legitimarse junto a la opinión pública y a la comunidad internacional tropiezan, de manera irremediable, con pruebas e indicios concretos de que las verdaderas razones que llevaron al alejamiento de Dilma Rousseff tienen mucho más a ver con el temor de ser atrapados por las investigaciones anticorrupción que por eventuales crímenes de responsabilidad cometidos por la mandataria. Crímenes que, a decir verdad, jamás fueron comprobados. Se confirma que lo que ocurrió y ocurre en el Congreso no es más que una farsa jurídica.

Grabaciones realizadas con autorización judicial entre febrero y marzo dejan claro de toda claridad de qué se trata. Romero Jucá, notorio bandolero, fue atrapado mientras explicaba que la salida de Dilma era condición esencial para que se estancaran las investigaciones de corrupción en el seno de la Petrobras. Menciona la complicidad del Supremo Tribunal Federal y de sectores de las Fuerzas Armadas. No se oyó ninguna voz desmintiendo sus declaraciones. Otra grabación muestra al ex presidente José Sarney instruyendo a un investigado sobre cómo eludir a los investigadores. Otra más tiene al hasta ahora oscuro ahora ex ministro Fabiano Almeida instruyendo al mismo investigado como librarse de la ley.

Jucá renunció al ministerio de Planificación menos de dos semanas después de asumir el puesto. Almeida renunció a la semana siguiente. No por ironía, ocupaba el ministerio de Transparencia y Fiscalización, quizá gracias a sus altos conocimientos sobre como nublar cualquier transparencia e impedir toda fiscalización.

Un dato esclarecedor sobre el carácter de Temer: él no cesanteó a sus ministros. Esperó a que renunciaran. En cambio, fulminó al camarero del despacho presidencial tan pronto se sentó en el sillón. Motivo: el camarero era muy amable con Lula da Silva y con Dilma Rousseff.

A Temer y asociados les urge que el juicio sea acortado lo máximo posible. Porque tal y como andan las cosas, se hace cada vez más probable que muchos de los senadores que creyeron –o quisieron creer –en la artimaña de los ‘crímenes de responsabilidad’ cambien su voto a la hora decisiva. Dilma necesita revertir solamente tres votos. Dos senadores ya insinuaron su disposición a rever su voto inicial.

Como cada día que pasa explota un nuevo escándalo involucrando a los notorios integrantes del gobierno de salvación personal, y como crecen y persisten las manifestaciones callejeras al grito de ‘¡fuera Temer’, ese riesgo aumenta. Y, con el riesgo, aumenta el temor de Temer.

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