EL MUNDO › OPINION

El té del harem de Arquímedes

Por Susana Viau

El profesor de geometría hace pasar al chico al pizarrón. Le dicta: “el teorema de Arquímedes” (le theorème d’Archimède); el chico escribe “Le thé au harem d’Archie Ahmed”. Las carcajadas de los compañeros rebotan contra las paredes de la clase. El film, producido por Costa-Gavras y dirigido por Mehdi Charef, se basó en la novela del propio Charef, editada por Gallimard y llamada así nomás, El té del harem de Arquímedes. El libro era de 1983, la película se estrenó en 1985 y Charef es un argelino criado en Francia, que trabajó durante diez años como obrero metalúrgico. “El té...” hablaba de los jóvenes desocupados, de la fascistización de la baja clase media francesa y sobre todo de los hijos de inmigrantes, un mix explosivo desarrollado en los suburbios, en las ciudades dormitorio, en las pajareras de cemento donde “los chicos crecen como parte del cemento. Crecen y toman las características del cemento, seco y frío. Ellos son secos y fríos también, duros, aparentemente indestructibles. Pero hay fisuras en el cemento”. La fisura es producto del forcejeo de “dos culturas, dos razas, dos lenguas”.
Fue en 1983, con la marcha de Marsella a París “por la igualdad y contra el racismo”, que, dicen, los franceses hijos de magrebíes (tunecinos, marroquíes, argelinos) se hicieron visibles; los llamaban “inmigrantes de segunda generación”, como si “inmigrante” fuera una nacionalidad, un mal irreversible y sin fin. Desafiantes, ellos se autodenominaron beur. Nadie escapará al beur, ni siquiera los que luchan por sacar la cabeza fuera de la realidad asfixiante porque ellos son la beurgeoisie; ni los aplicados, los meritorios, los sobreadaptados, los beur de service. Hay una cultura beur, un cine beur, novelas beur, música beur.
¿Y qué es beur? Simplemente “árabe” (arabeu). Es la palabra “árabe” manipulada, dada vuelta, contraída, estrujada, un producto del “verlan”, (l’envers, el revés, o sea el revés de “revés”), el “vesre”. Leila Sabbar muestra en una de sus novelas el desconcierto de la madre inmigrante que confunde beur con beurre (manteca) y pide explicaciones: “Yo no sé por qué dicen Radio Beur. ¿Por qué beur? ¿Es la manteca que los franceses comen con el pan? No entiendo. ¿Por el color? No son así, ése no es el color de los árabes. Los jóvenes saben, yo no sé. No me animo a preguntar. Tal vez significa ‘país’. El Ber, entre nosotros, los árabes, quiere decir país. Tú lo sabes, hijo. ¿Es eso o no? El hijo le enseña a la madre que beur es la palabra ‘árabe’, al revés. Le resulta difícil convencerla de que ‘árabe’ al revés, empezando por la última sílaba, da beur. ¿Dónde se fueron las “a”? No se las escucha más y había dos”.
Durante noches una mayoría de jóvenes beurs tuvo en vilo a Francia e hizo surgir el clasismo de Nicolás Sarkozy, el ministro con nombre de príncipe tolstoiano y lengua afilada que los ha calificado de chusma, escoria, racaille. Mientras tanto, el periodismo habla de “la Intifada europea”. Quizá los jóvenes de los suburbios, anónimos en sus buzos con capucha, fanáticos del rap, se hayan hartado de los rechazos en las puertas de las discotecas, de las detenciones “por la cara”, de que aun esa ínfima minoría que consigue obtener un título terciario esté condenada de antemano: las estadísticas cantaban hasta hace poco que “entre los beur profesionales la desocupación es cuatro veces más alta que la media de los franceses con diplomas equivalentes”. El lunes, una fatwa los convocó a la calma, legitimó las causas pero condenó la violencia. Quienes piden el fin de la agitación son los padres, los mayores, los resignados, los que llegaron para trabajar y callar; los que creyeron que la estadía sería breve e hicieron de su exilio “un tiempo que no cuenta, no productor de memoria, alimentado por el mito del retorno”. “Soy consciente de ser el hijo de un inmigrante argelino –planteaba a modo de declaración de principios el escritor Azouz Begag, el beur integrado que, según declara, empezó a escribir por haber leído El té...–, pero soy igualmente consciente de ser hijo de pobre, analfabeto, campesino; es el deslizamiento del origen étnico a la apertura social.” El deslizamiento que propone Bega quizá sea el tobogán que lo ha convertido en el actual ministro delegado para la Promoción de la Igualdad de Oportunidades del gobierno conservador francés. Y no son sólo las noches de fuego y sirenas las que le han dado con un canto en los dientes al ministro de lo que no existe, al delegado del fracaso. Un pequeño incidente vino a hacer su aporte para recordarle que no es sencillo escapar a la “portación de cara”. El 13 de octubre los funcionarios del aeropuerto de Atlanta separaron al caballero de la Orden del Mérito y de la Legión de Honor Azouz Begag del resto del pasaje. Dudaban de la autenticidad de su pasaporte diplomático A-1 y de la invitación de la universidad de Florida para disertar sobre “políticas contra el racismo”. Para los tipos que con insolencia lo interrogaron en dependencias de migraciones, Azouz Begag no era más que un árabe.

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