EL MUNDO › OPINIóN

El golpe de Estado de los militares democráticos

 Por Norberto R. Méndez *

El golpe militar de Egipto muestra que las fuerzas armadas siguen siendo el factor determinante en la política de ese país. Tumbaron al dictador Mubarak cuando ya no les servía, y ahora lo hacen contra un gobierno elegido democráticamente. Los que ahora aplauden a los militares son los mismos que los vieron como “protectores” del levantamiento de 2011.

Mohamed Mursi ganó las elecciones presidenciales de 2012 con el 51,7 por ciento de los votos, y los pequeños agrupamientos demo-liberales formados apresuradamente al calor de las movilizaciones callejeras cosecharon magros porcentajes. O sea, se dio la más pura lógica: los sectores populares que durante décadas se sentían contenidos por el trabajo social y político que desarrollaron clandestinamente los Hermanos Musulmanes, se volcaron masivamente a favor del candidato islamista. Los que encabezaron las protestas recibieron un baño de realidad: llenar la plaza no da poder por sí misma. Resultó que ganaron los “malos”, feos y sucios, los “atrasados” que se sumaron tardíamente a la muchedumbre protestante. No es que apoyaban a Mubarak sino que obraron con la natural desconfianza que tienen los de abajo hacia los que no sienten como ellos.

Los que habían perdido siguieron equivocándose: durante un año acosaron al nuevo gobierno por utilizar mecanismos republicanos para reformar la Constitución heredada del régimen derrotado, lo acusaron de querer convertir a Egipto en un Estado islámico, clamaron en contra de los intentos gubernamentales de otorgar poderes extraordinarios al presidente y lo culparon de la deteriorada situación económica. Dejaron de lado que, pese a sus errores, éste era el gobierno elegido libremente por la mayoría de sus ciudadanos, en elecciones monitoreadas por ONG extranjeras de probada capacidad y neutralidad. Los autodenominados rebeldes volvieron a la plaza Tahrir a exigir el fin de la nueva “dictadura”. Fue entonces que irrumpieron los militares y derrocaron al presidente constitucional, arrogándose ser la garantía de la democracia.

La inexperiencia e inocencia política de la multitud que hoy viva a los militares no les permite ver cuáles son las verdaderas intenciones de las fuerzas armadas: seguir manteniendo las riendas del poder y manipular la rebeldía cuando se pongan en práctica las medidas de ajuste que le exigiera el FMI a Mursi. Egipto es un país pobre de más de 80 millones de habitantes, al borde de la bancarrota, con alta inflación y creciente desempleo. Sus únicos ingresos provienen de la producción de establecimientos textiles en crisis y de los 1300 millones de dólares anuales que le aporta Estados Unidos a su mejor aliado en el Medio Oriente, detrás de Israel.

Ahora reaparecen las viejas caras de los políticos sin pueblo como El Baradei, Amr Moussa y otros representantes del establishment prooccidental. En tanto, los analistas internacionales pronostican un panorama más favorable para el país, ya que el futuro gobierno seguramente aplicará la receta de los organismos económicos internacionales. Lo de siempre. Entretanto, el país se ha dividido en dos bandos supuestamente irreconciliables que se matan entre sí en nombre de la democracia que ambos dicen defender.

* Analista internacional, profesor de la UBA.

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