EL MUNDO › OPINION

La integración desintegrada

 Por Eduardo Febbro

Con la violenta rebelión de los suburbios franceses murió una idea que Francia tenía de sí misma. Su modelo social ejemplar tenía en su seno una falla determinante: la integración. Ninguna de las opciones políticas llevadas a la práctica en los últimos 30 años desembocó en una integración horizontal, sea de los inmigrantes o de sus hijos nacidos en territorio francés. El tema del “otro” es objeto de un salvaje clientelismo electoral y existen temas que son como la bomba atómica. A pesar de ser un país de fuertes corrientes migratorias, en Francia los extranjeros ni siquiera tienen derecho a votar en las elecciones locales. El sociólogo francés Alain Touraine afirma que “Francia como sociedad puede convertirse en un peligro para sí misma si no logra combinar integración y diferencias”.
El primer elemento de la “integración a la francesa” de los extranjeros es la escuela laica. El segundo, que deriva del primero, es el idioma francés. Los norteamericanos integran con el dólar, Francia lo hace a través de sus instituciones educativas y el idioma. La falla central está al final de los distintos ciclos educativos. El desempleo masivo y la discriminación a la hora de buscar trabajo constituyen dos factores poderosos de desintegración. Como lo reconoció ayer el primer ministro francés, “el desempleo de los jóvenes alcanza en algunos barrios el 40 por ciento”. Las estadísticas oficiales son abrumadoras. Según el Observatorio Nacional de las zonas urbanas sensibles (ZUS), en el curso de 2004 la tasa promedio de desempleo llegó en los suburbios a 20,7 por ciento, lo que equivale al doble nacional. Los jóvenes de edades comprendidas entre los 15 y los 25 años son los que más sufren con un tasa de 36 por ciento entre los varones y 40 por ciento entre las mujeres.
Las razones de esa fractura integradora son diversas. En las ZUS, por ejemplo, las empresas instaladas brillan por su ausencia y la segregación racial de los candidatos hijos de inmigrados que buscan trabajo es un método constante. Hasta las personas con competencias de alto vuelo caen en el desempleo o trabajan en otros gremios que nada tienen que ver con su nivel universitario. Samuel Thomas, vicepresidente de la ONG SOS Racismo, dice que cuando “un contador termina trabajando como vendedor, eso no hace sino alimentar la desesperanza de la generación que viene detrás”. Ello no equivale a decir que el Estado se ha quedado de brazos cruzados. Los poderes públicos han elaborado una amplia gama de planes que llevan diferentes nombres y cuyo propósito final es ayudar a la integración de los jóvenes. Sin embargo, el sector empresarial se muestra reacio a aceptar a quienes, pese a su nacionalidad francesa, aún considera como extranjeros o, peor aún, como delincuentes.
La segregación laboral es tal que existe incluso una sigla que identifica a los “aptos” al empleo: se llaman las candidaturas “BBR”, en español ABR, “azul-blanco-rojo” con las que se identifica a los “franceses auténticos”. El fenómeno de la discriminación es tan fuerte que algunos sectores han propuesto la instauración de curriculum vitae anónimos a fin de que cada candidato pueda defenderse en igualdad de condiciones. Unas 200 empresas han firmado hasta ahora las llamadas “cartas de la diversidad” y la presidenta del patronato francés, Laurence Parisot, propuso a los sindicatos una negociación específica sobre la diversidad. La meta es “evitar la discriminación” en el momento de contratar al personal. Sin embargo, esa segregación es extensiva a muchos otros sectores. Ya para un francés blanco es difícil, pero, para un joven de los suburbios, alquilar un departamento es una utopía hiriente. El sociólogo Alain Touraine comenta al respecto que “desde hace unos diez años vivimos una fase de desintegración, marcada por el rechazo de los grupos minoritarios, por el encierro de éstos en la defensa del comunitarismo y el recurso creciente auna violencia que traduce la incapacidad de la sociedad francesa a cambiar de modelo cultural”. Touraine constata que existe una “notoria discriminación para con los jóvenes oriundos de la inmigración. La escuela no fue capaz de bajar los obstáculos a la integración porque su concepción de la enseñanza separada de la educación –es decir la inclusión de las características psicológicas, sociales y culturales de cada individuo– conduce a no ayudar a quienes más lo necesitan”. Touraine apunta hacia uno de los logros y a la vez de los defectos del modelo francés. Según argumenta, “el republicanismo francés se identifica con el universalismo, lo que acarrea el rechazo o la tentación de ver como inferiores a quienes son “diferentes”. No se puede aceptar que se piense y se actúe como si Francia fuera la depositaria de los valores universales y tuviera del derecho, en nombre de esa misión, de tratar como inferiores a quienes no corresponden con ese yo nacional ideal”.

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Los disturbios son protagonizados por jóvenes franceses, aunque hijos y nietos de inmigrantes.
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