EL MUNDO › OPINION

La guerra llegó al Líbano

 Por Robert Fisk *

Se trata de Siria. Ese fue el mensaje aterrador emitido ayer por Damasco cuando permitió que sus aliados de Hezbolá cruzaran la Línea Azul de la ONU en el sur del Líbano, matando a tres soldados israelíes, capturando a otros dos y exigiendo la liberación de los prisioneros libaneses en cárceles israelíes. A las pocas horas, un país que había comenzado a creer en la paz, sin que le quede un solo soldado sirio en su suelo, se encontró nuevamente inmerso en la guerra.

Israel responsabilizó al débil gobierno libanés –como si el gabinete sectario y dividido en Beirut pudiera controlar a Hezbolá–. Ese es el mensaje de Siria. Fouad Siniora, el amable primer ministro del Líbano, puede haber creído que estaba gobernando el país, pero es el presidente Bachar Assad en Damasco el que puede hacer vivir o morir a los habitantes de una tierra que perdió 150 mil vidas en 15 años de conflicto civil. Siria va a confiar en una cosa. Y es que a pesar de las amenazas de Israel de infligir “daño” al Líbano, esta guerra se saldrá de control hasta que –como ha sucedido tantas veces en el pasado– Israel mismo pida un cese de fuego y libere a los prisioneros. Entonces las grandes potencias internacionales llegarán y se abrirán camino a la verdadera capital del Líbano, Damasco, no Beirut, y pedirán ayuda.

Ese es el plan. Pero, ¿funcionará? Israel amenazó a la recientemente instalada infraestructura y Hezbolá amenazó a Israel con más ofensivas. Y ahí está el problema; para llegar a Hezbolá, Israel debe enviar sus soldados al Líbano y entonces perderá más soldados. Ayer, cuando un tanque Merkava cruzó la frontera del Líbano, tocó una mina de Hezbolá que mató a tres israelíes más.

Es verdad que el ataque de Hezbolá rompió las reglas de las Naciones Unidas en el sur del Líbano –una “brecha violenta” de la Línea Azul, llamada así por Geir Pedersen, un importante funcionario de la ONU en el país– y era obvio que la fuerza aérea, el ejército y la marina de Israel se lanzarían sobre este frágil y peligroso país. Muchos libaneses en Beirut estaban indignados cuando bandas de partidarios de Hezbolá pasearon por las calles de la capital con banderas partidarias para “celebrar” el ataque a la frontera.

Al anochecer, los ataques aéreos habían comenzado en todo el país. Los primeros civiles que murieron lo hicieron cuando un avión bombardeó un pequeño puente en Qasmiyeh, pero ¿irían aún más lejos y bombardearían Siria? Esto sería la escalada más grave hasta ahora y provocaría que los Estados Unidos y los diplomáticos de la ONU pidieran esa cualidad familiar y repetida llamada “mesura”.

Lo único que resultará de esto será el intercambio de prisioneros. En enero de 2004, por ejemplo, Israel liberó a 436 prisioneros árabes y entregó a 59 muertos libaneses para ser enterrados a cambio de un espía israelí y los cuerpos de tres soldados israelíes. En 1985, tres soldados capturados en 1982 fueron cambiados por 1150 prisioneros libaneses y palestinos. De manera que Hezbolá sabe y los israelíes saben qué cruel es este juego. ¿Cuántos más deben morir antes de que comiencen los intercambios? Lo que queda claro es que por primera vez Israel se ve enfrentado a dos enemigos islámicos, en el sur del Líbano y en Gaza, y no a guerrillas nacionalistas. El movimiento palestino Hamas negó ayer en el Líbano que hubiera alguna coordinación con Hezbolá. Esto puede ser literalmente cierto, pero Hezbolá planea sus ataques cuando los sentimientos árabes están amargados por las sanciones internacionales impuestas al gobierno de Hamas electo democráticamente y luego la guerra en Gaza. Hezbolá se montará sobre la furia de Gaza esperando evitar así la condena por la captura y muerte de los israelíes ayer.

En otros momentos de violencia, el poder de Siria estaba controlado por Hafez al Assad, uno de los árabes más astutos en la historia moderna de Medio Oriente. Pero muchos, incluyendo los políticos libaneses, creen que a Bashar, el hijo, le falta la sabiduría y la comprensión del poder de su padre. Este es un país, recuerden, cuyo ministro del Interior supuestamente se suicidó el año pasado y cuyos soldados tuvieron que abandonar el Líbano en medio de la sospecha de que Siria había planeado el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri el año pasado. Damasco sigue siendo, como siempre, la clave.

* Desde Beirut. De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Celita Doyhambéhère.

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