PSICOLOGíA › CRITICA AL DIAGNOSTICO DE “BORDERLINE”

Al borde de molestar

Al cuestionar la categoría clínica de “pacientes borderline”, el autor sostiene que “el uso rígido de la técnica llevó a que se inventara este tipo de patologías” para designar a los pacientes “que explícitamente se mostraban insumisos, agresivos, inadaptados”.

 Por Alejandro del Carril *

Hace algunos años ya comenzó a difundirse la existencia de los pacientes borderlines o limítrofes. Quien terminó de darle forma y fama fue el psicoanalista norteamericano Otto Kernberg, en su libro Desórdenes fronterizos y narcisismo patológico. De la lectura de éste y de otros trabajos se desprende como dificultad para el tratamiento de estos pacientes su incapacidad para adaptarse al dispositivo analítico, entendiéndose éste como la aplicación de cierto número de técnicas fijas establecidas: número de sesiones, duración, uso del diván y de la libre asociación, etcétera. El hecho de concebir el psicoanálisis como una técnica fija, a aplicarse sin tener en cuenta las condiciones subjetivas del paciente, llevó a abrir las puertas a las más variadas y brutales formas de psicoterapia. Lo que parece haber sucedido es que los analistas se vieron fuertemente cuestionados en su práctica por estos pacientes.

Tiendo a pensar que el uso rígido de la técnica llevó a que se inventara este tipo de patologías, a partir de aquellos pacientes que resistían ostensiblemente. Aquellos que explícitamente se mostraban insumisos, agresivos, inadaptados, forzaron y fuerzan a los analistas a inventar la técnica y la teoría.

Recuerdo a un paciente que estaba jubilado por invalidez desde hacía muchos años a partir de un diagnóstico erróneo de esquizofrenia; como tal había sido medicado. Era, sí, muy inestable emocionalmente, capaz de pasar al llanto y la tristeza en pocos minutos; muy sensible y agresivo, se enojaba mucho si uno le señalaba un fallido.

Un día me cuestionó fuertemente porque, en la sala de espera, yo lo había llamado por su apellido, cuando generalmente lo hacía por el nombre. El paciente, sumamente observador, tenía mucha facilidad para captar las fallas discursivas en los demás.

Resulta que nos acercábamos a la época de las vacaciones, lo cual despertaba la angustia de ambos. El paciente había tenido aparentes intentos de suicidio y amenazas al respecto. Ahora, mi equivocación introducía la posibilidad de trabajar la cuestión de ese alejamiento temporal que íbamos a tener: yo me alejaba de él al llamarlo por el apellido en vez de por el nombre.

La comprobación por parte del paciente de que yo me encontraba afectado por el tratamiento, de que no se trataba para mí de un trámite burocrático –como había sentido que se lo trataba generalmente, y esto le despertaba mucho odio– hizo que aflojara su tensión agresiva y pudimos trabajar la cuestión.

(Conceptualmente: las fallas discursivas que al paciente se le aparecían como demasiado reales y que, por lo tanto, rechazaba violentamente podían ser toleradas cuando aparecían del lado del analista. Como si la fragilidad fantasmática del paciente se sostuviera de alguna forma del fantasma del analista y ambos produjeran un atravesamiento de este fantasma y la subsiguiente caída del semblante. En ese punto el deseo del analista se afirma haciendo caer a su persona, su máscara, su semblante.)

Hoy en día, también parte del lacanismo ha caído seducido o arrasado por la lógica anteriormente descripta: se habla de “casos de borde” o “clínica del vacío”, en una forma que hace pensar en un intento de adaptarse a la demanda impulsada por la psiquiatría globalizada por el DSM IV (manual de diagnóstico de las enfermedades mentales de la American Psychiatric Association), que ha incorporado una cantidad interminable de patologías, borrando el concepto de neurosis deudor del malestar en la cultura. En ese manual, el ideal es el de un sujeto sin división, plenamente incorporado a una cultura, es decir, un in-dividuo que ha sacrificado su deseo para sostener la creencia de que la cultura en la que está inmerso no tiene falla. La lógica psicopatológica que se muestra en el DSM hace volar por los aires los determinantes estructurales, lo que produce como efecto una multiplicación de cuadros clínicos. Esto ha hecho que proliferen los “especialistas” que se ofertan para tratar cada cuadro, ofreciendo tratamientos “específicos”. Si hay tratamientos específicos por cuadros psicopatológicos, entonces la singularidad del sujeto es reemplazada por la del conjunto. El paciente podrá, como máximo, aspirar a formar parte de un nuevo conjunto, el de los ex enfermos (adictos, alcohólicos, etcétera); su deseo quedará en el lugar del desecho. De acuerdo con esto, en el discurso corriente circula el dicho de que el adicto o el alcohólico “nunca se cura”.

Está lógica explícita en el DSM se desliza en textos “lacanianos” bajo la creencia de que las supuestas patologías de la época, en la que se supone que el Otro no existe, serían causadas por el sistema político-económico denominado capitalista (al que se confunde con el discurso del mismo nombre formalizado por Lacan), o bajo la suposición de la existencia de una estructura de borde que se agregaría a la tripartición neurosis, perversión, psicosis.

De acuerdo en que las condiciones sociales influyen en la constitución de los síntomas y en que, según la época y el lugar, se pueden ver más acentuados algunos aspectos de la estructura en detrimento de otros; el mismo rasgo estructural se presenta con diferentes disfraces según los que la cultura le ofrezca. La capacidad mimética de la histeria es un ejemplo de cómo puede suceder esto: la que hace unos siglos era bruja, hoy sería anoréxica o algo por el estilo.

La tripartición estructural neurosis, perversión y psicosis puede ser puesta en duda, como han hecho algunos autores, pero esto es bien distinto a entender que las condiciones sociales hayan hecho variar las condiciones estructurales del ser hablante como para que se justifique la existencia de una nueva estructura clínica.

Pensar las patologías como un puro producto de la época, invita al sostén de la consistencia del Otro –el sistema capitalista–, por la vía el oposicionismo, idealizando épocas anteriores y haciendo una lectura lineal de la historia. No es de extrañar que algunos practiquen la estandarización de las “sesiones breves” en términos que revelan su adaptación al discurso capitalista: mayor ganancia al menor costo; así, bajo la oposición subyace una sumisión, que rechaza de plano al inconsciente. La estandarización de las sesiones breves es algo muy distinto al planteo de Lacan respecto del manejo de la lógica temporal, tal como lo desarrolló por ejemplo en “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”.

La producción masiva de gadgets –como llamaba Lacan a los objetos de consumo–, intrínseca al funcionamiento del discurso capitalista, puede hacernos creer en la aparición de algo nuevo donde no se trata de otra cosa que de reediciones maquilladas. Así planteada, la psicopatología no es más que un producto del mercado.

* Director del Area Psicoanálisis de la revista Psyché Navegante. Extractado del artículo “¿Borderlines?”.

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