EL MUNDO

Un Congreso marcado por la guerra y la corrupción

Soplan vientos de cambio porque la guerra de Irak es muy resistida, pero también porque el Congreso bate records de impopularidad por culpa de una serie de escándalos de corrupción.

 Por José Manuel Calvo *
Desde Washington

Irak fue el elemento central en las legislativas, que son un termómetro para tomar la temperatura al electorado entre una y otra elección presidencial. El rechazo o la desilusión con la guerra y la crítica dirigida contra George W. Bush han sido la razón principal del deterioro republicano. Pero no la única. La renuncia del Congreso a su papel de control del Ejecutivo, el despilfarro y la ineficacia y los escándalos económicos y personales han marcado el Capitolio. Si en las elecciones de ayer no hubo más cambios es porque el diseño de los distritos favorece la permanencia del congresista, sea republicano o demócrata. El 109 Congreso de EE.UU. ha batido records de impopularidad, y por primera vez desde 1994 –precisamente el año en el que se hundieron los demócratas– más de la mitad de los electores veía inadecuada la reelección de la mayoría de los congresistas, según un sondeo del Pew Center. Sólo tres de cada diez votantes aprueban la labor del Capitolio, dice una encuesta de Fox.

Casi siempre complacientes con la Casa Blanca, los congresistas se han rebelado en las peores ocasiones (para bloquear un acuerdo sobre la venta de las operaciones portuarias en EE.UU. a una empresa de Dubai o para torpedear el aceptable plan de reforma de la inmigración de Bush). “En los últimos seis años, el control sobre el Gobierno en una amplia gama de temas, pero especialmente en asuntos exteriores y seguridad nacional, prácticamente ha desaparecido”, escriben dos de los mejores conocedores del Congreso, Norman Ornstein, del American Enterprise Institute, y Thomas Mann, de la Broo-kings Institution, autores del libro. La rama rota. En los seis últimos años, los de la presidencia de Bush, el control parlamentario se ha debilitado, añaden: “Desde la seguridad nacional hasta la guerra de Irak, desde las acusaciones de tortura en Abu Ghraib hasta el control electrónico de las comunicaciones, el Congreso casi siempre ha ignorado sus responsabilidades”. Los dos expertos proponen una reforma a fondo, porque “si el Congreso sigue fallando, las posibilidades de que haya problemas nacidos de la arrogancia serán cada vez más elevadas”.

En la Cámara se han multiplicado los proyectos individuales de inversiones (earmarking), que son como la miel para las moscas de la corrupción: las contribuciones financieras a las campañas de los congresistas tienen una relación directa con los earmarkings. La corrupción, según un sondeo de la CNN, “afecta a la mayoría de los miembros del Congreso”, piensa el 50 por ciento del electorado. No es que los escándalos sean algo nuevo, y afectan a los dos partidos, pero en los últimos años han florecido los casos protagonizados por los republicanos. Al menos quince de los 231 que hay en la Cámara de Representantes han sido objeto de investigaciones o acusaciones por diversos problemas.

Tom DeLay, de Texas, fue acusado de corrupción por un Gran Jurado; Robert Ney, de Ohio, se confesó culpable hace un mes de acusaciones de corrupción; Curt Weldon, de Pennsylvania, está siendo investigado por canalizar contratos públicos hacia su hija. El escándalo personal también ha estado presente con el dimitido Mark Foley. En el lado demócrata, al menos tres congresistas –William Jefferson, Alan Mollohan y Jane Harman– están siendo investigados, pero sus casos no han sido muy aireados.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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