EL PAíS › EL REPRESOR ENTRó EN SILLA DE RUEDAS, LLORó A CADA RATO, ACUSó AL GOBIERNO Y REIVINDICó LA REPRESIóN

Bussi consumó su actuación ante el público tucumano

En el marco del juicio por la desaparición del senador Guillermo Vargas Aignasse, Bussi dijo que “hubo una guerra” y que “la figura del desaparecido es un arbitrio del accionar psicológico de la subversión para disimular sus bajas”.

 Por Laura Vales

Desde Tucumán

Entró a la sala de audiencias en silla de ruedas, otra vez con la mochila de oxígeno y el bastón en las rodillas, con el aire de fragilidad que tienen los viejos a los que se abandona en el geriátrico. Lloró en cuanto empezó a declarar. Moqueando, Antonio Domingo Bussi les reprochó a los jueces que lo hayan llevado al juicio estando tan enfermo. “Agradezco a los médicos tucumanos que permitieron mi sobrevivencia”, apuntó sobre la gravedad de su estado, y se sonó la nariz. Pidió al enfermero más oxígeno, por favor. Le llamaba la atención, continuó, que al acusarlo se estuviera omitiendo que en el país “hubo una guerra”. Que sus enemigos “no eran jóvenes idealistas, sino mercenarios y traidores a la patria”. Que “los ideólogos de la subversión hoy son gobierno”. Y que Guillermo Vargas Aignasse (su víctima) era “un buchón” y “un delator”. “Un perejil”, dijo, ya con un abierto tono de desprecio. Con la voz potente, la actitud de desafío, Bussi terminó su declaración transformado en otro muy distinto al que había entrado al tribunal: podríamos decir que un Bussi auténtico. Si de algo sirvió la audiencia de ayer, fue para constatar que el ex interventor militar de Tucumán está lejos de ser el anciano indefenso y martirizado por los jueces que pretendió encarnar hasta ayer mismo para evitar el juicio.

El día de juicio empezó con la lectura pendiente de la acusación, interrumpida el martes pasado cuando Bussi manifestó sentir un fuerte dolor en el pecho. Los familiares de las víctimas habían vuelto a llevar fotos de los desaparecidos. Para hacerles la contra, dos mujeres bussistas llevaron una bandera argentina. También Luciano Benjamín Menéndez, coacusado del secuestro y el asesinato del senador peronista Vargas Aignasse, llevó una escarapela en la solapa.

En la primera de las filas destinadas al público se sentaron los hijos de Vargas Aignasse, y los de Bussi, aunque en la otra punta. En la calle, grupos de manifestantes siguieron lo que sucedía por una pantalla gigante. Sus consignas se colaban de a ráfagas hasta dentro de la sala.

Terminada la lectura de la acusación, fue el turno de que los abogados plantearan cuestiones preliminares. La defensora oficial Amalina Silvia Assaf hizo un esfuerzo en la búsqueda de que Bussi sea considerado ininputable. Reclamó que fueran llevados a declarar los peritos del Cuerpo Médico Forense que lo diagnosticaron apto. “Las patologías coronarias y respiratorias que él tiene deben evaluarse en el momento del juicio, por el estrés que implica”, alegó. También habló de la supuesta incapacidad mental de su defendido, citando un informe de médicos tucumanos, que señaló “las debilidades que tiene en el plano mental y el daño neuronal que podría ser el comienzo de una demencia senil”. El tribunal rechazó sus planteos. Y pronto se vería que el acusado estaba lejos de la debilidad aducida.

Bussi, el siguiente en hablar, empezó por el llanto. Lloró cuando, al criticar a los peritos del Cuerpo Médico Forense enviados desde Buenos Aires, quiso hacer un reconocimiento a los profesionales tucumanos, que han respaldado la teoría de su malísima salud. Volvió a quebrarse al señalar que “el pueblo tucumano” lo había votado ocho veces, y que incluso durante la dictadura, al finalizar su intervención en la provincia, la gente había salido a la calle para pedirle que no se fuera.

Con un pañuelo en la mano, la nariz colorada por la congestión, lo de él no daba la impresión de ser teatro, sino una sorprendente autocompasión. Bussi tuvo que hacer dos cortes para reponerse de la evidente lástima que siente por sí mismo. No podía seguir hablando. Pero después, a medida que continuó leyendo el discurso que había preparado de antemano e impreso en tipografía grande, empezó a decir cosas como “agresión marxista leninista”, “hubo una guerra”, etcétera y a la vista de todos, dio el gran giro. Recuperó la voz de mando, el tono amenazante.

Algunos dichos del represor:

- “En Tucumán mantuve y respeté la vigencia de las instituciones jurídicas, llamadas a ser reemplazadas por asambleas populares según el ideario mercenario de la subversión”.

- “La figura del desaparecido es un arbitrio del accionar psicológico de la subversión para disimular sus bajas de combate y encubrir el reclutamiento voluntario o compulsivo de individuos comprometidos con la causa revolucionaria. A esto se le llamó pasaje a la clandestinidad”.

- “El propio Firmenich declaró que habría algún desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría eran militantes. No traigo aquí las declaraciones de Hebe de Bonafini porque me causan vergüenza (...) Eduardo Luis Duhalde (el secretario de Derechos Humanos) fundador del ERP, armó las causas”.

- “Me considero un perseguido político del Gobierno”.

- “Siento ser una víctima del rencor y la venganza”, frase con la que volvió a llorar.

El fiscal Alfredo Terraf condujo el tramo más tenso de la audiencia, cuando confrontó a Bussi con la de-saparición de Vargas Aignasse. Bu-ssi (y Menéndez) deben responder por el secuestro, torturas y asesinato del senador, detenido por una patota en la madrugada del 24 de marzo del ’76, cuando Bussi era interventor militar de la provincia y Menéndez, su superior como jefe del III Cuerpo de Ejército. Vargas Aigna-sse estuvo blanqueado como preso político en la cárcel de Villa Urquiza. Fue torturado allí y en la Brigada de Investigaciones de la policía tucumana y que para deshacerse de él los represores fingieron que lo ponían en libertad y en el camino lo entregaron a un grupo de tareas.

Ayer, Bussi reconoció que la detención de Vargas Aignasse estaba decidida desde un mes antes del golpe de Estado. Dijo que desde febrero ya había listas de “posibles opositores” que debían ser detenidos, “a las que sólo les faltaba poner día y hora”. Detalló que lo secuestraron a la madrugada, cuando tuvieron la confirmación del derrocamiento de Isabel Perón.

Detalló que los captores fueron policías “porque Vargas Aignasse era un funcionario de segundo nivel”.

El represor también buscó ensuciar la figura del senador desaparecido. Aseguró que Vargas Aignasse había “colaborado delatando” a sus compañeros, motivo por el cual él mismo recomendó que lo pusieran en libertad. Y que fue secuestrado por Montoneros, que castigaba “la delación con la pena de muerte”. Envalentonado, Bussi agregó que para los Montoneros Vargas Aignasse fue un “buchón”. “Lo liberaron porque yo informé que era un perejil, un buchón que había colaborado eficientemente”.

Gerónimo Vargas Aignasse, hijo del senador y actual diputado, no se pudo contener. “¡Asesino! ¡Cobarde!”, le gritó. Los partidarios de Bussi lo increparon. Uno de ellos debió ser sacado de la sala por la seguridad y Gerónimo, invitado a salir para calmarse.

Antes del cierre de la audiencia también habló Menéndez, que se negó a declarar y desconoció la competencia del tribunal para juzgarlo. Al igual que en Córdoba, donde fue recientemente juzgado por los crímenes de la dictadura, se dijo perseguido por “los terroristas de los ’60 y ’70” que “siguen teniendo el mismo propósito de usurpar el poder para cambiar nuestro estilo de vida”. Bussi, que fue su subordinado, no lo había involucrado en su declaración, pero lo ninguneó diciendo no recordar quién era el titular de III Cuerpo de Ejército. Los dos acusados no se pueden ni ver y aunque están sentados uno al lado del otro, se ignoran mutuamente.

En la próxima audiencia, que se realizará el martes a las 9.30, comenzarán a declarar los testigos. La primera será Marta Angélica Cárdenas, la viuda de Vargas Aignasse. Cárdenas logró ver a su marido mientras estaba en la cárcel por gestión del propio Bussi. Los represores no le permitieron hablar con él: la llevaron a una oficina del primer piso y le indicaron que mirara por la ventana. Abajo, en el patio, ella vio a Vargas Aignasse caminando en el patio, solo y con marcas en la cara y las muñecas. Ayer Bussi se refirió a la escena con un comentario increíblemente perverso: dijo que efectivamente ella lo había visto gracias a él. Y agregó: “Lo vio en plena libertad”.

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El represor Antonio Domingo Bussi dijo: “Me considero un perseguido político del Gobierno”.
Imagen: Leandro Teysseire
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