EL PAíS › OPINIóN

Una policía de cotillón

 Por Martín Hourest *

Nos propusimos debatir una ley marco de seguridad para la ciudad de Buenos Aires, porque esta preocupación entraña una cuestión importante de orden social que expresa procesos y conflictos permanentes y que requiere de una sociedad que debe entender que la política de seguridad hace a la gestión de esos conflictos.

Sin embargo, el jefe de Gobierno sigue festejando la creación de una policía de cotillón que, además, se alimentará de la importación de efectivos que traen consigo sus historias, vicios y negocios. No tendremos un gobierno ciudadano de la policía; aquí no habrá un gobierno civil de la policía. Tendremos un señor que va a ser designado ministro, que va a tomar la planificación estratégica que le den y las instrucciones que le pida una fuerza que no maneja, para decirle “hágalo” a alguien que ya sabe lo que tiene que hacer. Esto es lo que nos dicen que es nuestra flamante ley marco de seguridad.

Mientras se articulan esos negocios, he aquí el plan: poner 600 policías en la calle, para que desfilen alrededor o junto con ellos y diga: “Yo, que no tengo mis subtes, mi puerto, mi juego, tengo mi policía: 600 agentes para cubrir la ciudad de Buenos Aires”.

Todo lo que tiene para ofrecer es la mentira de la cobertura de proximidad: un policía cada 70 manzanas.

Estamos en una época en la que la inseguridad es un espectáculo; en la que en lugar de entender que han aparecido dos elementos sustantivos en la reconfiguración de la inseguridad –la complejidad del delito y la violencia del delito–, nos parapetamos en el espectáculo de la inseguridad para no dar respuesta a ninguno de esos dos ejes. En consecuencia, pasamos de la órbita de garantizar “la seguridad en lo público” a garantizar el “espectáculo de la seguridad pública”, una cosa completamente distinta.

No hay ciudad segura con más policía, sino que hay una sociedad segura con más derechos.

En consecuencia, necesitamos una política de seguridad y no una política de creación de una policía de cotillón que va a tener “el uniforme de tal color, le vamos a poner tal arma y se va a comunicar mediante tal teléfono”. Decimos que la seguridad es prevención y hay que tener una política de prevención previa; decimos que la seguridad es inclusión, y hay que tener una política de inclusión previa; y decimos que la seguridad es reconocimiento y ejercicio de la diversidad, y eso hay que tenerlo previamente para discutir la política de seguridad.

No le mintamos a la gente diciéndole “estamos terriblemente preocupados por la cuestión de la inseguridad” para, a continuación, presentar la policía de cotillón, que si mañana comenzara a funcionar, objetivamente se convertiría en uno de los mecanismos centrales de propagación de la propia inseguridad. Porque, sinceramente, a las redes de delitos sistemáticos les “gustaría” ser aprehendidas por una policía que no tiene adónde llevar a los que aprehende, porque no tiene marco de jurisdicción ni convenios de cooperación.

La impunidad que tenemos en la ciudad de Buenos Aires implica que sabemos perfectamente quiénes delinquen, conocemos cómo se regulan y cómo se propagan los circuitos del delito, y no los queremos atacar, porque hay negocios o pactos.

Pero tenemos otro delito, el más violento: el que expresa que en una sociedad como ésta dé lo mismo amenazar a alguien con un cuchillo que darle 36 puñaladas. Este delito tiene que ver con la privación relativa de los sujetos que viven con injusticia en la distribución y con injusticia en el reconocimiento. Hay que decirlo con todas las letras: es violento y se legitima, entre otras cosas, porque es un mecanismo de inserción social para los que lo están llevando adelante, frente a una sociedad que no lo reconoce, que lo segrega, que lo margina y que, en lugar de darle vías alternativas de reinserción, le dice: “Tu camino es el ‘paco’, la merca, las armas o la muerte”.

¿Alguien supone que con una policía de saturación, con mil, dos mil, cinco mil agentes más, vamos a lograr agarrar algo más que los eslabones más débiles de las cadenas más fuertes del delito?

Es cierto que existe el tráfico de drogas. Es cierto que es un sistema complejo. Pero también es cierto que, si tenemos sólo policía de territorio, ¿a quién van a agarrar? ¿Sobre quiénes va a caer el peso? ¿Si hay robo sistemático de automotores, va a caer sobre el desguazador o sobre el último vendedor? No, va a caer sobre el que va con la barreta a abrir la puerta.

Digámoslo con todas las letras. Tenemos una política de policía para los débiles y una política de seguridad que se ata las manos para los mercaderes.

* Legislador porteño, bloque Igualdad Social.

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