EL PAíS › HORACIO VERBITSKY Y SANTIAGO CANTóN EN UNA VISITA AL SITIO DE MEMORIA DE LA EX ESMA

Un diálogo con el presente

El presidente del CELS y el secretario de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, que fue secretario de la CIDH, oficiaron de “guías” en el ex centro clandestino para recordar la visita del organismo internacional de 1979.

 Por Alejandra Dandan

Santiago Cantón, Alejandra Naftal y Horacio Verbitsky.

La visita estaba terminando. Se había escuchado a una mujer incorporar durante el recorrido el nombre de Néstor Kirchner. “Yo entiendo todo lo que dicen, pero quiero decir que eso fue posible porque hubo un presidente como Néstor Kirchner”. La visita de las Cinco en el Museo Sitio de Memoria ESMA en ocasión del aniversario de la inspección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, concluía el paso por el Sótano, primer lugar al que eran conducidos los detenidos para las torturas y última escala antes de los traslados en los vuelos de la muerte. A partir de allí, el presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Horacio Verbitsky, caminó en dirección al antiguo salón Dorado. Lo siguió Santiago Cantón, secretario ejecutivo de la CIDH entre 2001 y 2012 y ahora secretario de derechos humanos del gobierno de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires.

“Argentina es reconocida en el mundo porque no sólo tuvimos el Juicio a las Juntas en 1985, con Raúl Alfonsín, y fue el único país en la historia en el que un gobierno democrático llevó ante los tribunales a una dictadura recién concluida –dijo Cantón–. Sino que después se inició el proceso bajo el gobierno del presidente Kirchner. El país tuvo una comisión por la verdad y juicios regulares a todos los militares, no existe otro país con este antecedente, esto está construyendo verdad en un contexto de consolidación de las democracias en toda América latina”. Poco antes, el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Claudio Avruj, había dicho que el proceso de memoria, verdad y justicia es política de Estado. Pero el presidente del CELS, en esta última escala, tomó nuevamente la palabra. Las decenas de visitantes fueron así testigos mudos de un diálogo que durante tres horas tanteó puntos de conexión entre dos universos en busca de un territorio común, aquello consolidado, ya imposible de discutir, base de los pactos fundantes de la democracia argentina.

“Creo que las instituciones militares felizmente están retrocediendo en América latina, pero no diría que esta es la situación ideal de las democracias”, dijo Verbitsky, como respuesta. “Creo que episodios sumamente importantes como Brasil no se compadecen con estados democráticos plenos, hay manipulación de la justicia, de la prensa corrupta, en contra de las democracias. Desde organismos como el Cels no puedo dejar de decirlo”. Poco antes, había hecho alguna referencia a Mauricio Macri. Siempre a propósito de la CIDH y de las derivaciones de sus informes, dijo que Argentina, Brasil y Uruguay tuvieron procesos parecidos pero un decurso distinto en el camino de justicia porque “las resoluciones son letras muertas si no hay sociedad que reclama, no van a tener aplicación”. Allí dijo que el reconocimiento de esto “no es porque a su Presiente le guste, es porque la sociedad lo exige y no puede evitarlo”. Cuando se acercaba el final, ante ese reconocimiento de Cantón, agregó: “Respecto de la mención que hizo Santiago del ex presidente Kirchner, viniendo de un funcionario del actual gobierno, yo le agradezco pero –agregó– cuando él (Kirchner) llegó al gobierno había 100 militares presos por obra de la sociedad civil. Nosotros le dimos el piso para que hiciera lo que hizo. Siempre dicen que nos usó. Decimos que sí. Y le agradecemos que nos haya usado. Ojalá otros nos hubiesen usado también, nos hubiese encantado, pero nadie quiso hacerlo de esa manera”.

La Visita de las Cinco se realiza cada último sábado de mes desde marzo. La próxima será el 29 y como octubre es el mes de la Identidad, participarán Víctor Penchaszadeh, uno de los genetistas que ideo el “índice de abuelidad”, que sirvió para identificar a los nietos antes del ADN y Ezequiel Rochistein Tauro, un joven que nació en la maternidad clandestina de la ESMA.

Son visitas especiales al edificio declarado monumento histórico y prueba judicial de los juicios de lesa humanidad, durante las cuales su patrimonio intangible y la intervención museográfica son atravesadas por la mirada de los invitados. Los espacios tomaron formas de un cuerpo ante los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense. De evidencia judicial con la fiscal del juicio ESMA. De pasaje hacia el pasado con la amiga de Berenice Chamorro, Andrea Krichmar, que allí mismo activó un diálogo pendiente durante cuarenta años con su madre. O de asistente mudo para un diálogo indispensable, como esta vez.

“Bienvenidos”, dijo Alejandra Naftal, directora del Museo, creadora del espacio, como dijo el presidente del CELS. “Este lugar representa el piso social en común que tenemos para la construcción del futuro de la sociedad argentina -señaló–. Este edificio dice que acá no hubo una ‘guerra sucia’ sino un terrorismo de Estado. Sabemos que las batallas nunca están ganadas del todo, y que cuanto más transitamos estos lugares, más vemos cómo la historia ilumina el presente”. Cedió la palabra a Avruj. Y presentó a los invitados: Verbitsky, Cantón y Sebastián Lacunza, director del Buenos Aires Herald, encargado en esta oportunidad del “registro de campo”. Un diario, dijo él, gracias al cual algunos hoy dicen que están vivos, “pero del cual me gusta hablar de modo realista. Cuando hablo de esos años, tengo que decir que en 1976 y 1977 Buenos Aires Herald apoyó la dictadura, incluso de forma enfática, como lo hicieron la mayoría de los medios argentinos. Pero la reacción que hubo en el diario frente a lo que estaba ocurriendo hizo que el entonces director, Robert Cox, tuviera que dejar el país. Por eso creo que tiene un mérito especial, el haber reaccionado de una forma inesperada tanto ante lo que era su círculo más cercano, profesional, intelectual o su familia”.

Antes de atravesar las puertas para comenzar la visita, Verbitsky dijo lo que tenía que decir. “Acabo de recibir una comunicación del colectivo de un lugar como este, el Sitio de Memoria del Faro de Mar del Plata, un lugar donde funcionó la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina, ESIM. Me dicen que el Ministerio de Seguridad de la Nación estaría por establecer ahí una sede operativa de la Policía Federal, por eso aprovecho a pasar el comunicado a los funcionarios que nos acompañan –les dijo– porque estoy seguro de que cuando hay conciencia, estas cosas pueden rectificarse”. Alrededor, se escuchó, rápidamente, la respuesta: ya está resuelto, dijeron.

Entre los visitantes hubo un grupo de sobrevivientes: Alfredo Ayala, Mantecol, del equipo de mantenimiento forzado, Luis Gómez y Alejandro Clara, uno de los sobrevivientes que se acercó a dar su testimonio a la justicia el año pasado. Entre las personas cercanas a los organismos de derechos humanos estaban Laura Conte, Marcos Weinstein, Graciela Palacio de Lois, Eduardo Basualdo, Coco Blaustein, Gastón Chillier. Había visitantes ya habituales de las visitas de las cinco, y llegados por primera vez.

El recorrido tuvo cuatro escalas, entre ellas los lugares donde el edificio habla de las operaciones de simulación que llevó a cabo la Armada para ocultar el funcionamiento del Centro Clandestino ante la Comisión Interamericana. Cantón mostró copias del cuaderno de entradas de la CIDH, con registros de denuncias de la región. “Este libro habla de la historia latinoamericana”, explicó. En 1973, aparecen los ingresos de denuncias chilenas; en 1975 las argentinas. “Aquella visita marcó un antes y un después no sólo para la dictadura argentina sino para la propia historia de la Comisión”. Verbitsky mostró un facsímil que escribió hace 40 años con los primeros datos del Centro Clandestino de Armada, como parte de los instrumentos de información destinados a quebrar la censura. “Es de octubre de 1976 y requiere una aclaración. Se titula ESMA: historia de la guerra sucia en Argentina, y es la denuncia que se hacía de los métodos militares. Por primera vez aparecen ahí nombres como los de (los represores Jorge) Acosta, (Antonio) Pernías y algunos otros, a raíz de informaciones que obteníamos dificultosamente”. Cantón habló de la OEA, el organismo del que dependía la CIDH. “La mesa de la OEA estaba integrada por los gobiernos de la región que en sus dos terceras partes tenía dictaduras, de ahí es bastante impresionante ver como la CIDH, incluso en ese contexto, decidió hacer la visita a Argentina. Yo, después de quince años en la Comisión, puedo decir que los estados están todos los días tratando que la Comisión no haga algo”.

La siguiente parada estuvo en el Hall, uno de los lugares que habla de los secretos escondidos por la Armada. Están las marcas de la escalera al Sótano, anulada ante la inspección de la CIDH. El hueco del ascensor del que hablaban los testimonios. Y rastros de la cabina telefónica desde donde los marinos obligaron a los prisioneros a comunicarse con sus familias para impedir que continúen los reclamos. Verbitsky nombró a Naríz, Horacio Domingo Maggio, militante de Montoneros, que logró escaparse de la ESMA y que antes de ser atrapado nuevamente, y asesinado, envió una carta a embajadas, prensa, dictadores e iglesia. “En libertad llegó a dibujar los planos que fueron enviados por correspondencia y esa es la razón por la cual los marinos decidieron modificar la estructura y desacreditar las denuncias”, explicó. Y ahí habló del Silencio. “En agosto de 1979 todavía había 60 personas privadas de su libertad que fueron trasladadas a una casa de fin de semana del Arzobispado de Buenos Aires, que se llamaba El Silencio sobre un riacho del Tigre, donde (el cardenal Juan Carlos) Aramburu hacía asados y dormía las siestas y se festejaban las graduaciones de los seminaristas. Allí algunos prisioneros fueron torturados y otros obligados a realizar trabajos forzados”.

De pronto, habló uno de los sobrevivientes. “De esa decisión nosotros nos enteramos tres meses antes”, dijo Mantecol, escaleras abajo. “Estuvimos dos meses acondicionando el lugar cerca del Tigre. Nos fuimos con embarcación de la marina en la que llevaban madera y materiales y después trajeron una barcaza con los detenidos. A los marinos parece que la cosa les gustó porque nos dejaron trabajando doce horas por día y montaron una maderera”.

Allí, cada quién subió escaleras arriba. Primero y segundo piso. Las 74 habitaciones destinadas a oficiales. Y más arriba, Capucha, Capuchita, Embarazadas, las zonas de los baños, el Pañol, la Pecera: los espacios de permanencia y reclusión de prisioneros. Alejandro Clara caminó a contramano de la marea humana con dos amigos cubanos en busca del lugar donde estuvo. Otros comenzaron el descenso hacia la Casa de Chamorro, Los Jorges y mas tarde el Sótano. Verbitsky habló de los vuelos, de Emilio Carlos Assales, Tincho. De los cuerpos en las costas uruguayas y de Adolfo Scilingo. “En ese momento cambia la sociedad porque hasta ese momento había dos versiones de los hechos, una de las víctimas, de los sobrevivientes, de la Conadep, de los jueces y algunos sectores reducidos de la sociedad. Y la otra era la de los militares, que por un lado negaban haber cometido los crímenes y por el otro decían: estuvo muy bien hacerlo. A partir de ese momento –agregó ante ese espacio mudo de silencio–, dejó de haber dos versiones de los hechos”.

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