EL MUNDO › COLOMBIA > OPINIóN

¡Cuánto duele Colombia!

 Por Eduardo de la Serna*

Desde Bogotá

Es temprano para hacer un análisis, y más temprano aún para intentar vislumbrar cómo sigue esto. Sólo señalaré algunos aspectos desde la tristeza y la desazón.

1. Un grupo militante, al que con justicia puede calificarse de “derecha” hizo feroz campaña por el “no”. Los máximos abanderados de esto fueron el ex presidente Álvaro Uribe y el ex procurador Alejandro Ordoñez. Algunas de sus frases fueron sin duda “pegadizas” para un electorado que eligió creerles:

  • Se le entrega el gobierno a la guerrilla

  • pronto Timochenko será presidente de Colombia

  • los acuerdos de paz impulsan la “ideología de género” (o hasta el “matrimonio igualitario).

Sobre esto señalo simplemente: si algo de malo tendría la guerrilla es el ejercicio de la violencia, y los tratados acordaban expresamente la “dejación de armas” (obviamente de la guerrilla, no del ejército) bajo control de las Naciones Unidas. Por tanto, esa supuesta “entrega” del gobierno (lo mismo que la posibilidad de que Timochenko sea presidente en el futuro) sólo podría ocurrir si fuera votado, algo que (y los resultados de hoy lo demuestran) es algo imposible en el presente colombiano. Reconozcámoslo: Colombia es una sociedad conservadora, y la posibilidad de un triunfo electoral del partido político devenido de las FARC es imposible en el presente colombiano. Pero, ¡además!, si un grupo político exFARC accediera por los votos a algún cargo, pues ¡de eso se trata la democracia! ¿O lo que se quiere es una democracia donde puedan participar “todos menos los que no nos gustan”?

Los sectores “ultracatólicos”, o integristas, encabezados por Ordoñez, azuzaron el miedo a la “ideología de género” (algo para lo que el episcopado sí movilizó un importante número de colombianos, porque parece que para muchos de ellos es mucho más grave una pareja homosexual que secuestros o minas antipersonales, guerra o violencia). “Voy a votar ‘no’ porque los acuerdos defienden el ‘matrimonio igualitario’”, dijo una señora. No bastó que le dijera (¡y demostrara!) que ni siquiera la palabra “matrimonio” se encuentra en ninguna de las 297 páginas del acuerdo. Ya estaba decidido. Eligió creer la mentira.

Obviamente los poderosos, los ricos, los sectores más adinerados de Colombia fueron claros defensores del “no”. Tener que “devolver” las tierras usurpadas a los 5.000.000 de desplazados les resultaría insoportable.

2. Los medios de comunicación no tuvieron una clara campaña. Se leía o escuchaba periodistas en favor de uno u otro punto. Quizás sólo la prestigiosa y plural revista La Semana fue la única que en el último ejemplar hizo clara campaña en favor del “sí”. El diario El Tiempo (una suerte de La Nación colombiano, y que replica las noticias de “esa” prensa en las noticias argentinas) por momentos pareciera en favor de uno o de otro.

3. El episcopado colombiano, siempre conservador y temeroso eligió decir que “alentaba un voto responsable pero que no se manifestaba ni en favor del sí ni en favor del no. Algunos obispos (el de Cali, Darío de Jesús Monsalve –”todo ciudadano honesto dará su voto por el sí a los acuerdos”– y el presidente de la Conferencia episcopal Colombiana, Luis Augusto Castro, por ejemplo) han tomado posiciones más claras que la mayoría de sus “colegas”. En el clero fue notable una gran cantidad de curas en clara y explícita campaña en favor del “no”.

4. Lo que quizás resulta más incomprensible desde el exterior es el enorme ausentismo en las elecciones. Más del 60 por ciento de los colombianos de abstuvo de participar en el acto eleccionario. Es decir, (dejando de lado aquellos de la región Caribe que debieron ausentarse a causa del huracán Matthew) casi un tercio de los colombianos se manifestaron desinteresados de semejante tema.

Ya he perdido la cuenta de la cantidad de veces que he venido a Colombia desde mi primera vez en 1973. Sé que son más de 10. Nunca conocí a Colombia en paz. Al venir sabía que algo me podía ocurrir, sabía que en algún viaje un “retén de la guerrilla” podía tomarme de rehén, o podía ser víctima de una bomba. Era una posibilidad, como la de cualquier habitante de Colombia. Más adelante supe también que esa posibilidad se incrementaba por el florecimiento del paramilitarismo que gozaba de la “bendición” uribista. Pero ahora se agrega algo más…

Ahora sé que algo puede pasarme (como a cualquier colombiano), pero ya no será solamente un guerrillero o un “paraco” asesino, ahora sé que ese asesino cuenta con el acuerdo del pueblo colombiano y la indiferencia de la mayoría. ¡Y no sé si quiero eso! No sé si quiero volver a un país cuyo pueblo no está interesado en la paz (aunque muchos digan que su “no” fue para lograr “otros acuerdos”, pero quieren la paz. Que me perdonen, ¡no les creo!).

Como dije, no sé cómo seguirá esto a partir de mañana, sí sé que en donde yo esté seguiré insistiendo en luchar por la paz, una paz fruto de la justicia, una paz que en estos difíciles tiempos latinoamericanos parece mucho más lejana, pero no por eso menos deseada. Habrá que volver a empezar en muchos temas y muchos lugares. La derecha no ha de tener la última palabra.

* Coordinador del Grupo de Curas en Opción por los Pobres.

Compartir: 

Twitter

 
EL MUNDO
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.