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Desobediencia a la obediencia debida

El realizador chileno Patricio Henríquez habla de su último documental, que narra tres historias de desafío a la disciplina militar.

Por V. G.

Igal Vega fue reservista del ejército israelí. Camilo Mejía, soldado norteamericano en Irak. Efraín Jania era coronel del ejército chileno cuando Augusto Pinochet encabezó el golpe con el que destituyó a Salvador Allende. Los tres se atrevieron a desafiar la disciplina militar y privilegiaron sus valores morales por sobre la obediencia debida. Sus historias están contadas en el documental Desobediencias, del realizador chileno Patricio Henríquez. “Esta gente paga un precio terrible por respetar sus principios. Quieren a la institución militar como una familia y se sienten aislados. Tampoco cuentan con el apoyo de la gente de izquierda, porque no les tienen confianza. El peso de esta convicción es ejemplar, por eso quise hacer esta película”, dice Henríquez.
Desobediencia se proyectará hoy en el marco del Encuentro Internacional sobre “Las violaciones a los derechos humanos en el mundo de hoy” que organiza en La Plata la Comisión Provincial por la Memoria (ver aparte). La película, que su director espera pueda tener alguna repercusión en círculos castrenses, es una incitación a la desobediencia.
“Es complejo, porque desde Nuremberg, algunos ejércitos adoptaron el deber de desobediencia frente a órdenes que implican crímenes contra la humanidad. Los aliados establecieron jurídicamente que una orden no es suficiente para cometer un crimen contra la humanidad, en contra de lo que decían los nazis. Allí se acuñaron los términos legales que constituyen las leyes de la guerra y que nadie aplica o sólo se aplican al vencido. Pero son referencias que los militares tienen y que se les enseñan en las academias”, señala Henríquez.
–Hace 50 años que existe ese concepto, pero no parece estar muy difundido entre los militares.
–Es que la idea misma de desobediencia es antinómica a la disciplina militar. Pero el andamiaje moral de la desobediencia es éticamente correcto. Ahora, es un problema de los ejércitos cómo establecer esa correspondencia.
Henríquez vive en Canadá desde 1973 y trabaja como documentalista en TeleQuebec. En 1995 hizo Las muchachas a los fósforos, sobre mujeres trabajadoras. En 1996 terminó 11 de septiembre de 1973, el último combate de Salvador Allende y un año después presentó Imágenes de una dictadura, sobre la prensa chilena bajo el régimen de Pinochet.
Esta vez, se adentró en el mundo militar. “Me fascina la gente que imprevisiblemente asume posiciones ideológicas, políticas o morales. Me fascinaron los blancos que defendían a los negros en Africa del Sur o el caso de Schlinder, un alemán que no acepta el destino reservado a los judíos. Que los negros se defendieran o que los judíos asumieran la resistencia es heroico, pero previsible. Para esta gente es muy duro porque están solos, además, quieren a la institución militar como una familia y se sienten aislados”, explica Henríquez.
La resistencia a la obediencia debida es lo que une a Mejía, Jania y Vega. Este último es un israelí que desde el ’83 se niega a participar de acciones que impliquen agredir a sus vecinos. Sí acepta formar parte de misiones que considera gestos de defensa de Israel. Por su conducta, estuvo varias veces en prisión por períodos de dos o tres meses. Jania partió al exilio después del golpe de Pinochet. Fue perseguido por su propio ejército por no querer asesinar a sus compatriotas. El hecho le implicó, además, romper relaciones con su hijo, un joven oficial que eligió la obediencia debida y que quince años después también fue degradado por volver a hablar con su padre.
Mejía, el hijo del cantante nicaragüense Carlos Mejía Godoy, es el hilo conductor de la película. “Fue a Irak pensando que era una buena cosa. Como todos los estadounidenses, estaba shockeado por lo que pasó el 11 de septiembre de 2001. Seis meses le bastaron para entender que era una guerra ‘del petróleo’. Volvió a Estados Unidos por un permiso y cuando tuvo que presentarse para regresar a Irak no lo hizo”, relata Henríquez. En mayo de 2004 Mejía fue condenado por una corte marcial a un año de prisión.
Henríquez explica que se dedica a contar “historias pequeñas” que puedan ser profundizadas en el tiempo limitado de un documental o de una película para la televisión. Pero tiene un proyecto, en el que está embarcado hace cinco años, que implica “un viaje al fondo de la tortura”: “Quisiera comenzar en Afganistán, en Guantánamo e ir hasta Torquemada, pasando ciertamente por América latina y por Argentina. En Estados Unidos siempre es igual, cuando descubren las fotos de Abu Ghraib, con el Watergate o con Vietnam. Es la inocencia perdida. Todos se preguntan ‘cómo podemos nosotros hacer esto’ y se da por sentado que es la primera vez. Me parece importante decir ‘no, esto no es nuevo’”.

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Patricio Henríquez trabaja en Canadá, donde se exilió en 1973.
 
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