EL PAIS › CASTRO Y CHAVEZ VISITARON EL MUSEO EN SU CASA DE LA INFANCIA DE ALTA GRACIA

Un día en la casa del Che

La ciudad entera parecía esperar a Fidel y al venezolano, que llegaron al chalet inglés donde vivió Guevara de los 4 a los 16 años. El cubano bromeó con su edad y saludó a amigos de la infancia de su camarada argentino. Chávez, con emoción, dijo que la casa era “un templo”.

 Por Fernando Cibeira
Desde Córdoba

Los demás presidentes, incluido el anfitrión Néstor Kirchner, salieron disparados de Córdoba apenas sonó la campana final de la Cumbre del Mercosur. El, en cambio, tenía sus razones para quedarse un día más. Luego de haber cerrado el viernes a la noche la Cumbre de los Pueblos, Fidel Castro ayer aprovechó para conocer la casa en la que vivió su infancia el Che Guevara en Alta Gracia. En la visita lo acompañó Hugo Chávez. Fidel posó al lado de la estatua de bronce que recuerda al Che a los 8 años, conversó con quienes fueron sus compañeros de colegio y recorrió las habitaciones donde pasó de niño a adolescente quien luego sería su compañero y amigo en la Sierra Maestra.

“Me puse tan nerviosa que me equivocaba. Es que esto fue histórico, imagínese, tener dos personas tan importantes acá”, explicaba Ada Veltre, quien les hizo de guía durante la recorrida. Alta Gracia, a 40 kilómetros de la capital cordobesa, es una pequeña ciudad de 45 mil habitantes. Los Guevara de la Serna eran de Rosario, pero decidieron mudarse allí porque el clima seco de la sierra serviría para aliviar los problemas de asma del pequeño Ernesto, por entonces Teté. El Che pasó allí desde los 4 hasta los 16 años. Su casa, de estilo inglés, de techos de chapas verdes y tejas ocres, se convirtió en museo a partir de 2001. Desde entonces ha sido objeto de interés para cierto tipo de turismo, sobre todo jóvenes extranjeros, nada que ver con el alboroto de ayer.

Desde temprano, cuando se confirmó la visita, la cuadra se fue poblando de gente. Termo bajo el brazo, cámara del tipo que se pueda imaginar en mano, los vecinos fueron ocupando las veredas mientras las calles se convertían en patrimonio de los encargados del operativo de seguridad. Había policías federales, provinciales, guardias cubanos y venezolanos. El secretario de Seguridad Interior, Luis Tibiletti, supervisó todo personalmente. A las 10, ya había unas tres cuadras ocupadas y fue necesario que trajeran más vallas metálicas. La espera se hizo larga. Los presidentes recién saldrían del hotel Holiday Inn poco después del mediodía, en una caravana de automóviles. En el centro de la fila, el Mercedes negro de Fidel, con Chávez de acompañante.

Hasta las 13.10 que llegaron, Córdoba ofrecía otro día de sol y calor, como fueron todos los de la cumbre. La gente no sólo no se fue por el plantón, sino que se siguieron sumando. Se veían algunas banderitas de Cuba y varias remeras del Che, pero en su gran mayoría era gente no embanderada pero –se notó– que simpatizaba con Fidel y Chávez.

“Poné TN que están transmitiendo en directo. Después me contás cómo sale el barrio”, llamaba una señora de jogging a una amiga. Los que llegaron temprano se pudieron meter en los corralitos para la prensa ubicados a ambos lados de la entrada de la casa. Vecinos que hacía mucho que no se veían hablaban por celular desde una vereda a la otra, imposibilitados de juntarse por los vallados. “Dicen que todavía no salió”, se comentaban, decepcionados. En la casa de enfrente, los chicos habían invitado a sus amigos que fueron copando la terraza. La policía les indicó que se bajaran por cuestiones de seguridad. Iniciaron una intensa discusión sobre la propiedad privada, los derechos individuales y demás, extraña en el contexto, que terminaron ganando los jóvenes.

Apareció un cantautor paraguayo, Rolando Percy, que se presentó como “amigo de Chávez”, junto a un pintoresco representante de sospechosa cabellera sin canas, bandera venezolana en la solapa y algunos cedés en la mano. Ayudado por su guitarra, Percy comenzó a interpretar sus dos canciones –una del Che, otra de Chávez– una y otra vez. En el hastío, la gente alternaba entre silbarlo, reírse o hacer palmas. Al final, hasta llegaron a acompañar el estribillo “Chávez tiene corazón”, que a veces seconvertía en “Fidel tiene corazón”. “¿No te sabés una de Lula?”, le preguntaron.

En eso estaban cuando apareció la larga caravana. “Fidel, Fidel”, brotó, natural. El auto se detuvo justo en la entrada de la casa. El viejo líder, de uniforme verde oliva, se bajó sonriente y se acercó a las vallas para estrechar algunas manos. Chávez, de camisa roja, lo siguió atrás, pero su figura pasa casi desapercibida al lado del carisma de Fidel, que excede las cuestiones políticas.

Al entrar, la primera parada que hicieron fue en la escultura del Che niño, ubicada como si estuviera sentado sobre la baranda de madera del chalet. Fidel y Chávez ingresaron acompañados por un equipo de la televisión venezolana que, según contó la gente del museo, les dificultaron realizar una visita guiada normal. Los dos presidentes hicieron muchos comentarios entre ellos. “El Che era dos años mayor que yo”, aseguró Fidel. “¿Cómo mayor? Era dos años más chico que tú”, le retrucaba Chávez. “No señor”, mentía Fidel. A días de cumplir los 80, el tema de la edad fue el motivo preferido para las bromas del cubano. Cuando conversó con los amigos de la infancia del Che –hay una foto inmensa un una habitación con la foto de todos ellos cuando iban a la escuela– también les decía que eran mayores que él. Calica Ferrer, Enrique Martín y Ariel Vidosa le contaron algunas anécdotas de colegiales. Vidosa llevó un boletín de sexto grado en el que comprobaron que el Che tenía notas altas en casi todo salvo en caligrafía –6– y ortografía –4–. En la comitiva iban algunos argentinos: el diputado Miguel Bonasso y la embajadora en Caracas, Alicia Castro.

Fidel pudo verse reproducido en algunas fotos junto al Che. Una de 1965, fumando cigarros y sonrientes en un sillón. Otra, histórica, de 1966, con el Che caracterizado como Adolfo Mena, listo para pasar a la clandestinidad. Al lado, el texto de su carta de despedida, aquella en la que renunciaba a la nacionalidad cubana y a los cargos, y finalizaba con el “Hasta la Victoria Siempre. Patria o Muerte”.

A Fidel le impactó encontrarse con una gran foto de Celia de la Serna, la madre del Che, a quien se ve que nunca había visto o bien no la recordaba. “Se le parecía, mira qué perfil de vasca que tiene”, le comentó a Chávez. “Tú también eres vasco y tienes el mismo perfil”, le retrucó el venezolano. En esa imagen, a Celia la acompañan sus cuatro hijos, todos con disfraces. El pequeño Ernesto tiene puesto un gran sombrero que parece de cowboy.

El museo tiene el atractivo de imaginar al Che en esa casa de ambientes de techos altos y un jardín al fondo. Hay una réplica de la bicicleta con motor con la que recorrió doce provincias, en lo que sería un ensayo para el mítico viaje en moto que luego haría con su amigo Alberto Granados por el continente. También hay una réplica de su uniforme y hay muchas fotos de diferentes momentos de su vida.

Fidel se sorprendió de enterarse que por aquel entonces los Guevara de la Serna no era propietarios, sino que alquilaban. “¿Y cuánto pagaban?”, preguntó el Comandante. Agarró a Ada, a guía, sin respuesta. “Deberías conocerlo, es un dato que al Che le hubiera gustado conocer”, le dijo.

La recorrida, emotiva y disfrutada por ambos, les llevó más de una hora. A la salida, ya se había empezado a nublar, lo que llevó a Fidel a reflexionar sobre los cambios de temperatura de Córdoba en invierno. “Ayer a la noche para nosotros los cubanos hacía seis grados”, recordó sobre el acto en la Ciudad Universitaria. Con sol durante la mañana, con un poco más de frío después, la gente lo esperó igual. A la salida, lo mismo que a la entrada, Fidel se acercó a saludar. Pero eran muchos y a Fidel le indicaron que era hora de irse. Castro ensayó un gesto de disculpa, dio un último saludo y entró al auto. “Olé, olé, olé, olé, Fidel, Fidel”, lo despidieron. La comitiva se fue levantando polvo y dejando atrás un hito que seguramente la pequeña ciudad recordará por mucho tiempo. El día que la visitaron dos presidentes, el día que Fidel se reencontró con la historia de su viejo amigo y compañero de luchas. “Esto ya es mito: mañana vamos a ser millones los que digamos que le dimos la mano a Fidel”, reflexionaba un vecino mientras miraba irse a los visitantes ilustres.

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Imagen: Martinez-Piovano
 
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