EL PAíS › LA HISTORIA SINIESTRA DE UN CENTRO CLANDESTINO DE TORTURAS

Los fantasmas de Orletti

Fue el centro de operaciones de militares uruguayos y fascistas de la Triple A capitaneados por Aníbal Gordon, un agujero negro donde se hundían prisioneros del Plan Cóndor. En apariencia un inocente taller mecánico en Floresta, Automotores Orletti fue un secreto de la dictadura que costó descubrir y que fue centro de “operativos” como el asesinato de los palotinos.

 Por Susana Viau

El muchacho, mucho más alto que el común y más inteligente que la media, desplegó el papelito con un rudimentario plano de la capital. “Acá –dijo marcando con el dedo– secuestraron a un matrimonio uruguayo. A ella la soltaron y contó cuánto había durado el trayecto y cómo era el lugar de detención: tenía una barrera y se escuchaban voces de chicos. El coche con los cadáveres de Michellini y Gutiérrez Ruiz apareció estacionado en este otro lado.” El chico siguió colocando señales sobre el plano y, al final, trazó un círculo donde quedaron encerradas unas pocas cuadras del barrio de Floresta: “Me parece que en este radio hay un centro de operaciones de la O.Co.A (Organismo de Cooperación Antisubversiva). Por lo de la barrera podría ser la comisaría 43”. Era junio de 1976 y en Buenos Aires los extranjeros comenzaban a ser secuestrados de a decenas. El muchacho del plano, Enrique Rodríguez Larreta, fue capturado el 30 de junio de ese mismo año y llevado al condominio siniestro que compartían los militares uruguayos del Plan Cóndor y los lúmpenes de la Triple A. Al llegar, supo que estaba adentrándose en la circunferencia que había dibujado en el mapa. No era la comisaría 43 pero estaba en Floresta, en Venancio Flores y Emilio Lamarca, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento. Así comenzaba a hacerse visible la existencia del centro clandestino de detención que funcionó bajo el inofensivo nombre de Automotores Orletti.

Enrique –“el Flaco”– Rodríguez Larreta tenía, pese a su juventud, una larga experiencia de encierros y torturas. Lo habían detenido a principios de los ’70 junto a un importante cuadro tupamaro, Julio Marenales Sáenz. Ocurrió en la calle y él estaba de espaldas. Amodio Pérez, el delator que cosecharía fama internacional, lo reconoció igual. Hay dos cosas que un clandestino no puede cambiar: el color de piel y la estatura. Y Rodríguez Larreta medía casi dos metros. Exiliado en Argentina, trabajó en el diario El Mundo y colaboraba con la sección de política internacional de El Cronista, una publicación nacida para el empresariado y los negocios, que contra toda previsión se había convertido en refugio de periodistas progresistas e intelectuales latinoamericanos forzados a expatriarse de la ola de golpes que recorría la región. Entre ellos estaban Oscar Peña, boliviano, ex jefe de prensa del general Juan José Torres y hombre de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y el chileno Ernesto Carmona Ulloa, director de la radio del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) hasta el golpe de Augusto Pinochet.

A pedido de algunos de sus redactores, Rafael Perrota, dueño y director del periódico, hizo discretas gestiones por Rodríguez Larreta. Unos días más tarde citó a un reducidísimo grupo para comunicarle: “Puede que esté en Campo de Mayo. Parece que Riveros (el general Enrique Omar Riveros) les presta infraestructura a los oficiales uruguayos”. Rodríguez Larreta contaría tras su liberación que, en principio, fue conducido a un lugar muy grande y alojado en una celda. De ella lo sacaron en varias oportunidades, lo obligaron a atravesar a ciegas una distancia considerable mientras sentía cómo la humedad del césped le mojaba los pies. Después, lo ataban a una tabla y le hacían el “submarino” en una pileta de natación. Hubiera apostado que estaba en Campo de Mayo. Con el correr de los días, fue llevado a ese lugar de Floresta que conocía sin haberlo visto jamás.

La internacional negra

Avisado del secuestro, su padre viajó a Buenos Aires. Enrique Rodríguez Larreta (padre) había presidido la Asociación de la Prensa Uruguaya, tenía vinculaciones y sabía moverse. Consideraba que su porte señorial le acordaba un margen de impunidad. Sin embargo, ni la edad ni la sonoridad del apellido ni tampoco la pertenencia a una familia tradicional eran un freno para la O.Co.A: el 14 de julio fue detenido junto a su nuera en la casa que ésta ocupaba en Parque Chacabuco. Como había empezado a ser costumbre, el destino fue el taller de Floresta. Una tos familiar y la figura alta y desgarbada que entrevió por la trama abierta de la venda que le cubría los ojos, le hicieron saber que parte de la misión que lo había traído a Buenos Aires estaba cumplida. “Lo pasé mal –iba a confiarle a esta periodista hace muchos años–, pero estaba en el lugar que quería. Había encontrado a mi hijo.”

Con ellos, para esas fechas, ha-bía sido secuestrada una veintena de uruguayos, entre quienes estaba León Duarte, un conocido dirigente sindical de Funsa. De los operativos participaban los miembros de la O.Co.A. al mando del coronel José Nino Gavazzo, flanqueado por el coronel Manuel Cordero y el tenebroso Hugo Campos Hermida. No lo hacían solos. Los acompañaba con entusiasmo la gentuza fascista de la Triple A, teledirigida por el general Otto Paladino. Aníbal Gordon era el amo y señor de Orletti y allí, frente a los detenidos, gustaba de ascenderse a “coronel”. Eduardo Ruffo era de la partida y también se sumaban a los procedimientos individuos como Honorio Martínez Ruiz y Osvaldo “Paqui” Forese, ambos con apodos que aludían a su inteligencia: Martínez Ruiz era “Zapato”; Forese se había ganado el mote de “Paquidermo” por la fuerza con que derribaba puertas en los allanamientos. Para menesteres de más largo aliento, el Paqui utilizaba un “sosías”: Roberto Villahinojosa. El Paqui y otro de sus amigos, un agente de la “brigada antiguerrillera”, hacían doblete en tareas de vigilancia en el microcentro. Durante las horas muertas, el aburrimiento les aflojaba la lengua y se jactaban de que “a un uruguayo grandote le clavamos un suncho en la ingle”, o también de haber irrumpido en una vivienda y someter a la víctima al submarino, en una bañera y con agua caliente.

No puede decirse que, aun en su bestialidad, estos muchachos no tuvieran ilusiones. Sabían del secuestro de un poderoso empresario textil por el que el PVP había cobrado un enorme rescate, más de 20 millones de dólares. “Si encuentro la guita –soñaba el Paqui–, me compro un hotelito en la costa y me retiro.” De ahí la energía con que rompían todo aquello que imaginaban como posible escondite del dinero. Y si el dinero no aparecía, buenos eran los artefactos, la vajilla, los teléfonos, la ropa y hasta la comida. Los oficiales uruguayos no eran ajenos a la rapiña. Al retirarse de las viviendas violentadas y a diferencia de las fuerzas estrictamente locales, los grupos “internacionalistas” dejaban su tarjeta de visita, una faja sobre los marcos desvencijados en la que se leía: “Clausurado. Fuerzas Conjuntas”. De regreso al cuartel general, Gordon repartía la bolsa. El producto del pillaje tenía entidad, era más importante que las vidas y las muertes que sucedían en el taller mecánico. Merecía, por tanto, un nombre y lo bautizaron “Morgan”, es posible que en recuerdo del corsario.

Rodríguez Larreta (padre) nunca dejó de mencionar en sus testimonios que fue en la planta baja del taller que los argentinos que integraban el staff de ese campo reunieron a todos los prisioneros para hacerles escuchar cómo ahogaban en un tacho a Carlos Santucho mientras Manuela Santucho era obligada a leer en voz alta la nota del diario Clarín que consignaba la muerte del hermano de ambos, el dirigente del PRT-ERP Mario Roberto Santucho. “Me impresionó la dignidad de esa mujer –narró Rodríguez Larreta–. No consiguieron que se le notara la emoción. Y estaba enterándose de la muerte de un hermano y asistiendo al asesinato de otro.”

Los Rodríguez Larreta, padre e hijo, formaron parte del contingente de 23 secuestrados que fueron embarcados en el primer vuelo Buenos Aires-Montevideo realizado por los oficiales de la O.Co.A. Una integrante de ese peculiar pasaje, Sara Méndez, había sido sometida a una de las mayores crueldades imputables a la cuenta de la dictadura: ella había sido designada para sobrevivir pero quien desapareció fue su hijo de 20 días, Simón Antonio Riquelo. Debieron pasar casi treinta años para que Sara Méndez pudiera reencontrarse con Simón.

Los militares cruzaron al otro lado del río no sólo a los rehenes. En la bodega del avión viajaron, asimismo, las pertenencias robadas y hasta autos desarmados. La dictadura uruguaya había ideado para los trasladados una reaparición a toda orquesta: la “Operación Shangri-la”, un montaje desopilante que consistía en mostrar a ese contingente de seres torturados y enflaquecidos como protagonistas de un intento de invasión al Uruguay. Por estúpida que fuera, en octubre, la “operación Shangri-la” les salvó la vida. La oleada de secuestros de militantes uruguayos que siguió a las razzias del mes de julio llevó la impronta de los anfitriones argentinos: ninguno más apareció con vida. Sobre Rodríguez Larreta (padre) no pesaba ninguna acusación y fue liberado al poco tiempo de la grotesca mise-en-scène del balneario Shangri-la. Una de sus primeras decisiones fue sacar billete con destino Buenos Aires. Tenía la obligación moral de averiguar quiénes eran los responsables de la tragedia del grupo humano del que había formado parte a lo largo de tres meses y en qué lugar de la ciudad se había desarrollado. Contactó con amigos de su hijo. Uno de ellos, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, escuchó con atención el relato que “el viejo” Enrique hacía de su lugar de cautiverio. “Espere un minuto”, lo interrumpió. El joven, encargado de confeccionar un boletín con la información recolectada por el “servicio de presos” de Montoneros y el sector de “Solidaridad” del ERP, le acercó unos papeles. Contenían el testimonio del matrimonio Morales, una pareja militante de las FAL –Fuerzas Armadas de Liberación– que sin ropas y lacerada por las torturas había logrado escapar del centro clandestino donde se encontraba recluida. Rodríguez Larreta leyó en voz alta. La historia de los Morales describía una amplia planta baja, una escalera, el piso alto donde se realizaban las sesiones de tortura, las paredes con la foto de Hitler y un artículo periodístico consignando la muerte de Santucho, una cortina metálica en la entrada. Y voces de niños. “Ese es el lugar”, dijo Rodríguez Larreta, conmovido. La declaración de los Morales tenía algunas señas adicionales que permitían localizar la casa. Esa misma noche, en el Citroën de unos conocidos, Rodríguez Larreta rehízo el camino a Automotores Orletti. El taller estaba en el centro del círculo, en Venancio Flores y Emilio Lamarca.

Quince años más tarde, en el curso de un reportaje, esta cronista le preguntó a Mariano Grondona por la tarde en que fue secuestrado. Grondona hizo un minucioso relato de esas horas: él al volante de su auto aguardando a la hija que salía del Lawn Tennis, unos individuos acercándose a la ventanilla, las armas, las amenazas a él y a su mujer, Elena Lynch, el trasbordo a otro vehículo, los vendajes sobre los ojos, el coche deteniéndose, el ruido de una cortina metálica, el ingreso, una escalera, el ascenso al primer piso, el retiro de los vendajes, la foto de Hitler sobre el muro y, al lado, un recorte de diario con la muerte de Santucho. Frente a ellos, un hombre de mediana edad les explicó que estaban allí para que hicieran saber a sus amigos de la iglesia quiénes eran los autores de los asesinatos de los monjes palotinos. Luego, el hombre hizo ingresar a la oficinita a un joven encapuchado, torturado, para que no quedaran dudas de cuál era la actividad que se realizaba allí dentro y cómo había que comportarse.

–Entonces usted estuvo en Orletti –dijo esta cronista, estupefacta.

–¿Qué es Orletti? –preguntó Grondona. Luego prosiguió. Habló de la conferencia de prensa que convocó, de la llamada del general Albano Harguindeguy citándolo al Ministerio del Interior, de las decenas de fotos que revisó para identificar a sus secuestradores y de una cara que lo sobresaltó.

–¿Reconoce a alguien? –inquirió el ministro Harguindeguy.

–No –mintió Grondona. Eran tiempos difíciles y el rostro que le había hecho perder el aliento, el de Aníbal Gordon.

En los ’90, Automotores Orletti volvió a funcionar como taller. Mientras arreglaba un engranaje, el dueño recordó ante Página/12 que cierta vez, ya en democracia, se asomó a la puerta un hombre mayor que pidió permiso para entrar y recorrer el local porque había estado secuestrado allí. El mecánico hablaba con resignación, rendido a la evidencia de que era inútil tratar de desalojar a los fantasmas. Es más, quienes vivían en esa cuadra de Venancio Flores y Emilio Lamarca aseguraban no haber convivido con sucesos demasiado inquietantes. Excepto uno, el de la mujer que decían haber visto correr desnuda por los costados de la vía, llorando y tratando de escapar nunca supieron bien de qué.

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Imagen: Gentileza La República
 
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