EL PAíS › OPINION

Una huella acusadora

 Por Luis Bruschtein

No hay pruebas, no hay testigos, no hay indicios. Y sin embargo, cada vez más se acentúa la impresión de que fue una desaparición. La única huella acusadora es la memoria, y pesa. En otro país, la ausencia de Jorge Julio López estaría más explicada por un accidente, un robo o un problema de salud. Pero por el solo hecho de estar en Argentina, la memoria siembra significados en esa ausencia. Es la desaparición misteriosa de un testigo de la acusación en un juicio por desapariciones. No hay asociación forzada ni manipulación. Las imágenes de la dictadura, de los 30 mil y de cada uno de ellos y de las autoexplicaciones tranquilizadoras que muchos de sus familiares y amigos se hicieron para tratar vanamente de alejar el horror o sin alcanzar a imaginar una lógica tan horrorosa, o acosados por el miedo, vuelven, se comparan y encajan.

Sería más tranquilizador que no fuera así y no pensar que otra vez volvieron los secuestros. Creer que le pasó algo que puede pasar en situaciones normales. Siempre es tranquilizador aferrarse a la normalidad, porque es más fácil prevenir y hasta aceptar ese margen de azar.

Pero en el tiempo que pasó, López, o en la peor de las hipótesis su cuerpo, tendría que haber aparecido, porque la normalidad también funciona así, a no ser que haya intención de ocultarlo y, en ese caso, son mínimos los resquicios de un accidente en ese marco de normalidad. Lo que no aparece está oculto y alguien intervino para que sea así. Y el que lo mantiene oculto es también quien lo llevó.

Tratar de entender la lógica de un secuestro así es introducirse en una zona patológica pero con trazos claros, un territorio absurdo, pero visible si se acepta la patología. Porque si se trata de un secuestro para atemorizar, para que el temor se haga cuerpo otra vez en la sociedad, para detener los juicios a los represores de la dictadura, es posible que no se limite a uno solo, que haya otros. Un delito de este tipo se puede cometer sin demasiada infraestructura, pero para ejecutar un plan de terror sería necesario un aparato como el que proveyó el Estado durante la dictadura.

En el caso de que no haya otras desapariciones, las claves de la desaparición de López tienen que estar en el corazón del único indicio real que desde el primer momento indujo la idea de un secuestro, aun cuando todavía era más tranquilizador rechazar esa amenaza inquietante. Ese indicio intangible, abstracto, no es el llavero, ni siquiera un testigo, pero es el que dio la voz de alarma, el que aportó algo de luz en esa oscuridad inexplicable. Ese indicio es la memoria.

Y no una memoria genérica sobre la dictadura, sino sobre una historia concreta, que en este caso es la de López y la de Etchecolatz y quienes lo acompañaron en la represión, así como los grupos ultraderechistas que lo respaldaron en los últimos 15 o 20 años. En esa historia tiene que haber nombres, lealtades, odios y compromisos. Cuando decidió declarar en el juicio, López se ubicó justo en el centro de esa trama que encendió la chispa de la locura.

Al escribir sobre la desaparición de López es inevitable la sensación de que puede aparecer mañana y ojalá fuera así. Pero esa sensación puja por darle un manto de irrealidad a todo lo que se escriba sobre la hipótesis del secuestro. El problema es que para escribir sobre esa hipótesis, que cada vez es la más realista, resulta invalidante hacerlo con ambigüedad. Y mucho más si se trata de la investigación policial, porque investigar un secuestro no es lo mismo que buscar a una persona perdida.

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