EL PAíS › EL OPERATIVO DE VILLA MARTELLI

El golpe mortal

 Por Susana Viau

El presidente Néstor Kir-chner dispuso que el Ejército colabore con las tareas de localización de los cadáveres de Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga, dirigentes del PRT-ERP, presumiblemente enterrados en Campo de Mayo. La información fue comunicada por la titular de la cartera de Defensa, Nilda Garré, quien aseguró que se dispondrían los medios necesarios para acelerar la búsqueda pese a que ciertas versiones hablaban de que el área en el se encontrarían los restos de los jefes guerrilleros podía haber sido minada. Santucho fue muerto el 19 de julio de 1976, cuando una patrulla al mando del capitán Juan Carlos Leonetti detectó el departamento de Villa Martelli donde se encontraban, además, Urteaga Domingo Mena, Liliana Delfino, mujer de Santucho, y Ana María Lanzillotto, esposa de Mena y embarazada de siete meses. Testimonios de prisioneros sobrevivientes y de conscriptos que cumplían el servicio militar en la guarnición, dieron cuenta de que Santucho, el jefe más prestigioso de la guerrilla argentina, había sido llevado agonizante a Campo de Mayo junto al resto de sus compañeros.

Campo de Mayo estaba destinado a ser el gran campo de concentración de los militantes del PRT-ERP. En la grosera división del trabajo fijada por el triunvirato que componían las tres armas, el Ejército había exigido para sí una suerte de monopolio de la represión al partido armado cuyos integrantes eran considerados “irrecuperables”. El relato con que se explicó la aprensión de la casi totalidad de la cúpula de la guerrilla marxista –sólo dos miembros de la conducción, Eduardo Raúl Merbilhaá (“Alberto”) y Arnoldo Kremer (“Luis Mattini”), se salvaron aquel día –adoleció de una endeblez llamativa. Sostenía que, violando la orden de acentuar las medidas de seguridad y cortar los “contactos horizontales”, el “Gringo” Mena había concertado una cita con un militante de otra organización, ignorante de que éste había canjeado el dato por la vida de su compañera secuestrada. La versión, con seguridad interesada y difundida incluso por la revista Somos, no resistía el menor análisis: si cualquier operativo de los grupos de tarea movilizaba un dispositivo fenomenal ¿resultaba creíble que para capturar a un conocido dirigente del PRT-ERP y uno de los 16 fugados de cárcel de Rawson, se destinara una fuerza mínima al mando de un capitán de inteligencia?

Lo cierto es que luego del golpe de estado y de una seguidilla de descalabros que ponían en evidencia la fragilidad de la organización, el PRT–ERP había resuelto que su estado mayor –Santucho y los otros miembros del Buró Político– saliera del país para preservar el proyecto revolucionario que encarnaba. Santucho discutió con obstinación esa medida. Sin embargo, su postura fue derrotada y los dos billetes del vuelo que lo pondría a resguardo quedaron entre las pertenencias que los militares encontraron en el pequeño y humilde departamento de Villa Martelli, tan precario y poco preparado para una evacuación que hasta tenía rejas en las ventanas. Por esos días, la dirección del PRT mantenía conversaciones con la dirección montonera acerca de la posibilidad de establecer una estrategia de resistencia conjunta. Una de las citas debía realizarse precisamente en la fatídica mañana del 19 de julio. El enlace del PRT, Fernando Gertel, concurrió al lugar para concretarla, pero no encontró a nadie. Los Montoneros explicaron después que la cita había sido “cantada” y no habían tenido tiempo de alertar al PRT del peligro. A las dos de la tarde, la patrulla con Leonetti al frente y el portero del edificio como señuelo llamó a la puerta de la vivienda donde se encontraba el Buró Político de una de las organizaciones guerrilleras más desarrolladas de América latina.

Fue un golpe mortal. Aunque no fueron sólo esos hechos los que convirtieron a Campo de Mayo en la catedral del suplicio, en el infierno del PRT-ERP: a mediados del año siguiente, centenares de cuadros intermedios fueron trasladados allí para ser interrogados, torturados de modo inaudito y finalmente asesinados. “Allí –contó cierta vez un sobreviviente a este diario– la tortura dejó de ser el método que usaban para obtener información. Se convirtió en un fin en sí misma. Nunca olvidaré a un muchacho al que le pasaban corriente conectado al motor de una lavarropas. Los interrogadores se habían ido de la habitación y lo habían dejado solo. Nadie preguntaba, nadie escuchaba. Ya ni siquiera lo hacían para obtener información. “

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