EL PAíS › HORACIO GONZALEZ, SOCIOLOGO, SOBRE CROMAÑON

“Podría no haber ocurrido”

“Reflexionar sobre las culpas de los grupos y de la institución tiene que ser algo más creador que lo que se vio hasta ahora”, plantea el sociólogo Horacio González, subdirector de la Biblioteca Nacional, sobre el inicio del juicio político al jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra, por el incendio del boliche República Cromañón.
–¿Cómo analiza este inicio del juicio político?
–Cromañón convirtió en una materia espesa única la política porteña. En ese sentido, es un poder arcaico de absorción que trastrocó las conciencias políticas. La política tiene que volver a sus orígenes y pensar la culpa antes de pensar la representación. Los que estamos disconformes con cómo se resolvió la cuestión del poder municipal creemos que la culpa debe pensarse desde la altura de la representación. Un gran crimen siempre tiene que ser juzgado, como en el caso de Cromañón, porque está en la base de la reconstitución de la palabra política. En este caso, lo está de una manera tan radical que es probable que exigiría una interpretación más sutil y aguda de la culpa. La malinterpretación política o poner en los grandes catálogos de la política a Cromañón exigen que no pierda su condición de drama último (y no armado a priori). Para entender la culpa hay una suposición de que todo el sistema (el gobierno, los grupos de rock, los chicos que tiran bengalas) confluía con todas sus fuerzas hacia Cromañón. Si bien es un punto de la red que se ha roto, conserva su condición de accidente y de tragedia. El pensamiento sobre Cromañón, además de estar inspirado por el dolor, también debe conservar el hecho de podría no haber ocurrido. Había un momento de libertad. Hay que imaginar que la desidia política, técnica, el descompromiso generalizado que lo estaba preparando pudieron no haber estallado allí y no haberse cobrado tantas víctimas. Si no, estaríamos pensando la política como un conjunto de leyes que reproducen un poder despótico y asfixiante. Un poder equivalente a fuerzas económicas de dominación, sólo que aquí serían fuerzas de sentido, que cobran cada tanto una cuota dramática y estadística de víctimas juveniles. Se habla de Cromañón como un hecho irreversible y por eso la condena tan dura del sistema político, cuando en realidad la irreversibilidad de un hecho no es demostrable. Si uno no piensa en una irreversibilidad, reflexionar sobre las culpas de los grupos y de la institución tiene que ser algo más creador que lo que se vio hasta ahora.
–¿Qué opina sobre el rol que jugó la fragmentación de la Legislatura?
–He escuchado los discursos de los legisladores. Creo que parte de la producción de tantos bloques fue el fin de la experiencia de (Luis) Zamora, que era un autonomismo incapacitado de ser fiel a sí mismo. La política en la cámara sólo podía existir mediante una forma de atomización. La atomización no creo que sea buena, pero creo que ciertos momentos de atomización son momentos de revelación y surgen figuras. Para hablar con (Antonio) Gramsci, en algún momento de crisis profunda puede surgir una palabra individual y precisa que se debe a sí misma y que tiene más fuerza que los conjuntos colectivos ya inertes. Eso puede haber pasado, por eso me dediqué a escuchar los discursos de personas que hubieran estado sepultadas por bloques y que ahora podían hablar por sus propios nombres. Pero no vi nada interesante: siguen atados a los hábitos del sistema. Milcíades Peña podría haber sido más interesante, pero no dosificó la relación entre política y dolor.

Reportaje: Werner Pertot.

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