EL PAIS › LA HISTORIA DE LA VILLA DE RETIRO

Desalojos y resistencias

 Por Carlos Rodríguez

“Señor: yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propio hambre.” El párrafo, que no figura en ninguna Biblia oficial, forma parte de una larga oración escrita en la década del setenta por el sacerdote Carlos Francisco Sergio Mujica, la personalidad más trascendente que vivió en la Villa 31 de Retiro. Carlos Mujica fue asesinado el 11 de mayo de 1974 por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), pero para muchos, su figura sigue “chapoteando en el barro”, como él mismo también escribió, cada día de lluvia. La villa de Retiro, que comenzó a formarse en el año 1930, luego de la crisis del ’29, tuvo como habitantes originales a familias de obreros portuarios desocupados. En la década del cuarenta llegaron inmigrantes europeos y obreros ferroviarios y en los cincuenta había seis barrios internos organizados en una Coordinadora de delegados. Cuando llegaron los setenta, tenía una población que rondaba las 60 mil personas.

En esos años en los que florecía la militancia política y sindical, la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires elaboró el primer proyecto de urbanización. Las promesas, hasta hoy, nunca se cumplieron. Luego del asesinato de Mujica y mucho más durante la dictadura militar que tomó el poder en marzo de 1976, se llevó a cabo una erradicación compulsiva y violenta. Los pobladores eran sacados en camiones, por hombres armados de uniforme o no, en “operativos de limpieza”. Las familias eran arrojadas, libradas a su suerte, fuera de los límites de la Capital Federal. Los que habían llegado de los países limítrofes, fueron trasladados por la fuerza hasta la frontera.

Después del 10 de diciembre de 1983, con el retorno de la democracia, la Villa 31 fue poblándose de nuevo. En poco tiempo llegó a reunir a unas 1900 familias (cerca de 12 mil personas), en una superficie de poco más de 15 hectáreas. En los noventa, durante la gestión de Carlos Menem, el gobierno nacional aprobó un plan para entregar las tierras a sus históricos habitantes, pero la medida nunca llegó a ejecutarse. Por el contrario, durante la gestión del peronista Jorge Domínguez como jefe de la comuna porteña, volvieron los desalojos compulsivos. Quedó en la historia la imagen de Domínguez, montado en una topadora, gritando: “Avancen, avancen”, mientras los vecinos cerraban filas para impedir que destruyeran sus casas. Allí nació Jorge “Topadora” Domínguez.

Se estima que ahora viven, en la Villa 31 y en la 31 Bis, unas 70 mil personas que ocupan cerca de 25 hectáreas. La 31 se divide en cinco barrios: Güemes, Inmigrantes, Comunicaciones, YPF y Autopista. En la Navidad de 1994 nació la 31 Bis, donde viven inmigrantes peruanos, bolivianos y paraguayos, además de argentinos llegados del interior. Norma Bustamante, delegada de la 31 Bis, aseguró que hay allí cinco comedores manejados por “punteros del Gobierno porteño” que “nunca atienden las necesidades de la gente sino los intereses de los propios punteros”.

En la 31 Bis no hay agua potable porque nunca se dio respuesta a un proyecto presentado, hace cinco años, a la ex empresa Aguas Argentinas. El agua llega, desde el Sheraton Hotel, en camiones cisterna que, asegura Norma Bustamante, “son un buen negocio para los mismos punteros del Gobierno porteño”. Tampoco hay cloacas. Por eso, en la mente de los vecinos de la Villa 31 todavía resuena la palabra solidaria de Mujica: “Lo que hacéis a cada uno de mis hermanos, me lo hacéis a mí”.

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